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Red Internacional
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Debates. Myanmar: la clase trabajadora frente al golpe, entre la resistencia y la trampa “democrática” liberal

El golpe de Estado en Myanmar ha sido el catalizador de la reacción de una clase trabajadora sobreexplotada cuyas reivindicaciones amenazan ahora con ir mucho más allá de la defensa de los derechos democráticos, aunque las direcciones burguesas del movimiento tienen otras intenciones.

Sábado 13 de febrero de 2021 16:44

Todavía no están muy claros los motivos de los militares para dar un golpe de Estado en Myanmar (antigua Birmania). Sin embargo, no cabe duda de que responden a intenciones reaccionarias. Además, otra cosa que ha quedado clara desde el 1 de febrero es que el golpe ha desencadenado una fuerte movilización popular donde la clase trabajadora tiene un protagonismo destacado. "La imagen de los trabajadores industriales, en su mayoría mujeres jóvenes que trabajan en el sector textil, parece haber inspirado profundamente al público en general, roto parte del miedo y catalizado las protestas masivas y la huelga general que estamos presenciando", esto [comenta Andrew Tillett-Saks, un activista que trabaja con el movimiento sindical en Rangún.

Así, la clase obrera es la fuerza social que tiene una presencia notoria en la resistencia a los militares en Myanmar. ¿Cómo ha llegado a esta situación? ¿Qué procesos de lucha y organización viene desarrollando esta joven clase obrera? Y por último, lo más importante: ¿Será capaz la clase obrera de imponer su propio programa frente a los militares y las fuerzas políticas burguesas liberales que han gobernado el país en los últimos años y aun cuentan con la confianza del movimiento popular?

Una nueva clase obrera sobreexplotada

Myanmar es uno de los países del Sudeste Asiático que más rápido ha crecido en la última década. Esto se produce tras la "apertura democrática" iniciada en 2011, que permitió la introducción de capital occidental, además de los inversores chinos. Esto ha permitido el desarrollo de sectores industriales ligeros principalmente, lo que sin embargo ha sido un soplo de aire fresco para una economía totalmente subdesarrollada en uno de los países más pobres del mundo. Estas inversiones tuvieron consecuencias sociales (y políticas), por supuesto, incluyendo la formación de una "nueva" clase obrera joven, muy numerosa (para los estándares de este pequeño país de 50 millones de habitantes) y, como vemos hoy, potencialmente poderosa.

El antropólogo y especialista en la clase obrera de Myanmar y Tailandia, Stephen Campbell, escribe sobre el proceso de formación de esta clase obrera lo siguiente:

"La población de clase trabajadora en las zonas industriales de Yangon [Rangún] está formada principalmente por antiguos aldeanos expulsados de las zonas rurales debido a la deuda inmanejable, la devastación de las infraestructuras causada por el ciclón Nargis en 2008 y el robo descarado de sus tierras por parte de intereses militares y comerciales privados. La especulación inmobiliaria y el desarrollo urbanístico elitista de la última década han disparado el coste de la vivienda, lo que ha hecho que cientos de miles de inmigrantes que llegan a la ciudad se queden sin vivienda formal y recurran a viviendas ilegales más baratas en la periferia de la ciudad. Muchos de estos nuevos residentes urbanos han buscado empleo en fábricas de alimentos y otros procesamientos que producen para el mercado nacional, o en fábricas de ropa que producen para la exportación. En 2018, más de un millón de trabajadores -en su mayoría mujeres jóvenes, muchas de ellas okupas- estaban empleados en fábricas de ropa, textiles, zapatos y accesorios en Myanmar, principalmente en los alrededores de Yangon".

Pero esta proletarización de la población rural no ha ido acompañada de una mejora significativa de sus condiciones de vida e ingresos. La inflación y los bajos salarios han mantenido a la clase obrera en una situación muy precaria, obligando a parte de los trabajadores a buscar trabajo en los países vecinos más ricos (Singapur, Malasia, Tailandia). De hecho, una de las principales "bazas" presentadas por el gobierno y los militares de Myanmar para atraer la inversión de las multinacionales, especialmente en el sector de la confección, han sido los bajísimos salarios: en Myanmar el salario mínimo mensual es de 63 dólares (o unos 3 dólares al día) mientras que los de países vecinos (y competidores) como Vietnam o Camboya oscilan entre los 90 y los 145 dólares mensuales.

A estos salarios miserables hay que añadir una política sistemática y sistémica de acoso a los trabajadores, de persecución judicial a los sindicalistas y de represión policial. Los marcos legales, incluso los establecidos por los nuevos poderes "democráticos", son completamente favorables a los empresarios. Es decir, condiciones muy favorables para el capital a costa de los derechos de los trabajadores.

Lucha por las condiciones de trabajo y la dignidad

Sin embargo, si los capitalistas locales e internacionales y los militares pensaron que los trabajadores, especialmente las trabajadoras, iban a permanecer pasivos ante esta explotación, estaban muy equivocados. De hecho, muy pronto la clase obrera de Myanmar encabezó luchas de resistencia para mejorar sus condiciones de trabajo y contra los abusos de los empresarios.

En este otro artículo S. Campbell explica que “desde aproximadamente 2009, se han producido huelgas recurrentes, principalmente en las zonas industriales alrededor de Yangon. Los trabajadores de las fábricas han expresado repetidamente su indignación por el robo de salarios, las horas extras impuestas, el acoso de los directivos, el despido de sindicalistas y las malas condiciones de trabajo. Además, la inflación sigue aumentando el coste de la vida en Myanmar, erosionando el valor de los salarios de los trabajadores y obligando a muchos de ellos a endeudarse mucho para cubrir sus gastos básicos. Todos estos factores han motivado las persistentes revueltas de los trabajadores en Myanmar”.

A esto hay que añadir la situación abierta por la pandemia de Covid-19, que supuso una drástica caída de los pedidos, especialmente para la industria de la confección, provocando la pérdida de empleo de unos 60.000 trabajadores y el cierre de cientos de fábricas hasta abril de 2020. Además, el gobierno y la patronal utilizaron las medidas sanitarias relacionadas con Covid-19 para reprimir y despedir a los sindicalistas y a los trabajadores más reivindicativos. Esto dio lugar a una oleada de luchas laborales que, en algunos casos, consiguieron frenar los abusos de los empresarios.

Así, esta joven generación de trabajadores se ve obligada a luchar para sobrevivir en un marco de superexplotación, su lucha es literalmente una lucha por la supervivencia, para arrancar su derecho a la vida a la patronal, que puede contar con la ayuda de los gobiernos y las fuerzas represivas. En este sentido, se trata de una lucha por la dignidad de los trabajadores, lo que da un carácter muy "radical" a sus reivindicaciones y un nivel moral muy elevado. Esta resistencia es bastante ejemplar y reclama el respeto de la clase obrera internacional porque estamos hablando de un joven movimiento obrero que, tras décadas de brutal represión y clandestinidad, levanta la cabeza para resistir a las multinacionales, los militares y los esbirros de la patronal.

Un proceso de organización sindical

Todo este proceso de luchas obreras no es simplemente el resultado de una forma de resistencia espontánea. También es el resultado de la organización sindical que la clase obrera de Myanmar ha sido capaz de construir en muy poco tiempo. Como hemos dicho anteriormente, los trabajadores de Myanmar han sufrido una fuerte represión por parte del poder militar desde el golpe de Estado de 1962. La organización sindical estuvo prohibida hasta 2011, a pesar de algunos breves períodos de "liberalización". De este modo, los activistas obreros fueron condenados a la clandestinidad o al exilio. Pero a partir de 2011 y de la llamada democratización del país, los márgenes de maniobra legales permitieron a los trabajadores comenzar a crear organizaciones sindicales a nivel de fábricas y empresas, pero también a nivel de confederaciones.

Esta organización sindical permitió a los trabajadores librar varias luchas y huelgas por sus derechos. Es fácil entender por qué países como China, cuyo "modelo" sirve de inspiración a los capitalistas de Myanmar, se empeñan en controlar la organización sindical independiente de los trabajadores; una situación de la que se benefician enormemente las multinacionales occidentales, por supuesto. En este sentido, el gobierno y la patronal intentan corromper, o incluso crear, organizaciones sindicales que les sean serviles.

Por su parte, organizaciones internacionales como la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y las grandes confederaciones sindicales occidentales intentan "canalizar" el radicalismo de los trabajadores de Myanmar, llevándolos a estrategias conciliadoras con la patronal y el Estado, favoreciendo la aparición de burocracias sindicales. Como se afirma en un artículo de Open Democracy, que aborda ampliamente la cuestión sindical desde esta perspectiva conciliadora: "la CTUM (Confederación de Sindicatos de Myanmar) y sus miembros no fomentan las huelgas. (...) Los sindicatos pretenden establecerse como un actor creíble en el panorama emergente de las relaciones laborales en Myanmar, lo que resulta difícil si son demasiado conflictivas. Además, las organizaciones internacionales y los donantes ejercen una presión amistosa para que resuelvan las disputas mediante el diálogo y el arbitraje, en lugar de un conflicto abierto".

Las mismas organizaciones internacionales están trabajando con las autoridades políticas para poner en marcha una legislación que limite el uso de contramedidas como las huelgas. "El gobierno cuasi civil de U Thein Sein, que asumió el poder en 2011, introdujo una nueva legislación redactada con el apoyo de la OIT, que legalizó la creación de sindicatos (en octubre de 2011) y formalizó la negociación colectiva (en marzo de 2012). Las nuevas leyes pretenden frenar las huelgas proporcionando a los trabajadores canales institucionales para buscar reparación a sus quejas relacionadas con el empleo", explica Stephen Campbell. "Sin embargo, en la práctica, muchos trabajadores han encontrado estos nuevos canales institucionales inadecuados y, por tanto, han aprovechado la oportunidad que ofrece la nueva cobertura legal para intensificar las huelgas. Como resultado, en 2012 se produjo una nueva oleada de huelgas en las zonas industriales de Hlaingtharyar, Shwepyithar y Hmawbi, en los alrededores de Yangon", explica.

En otras palabras, en este proceso de organización sindical, los trabajadores también deben luchar contra los intentos de desviar a los canales de "diálogo" y negociación con la dirección y el Estado en el marco de instituciones completamente pro-patronales.

¿Una lucha por el retorno a la democracia liberal?

Es en este contexto donde debe y puede entenderse la reacción de los trabajadores al golpe de Estado. A pesar de todas estas leyes y políticas pro patronales, las escasas libertades democráticas que la "apertura" de 2011 ha permitido a la clase obrera, las ha aprovechado para fortalecer su organización en las fábricas, en las empresas. Para muchos trabajadores, el golpe de Estado es sinónimo de un retroceso, de una pérdida de sus conquistas, aunque sean limitadas, sobre todo en materia de organización independiente. Un trabajador del sector de la confección declaró en este sentido: "Ahora que los militares han tomado el poder, tengo miedo de que la situación vuelva a ser como antes [bajo el régimen militar] y que los trabajadores ya no tengan ningún derecho. Además, nos dijeron que el salario [mínimo legal] se incrementaría en los próximos meses. Los jóvenes trabajadores lo esperaban. Pero ahora no esperamos un aumento. Será como si hubiéramos perdido nuestros derechos. Y con la toma de posesión de los militares, será como antes, y los empresarios oprimirán a los trabajadores y reducirán sus salarios."

Desde este punto de vista, no es de extrañar que fueran los trabajadores los que se pusieran en primera línea de la resistencia contra el golpe de Estado. Para ellos, no se trata sólo de luchar por una libertad abstracta, sino de luchar por la supervivencia y contra una amenaza aún mayor de opresión por parte de la patronal y los militares. La experiencia de las huelgas, de las luchas parciales y de la organización ha permitido, sin duda, a la clase obrera llegar mejor preparada y ser capaz de desempeñar un papel muy activo en la situación actual.

Sin embargo, en cuanto a los objetivos políticos de la movilización, si la clase obrera se limita a un simple retorno a la democracia liberal bajo un nuevo gobierno del partido de Aung San Suu Kyi, es muy probable que muy pronto se encuentre en un punto muerto. De hecho, el proyecto de Suu Kyi es completamente capitalista, pro-empresarial y pro-imperialista. Bajo su gobierno se ha permitido que los trabajadores cobren una miseria y sean humillados en las fábricas y empresas del campo. Bajo su gobierno se enviaron las fuerzas de seguridad para reprimir las huelgas, se detuvo a los sindicalistas con cualquier pretexto, incluso la situación sanitaria. Y en cuanto a la lucha contra el poder de los militares, Suu Kyi ha demostrado muy bien que sabe reconciliarse con ellos. Por algo, Suu Kyi cuenta con el apoyo de Estados Unidos y gran parte de los países imperialistas, ya que viene siendo la garante de los negocios de las multinacionales y la super explotación obrera.

Si la clase trabajadora, que está poniendo en cuerpo en la resistencia, no logra desarrollar una política independiente, el movimiento seguirá liderado como hasta ahora por la política burguesa y pro-imperialista de Suu Kyi. Esa es la gran contradicción presente en el movimiento actual.

Se trata de establecer los términos de una movilización independiente de la clase obrera, de los campesinos pobres y de las clases populares contra el golpe de Estado, pero también contra las diversas alternativas políticas capitalistas. Y esta lucha también se libra dentro del movimiento obrero. De nuevo S. Campbell lo explica así: "Algunas federaciones sindicales de Myanmar siguen siendo oficialmente independientes de los partidos políticos, pero varios altos cargos sindicales están alineados con la Liga Nacional para la Democracia de Suu Kyi. La Confederación de Sindicatos de Myanmar, por ejemplo, era antes una organización política exiliada con sede en Tailandia, donde su secretario general, U Maung Maung, era también secretario general del Consejo Nacional de la Unión de Birmania, alineado con la LND."

La independencia política de los trabajadores y de todos los explotados y oprimidos podría hacer posible el derrocamiento de todo un sistema que los aplasta, que desprecia sus derechos políticos y económicos, un poder cómplice de crímenes contra la humanidad contra las minorías étnicas. Pero esto implica ir más allá de la organización sindical hacia la creación de una organización política de los propios trabajadores para ofrecer una alternativa a toda esta enorme fuerza social en movimiento.

Traducción: Ana Adom