Reflexiones a partir de la participación del XXXI Encuentro Nacional de Mujeres.
Julia Peñalba Trabajadora judicial
Jueves 13 de octubre de 2016 20:18
Transcurrían algunos minutos del inicio de uno de los talleres en el marco del XXXI Encuentro Nacional de Mujeres, en la ciudad de Rosario. Feminización de la pobreza era la temática. Una de las mujeres pidió la palabra y simplemente lloró. Cuando logró articular una frase, secándose las lágrimas con un pañuelo prestado, expresó: “perdonen la emoción, es que estamos jodidas”.
La frase salió después de haber escuchado varios testimonios: mujeres y niños violentados en la casa, en la calle. Leyes que prometen pero no están los recursos, proyectos cajoneados, maltrato institucional, acoso laboral y policial, abusos impunes. El enojo y el llanto conmovedor fueron una constante en este contexto en el que las mujeres pudieron, debieron y sintieron la obligación, de contar su historia de vida, atravesada por la violencia machista.
Sin embargo, son esos mismos testimonios, multiplicados por miles, los que dan cuenta de que no estamos hablando de problemas singulares, que hay un punto en común, un hilo invisible que une todos los dolores de las mujeres, todas sus vivencias, en el marco de un sistema basado en la explotación.
Si bien en líneas generales existía acuerdo en el punto anterior, la mayor discusión de los talleres fue centrada en el rol del Estado, generándose discusiones en relación a su presencia o ausencia ante nuestros derechos violados.
Al respecto cabe preguntarse: ¿Cómo podríamos hablar de Estado ausente cuando el mismo se encarga una y otra vez de mostrar, a través de sus decisiones, que actúa en beneficio de un sector minoritario de la población y en detrimento de la mayoría?
Un Estado que a través del Poder Legislativo resuelve pagos millonarios a fondos buitre y no cuenta con recursos para sostener a mujeres víctima de violencia de género, por ejemplo. Un Estado que desde el Poder Judicial libera genocidas y al mismo tiempo encierra mujeres víctimas de la pobreza y la opresión, como es el caso emblemático de Belén. Un Estado que no cuenta con cupo para trabajadoras trans, pero que sostiene en su cargo funcionarios corruptos que se llenan los bolsillos con nuestras necesidades. Un Estado que no dudó en utilizar sus fuerzas de seguridad para reprimir a las miles de mujeres que llenamos las calles de Rosario con el grito por nuestros derechos.
El Estado está presente, el Estado con su complicidad garantiza la explotación de las mujeres y la violencia machista, en todas sus formas, incluso en gobiernos de carácter popular que disfrazan con políticas sociales concretas, la explotación inherente a este sistema. Cualquier reforma del capitalismo no eliminará las opresiones sino que sólo las cambiará de forma, y no existe voluntad política que quiebre esa lógica. El Estado, con sus decisiones, es el primero en ultrajarnos y maltratarnos.
Como correlato, ese mismo fin de semana, a solo unos metros, también en Rosario, transcurría otro taller, denominado Mujeres y empresas y fábricas recuperadas, en el marco del cual pudo conocerse la experiencia de trabajadoras de las fábricas bajo control obrero Madygraf y Zanon, quienes brindaron el testimonio acerca de su lucha y organización, destacando las victorias logradas gracias a ello, y las peleas por dar.
Estos Encuentros Nacionales, entonces, son una muestra de que las mujeres podemos juntarnos para compartir nuestras vivencias, pero fundamentalmente debe entenderse como una oportunidad para repensarnos como colectivo, y arrancar nuestros derechos con la organización combativa, contra la explotación y el patriarcado, por una nueva sociedad liberada de la opresión que ha logrado paralizarnos.
Despertamos, y cada vez somos más. Si seguimos por esa vía, avanzando sobre un camino en común, las mujeres no estamos jodidas, estamos unidas y vivas, y así vivas, nos queremos.