En noviembre de 2018 la plataforma de entretenimiento Netflix presentó una de las series más anunciadas y esperadas por una gran cantidad de gente.
Miércoles 9 de enero de 2019
La tercer temporada de la serie “Narcos” generó gran expectativa, ya que a diferencia de las dos temporadas anteriores que se desarrollaron en Colombia, esta última entrega tiene como locación México en la década de los 80, cuando Miguel Ángel Félix Gallardo construía -coludido con el gobierno- la red más importante de tráfico de drogas en el país.
Los sucesos que relata la serie son muy importantes para México, ya que influyeron en el rumbo de la situación política y económica del país. Es importante que se conozca cómo y quiénes provocaron esa guerra contra el narcotráfico que tantos vidas ha cobrado.
Sin embargo, las intenciones de la plataforma y de la producción no son históricas, se ven obligados a utilizar distintos recursos que terminan embelleciendo una historia que debería de producirnos repulsión hacia sus protagonistas: jefes de Estado, fuerzas armadas, asesinos y traficantes, todos ellos haciendo negocios.
Al ser un producto destinado al entretenimiento está obligado a recurrir al héroe para generar empatía e identificación con el espectador. Cuando se habla de la historia contemporánea de México, sus desprestigiadas instituciones y sus sujetos es muy difícil encontrar algo o alguien del aparato estatal que se pueda mitificar como héroe. Como lo hace en cada momento la cultura pop estadounidense con sus soldados pacificadores, sobrevivientes a distintas catástrofes que logran salvar el mundo (siempre comenzando por Estados Unidos) gracias a su entrenamiento y a algún valor exaltado dentro de la moral burguesa como el amor, la familia o la nación.
En la historia de los cárteles y de las guerras contra el narcotráfico no hay lugar para héroes. Narcos y soldados amortajaron los lugares en donde se establecieron y convirtieron el país en una fosa clandestina.
Para generar empatía Netflix recurre de manera repetitiva a llenar este espacio con los “transgresores” de las leyes establecidas, personajes que ganaron fama y fortuna vendiendo droga, asesinando y haciendo negocios con los principales mandos del gobierno, incluso poniéndose a su servicio para hacer el trabajo sucio. Si algo queda claro en la serie es el vínculo estrecho entre los grandes traficantes y los distintos gobiernos a nivel internacional.
La figura del miserable que, con un astucia y haciendo los escrúpulos a un lado, logra salir de la pobreza y colarse dentro de las esferas de la burguesía con la única intención de escapar de la miseria. En un mundo en donde la mayoría queremos dejar atrás las carencias, es sueño generalizado y logra que los espectadores sientan afinidad con las intenciones del que lo realiza. El protagonista se convierte en el héroe al hacer el sueño realidad.
El personaje principal de la serie “Narcos” es Félix Gallardo (Diego Luna), a quien se muestra con la intención de construir un gran imperio por medio del tráfico de droga bajo la protección de altos funcionarios del Estado mexicano y la CIA estadounidense.
La serie no alcanza a explicar -ni es su intención- que ese negocio se convirtió en la sangre que se derramó por todo el país en nombre de la "guerra contra las drogas y el narcotráfico" y que ocasionó cientos de miles de muertos y desaparecidos por todo México.
Es difícil saber si alguna vez Félix Gallardo pensó en que sería personificado por un actor de reconocimiento internacional y que se podría ver su foto en distintos lugares invitando a ver la serie que contaba brevemente y sin los detalles espeluznantes cómo se enriqueció.
Los capos de la droga están muy lejos de ser Robin Hood locales que reparten su botín con los miserables de la periferia; son empresarios, patrones que se enriquecen a costillas de otros con métodos mucho más violentos que la burguesía tradicional gracias a la protección de la ilegalidad, la violencia es parte de su vida cotidiana y la generan en su entorno.
No se sabe cuántos campesinos han muerto dentro de los cultivos ilegales ya sea por estar en contacto con agrotóxicos, con los químicos necesarios para procesar la droga, por enfermedad o por una bala, no se sabe cuánta de la gente desaparecida en el país se convirtió en mano de obra esclava para el narcotráfico.
Rafael Caro Quintero (Tenoch Huerta) -a quien Netflix presenta como un bandolero enamorado, un agricultor, casi como un emprendedor- dotó de armas a la "contra nicaragüense" y le prestó uno de sus ranchos llamado “El Búfalo” para que la CIA entrenara a los paramilitares, según ha declarado en distintas ocasiones Héctor Berrellez ex agente de la CIA.
Kiki Camarena (Michael Peña), el oficial de la DEA asesinado por el narcotráfico y el Estado mexicano, no es la única muerte que pesa sobre los integrantes de la Federación que después dieron origen a los cárteles más poderosos del país.
Las manos de todo narco están manchadas de sangre, pero el entretenimiento diluye esta responsabilidad y provoca en quien lo consume un sentimiento encontrado de admiración hacia el jefe de los asesinos porque logró hacer con astucia un negocio exitoso.
¿Qué tan bueno es que se presente la historia en este formato? Endulcoran la historia criminal del Estado en relación con el narcotráfico con un romance y personajes con carga emocional para hacernos sentir empatía hacia ellos, al fin y al cabo sólo querían salir de la pobreza sin importar el costo.