Hay algo que Durán Barba parece haber advertido: que existen algunas personas (y son bastantes, por lo visto) a las que la inteligencia como tal les desagrada. Durán Barba lo detectó y en cierto modo vive de las consecuencias que es capaz de extraer de eso.
Sábado 8 de agosto de 2015
Hay algo que Durán Barba parece haber advertido: que existen algunas personas (y son bastantes, por lo visto) a las que la inteligencia como tal les desagrada. Durán Barba lo detectó y en cierto modo vive de las consecuencias que es capaz de extraer de eso. Hay personas, y no son pocas, a las que la inteligencia por sí misma perturba, los inquieta, los incomoda, los obliga a recelar; reaccionan con desconfianza, temiendo un gato encerrado, ante aquello que, viniendo del pensamiento, los compele a su vez a pensar. Hay muchos que, ante eso, malician, prefieren la completa llaneza, reclaman por lo espontáneo y su indefectible frescura.
Durán Barba vive de eso: es su trabajo. Sus ya famosos cuatro principios (no proponer, no explicar, no atacar, no defenderse), vendidos a precio de oro a sus asesorados de la política argentina, están cuidadosamente destinados a ocultar, no sólo lo que se piensa, sino también, y sobre todo, el hecho mismo de que se piensa. Si a un candidato se le pregunta por caso sobre Aerolíneas Argentinas o sobre la desregulación del mercado cambiario y él responde, según le sugirió Durán Barba, hablando sobre sus hijos, no sólo será difícil saber, en rigor, qué es lo que piensa, sino que será difícil suponer que piensa: que el pensar está a su alcance.
La maniobra rinde sus frutos en un contexto de desprestigio de los que son (o se muestran) demasiado inteligentes. La contracara de la inteligencia ha dejado de ser la idiotez, como solía establecerse, y en su reemplazo se colocan cualidades apreciadas, como la franqueza intrínseca, la transparencia, la sencillez, el hablar sin mañas ni vueltas, el parecerse a “la gente”.
Pero Durán Barba parece haber advertido que, a la par del rechazo a la inteligencia efectiva, persiste en la sociedad una valoración general hacia la inteligencia aparente. Que aparezca, pese a todo, una ilusión de inteligencia, eso sí se espera y se pide. No su manifestación real, y mucho menos su desarrollo; pero sí una especie de halo difuso o sugestión, que dé la impresión de que por detrás de lo que se dice (pero por detrás, y sólo así), un vapor de inteligencia latente se insinúa.
Y resulta que los mismos cuatro principios (no proponer, no explicar, no atacar, no defenderse) que sirven a la perfección para que parezca que el que piensa no piensa (por ejemplo, que piensa devaluar, privatizar, ajustar, recortar), sirven por igual para producir el efecto contrario: para dar la impresión de que piensa aquel que en verdad no piensa ni puede. Es el efecto desde el jardín del que el PRO (aunque no solamente el PRO) tanto y tanto se beneficia: frases vacuas, huecas, bobas, nulas, en las que el interlocutor tiende a inferir profundidad o sabiduría.
No hay que descartar, por lo demás, que el propio Durán Barba aplique con sus empleadores esos mismos cuatro principios que al mismo tiempo les imparte. Con lo cual su negocio es redondo, redondo y liviano como un globo inflado con helio.

Martín Kohan
Escritor, ensayista y docente. Entre sus últimos libros publicados de ficción está Fuera de lugar, y entre sus ensayos, 1917.