Continúa el debate con Rolando Astarita en torno a la discusión sobre la posición del PTS ante el gobierno de Alberto Fernández y la oposición de derecha. Compartimos una nueva respuesta de Leandro German.
Martes 13 de octubre de 2020 08:27
El nuevo texto de Astarita, titulado Los que aprietan y los que ceden fue respondido por Leandro Germán en su cuenta personal de Facebook. Aquí va el texto de la respuesta:
En su respuesta al artículo que La Izquierda Diario tuvo la gentileza de publicarme, Astarita reconoce que faltó a la verdad cuando afirmó que para el PTS, el gobierno de Alberto Fernández era “progresivo” (en sí mismo o frente a la derecha – cada atributo significa cosas distintas y define colocaciones diferentes, aunque ni Astarita ni yo hicimos distinción alguna, lo cual no habla muy bien de ninguno de los dos) y que sencillamente lo “dedujo” (las comillas son mías – no es una cita - y denotan ironía) de otras afirmaciones del PTS y LID sobre el gobierno (en redes sociales, los seguidores de Astarita agregaron a sus argumentos una foto sonriente de Myriam Bregman junto al entonces futuro gobernador de la provincia de Buenos Aires, pero que en ese momento no era siquiera candidato, en oportunidad de la participación de ambos en una charla debate). Siendo economista, lo que Astarita “dedujo” también podría haberlo “estimado”. Reitero, por lo tanto, mi acusación de deshonestidad intelectual, aunque, como veremos, hay mucho más que eso.
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Astarita cita extensamente diversos artículos de LID. Demuestra que es lector de LID, como lo somos la mayoría, aunque también que es un lector un tanto obsesivo. En ninguna de esas citas dicen el PTS o LID que el gobierno de Alberto sea progresivo, que es lo que Astarita les había imputado, tanto al PTS como a LID, en su primer artículo y que es lo que yo le critiqué como imputación floja de papeles.
Cree demostrar algo cuando hace acopio de citas en las que el PTS diferencia entre el gobierno y la oposición y de recortes en que el PTS o LID sitúan a esa oposición a la derecha del actual gobierno. El problema es que eso nunca estuvo en discusión, pues nunca negué que el PTS hiciera tal diferenciación ni que ubicara al gobierno a la izquierda de Cambiemos: lo que suscitó la controversia fue que de esa distinción o de esas localizaciones ideológicas se derivara una idea de progresividad de la administración peronista. En realidad, cualquier observador o analista más o menos calificado (Astarita no lo es) distingue entre gobierno y oposición, y la enorme mayoría de ellos coloca a la oposición a la derecha del actual gobierno. Incluso la propia oposición se sitúa allí, y aunque no se autopercibe ni mucho menos se reivindica como de derecha sino como de centro, lo hace ubicándose siempre a la derecha del gobierno, al que moteja como de izquierda. Ninguno de esos observadores y analistas calificados predica la progresividad del gobierno (a menudo, predican exactamente lo contrario). El problema de Astarita, analista apenas discreto, es que deriva mecánicamente de premisas inobjetables (pero que Astarita al parecer no comparte, aunque no queda del todo claro, porque la suya parece ser más una crítica a la asignación de roles y localizaciones que al sistema de roles y localizaciones mismo elegido) lo que no necesariamente se deriva de ellas (y que, concretamente, no se deriva de ningún modo en el caso del PTS o LID). Como si una cosa procediara de la otra “por añadidura”. Todos quienes predican la progresividad del gobierno distinguen entre este y la derecha, pero no todos (¡ni siquiera la mayoría!) de quienes distinguen entre gobierno y oposición (y ni siquiera todos los que colocan a la oposición a la derecha del gobierno) predican la progresividad de la administración Fernández. Estar en Buenos Aires significa estar en Argentina, pero estar en Argentina no necesariamente significa estar en Buenos Aires. El otro problema es que para Astarita todo parece ser lo mismo: los gobiernos son todos lo mismo, las fuerzas políticas son todas lo mismo, los propios conceptos son todos lo mismo (por eso cree, diccionario mediante, que la caracterización del gobierno de Alberto como de mediación es apologética).
Pero Astarita es poco original. Su operación es la misma que hace la izquierda kirchnerista: si el gobierno de Alberto tiene una oposición situada a su derecha, entonces ese gobierno debe necesariamente ser progresivo. Astarita razona con la lógica del kirchnerismo, no importando, para el caso, que se la impute a otros (y tal vez se la imputa a otros porque es la suya propia, o la ve en otros porque no puede verla en él mismo) o que la carga valorativa del gobierno termine siendo la opuesta.
Para Astarita, es una de dos: o gobierno y oposición son lo mismo, o el gobierno es progresivo frente a la oposición. Es la lógica del kirchnerismo, que deriva de la prédica del trotskismo de que el gobierno de Alberto no es progresivo la conclusión de que para el trotskismo todo es lo mismo. Astarita da por buena la lógica kirchnerista, aunque luego haga caer rayos y centellas sobre el gobierno. El razonamiento de Astarita es binario y maniqueo como binaria y maniquea es la lógica de la izquierda kirchnerista. Si no son lo mismo, entonces uno de ellos (paradigmáticamente el situado a la izquierda) debe ser progresivo.
Astarita no ha reparado en que, munido de esa lógica, la izquierda siempre estaría condenada a considerar progresivo a algún gobierno o fuerza burgueses, porque siempre que haya dos posiciones, una va a estar a la izquierda de la otra y esa otra va a estar a la derecha de aquella. Es una condena al seguidismo.
Astarita no ha reparado tampoco en que sería una tontería que un gobierno reiteradamente acusado por el PTS y LID de ceder sistemáticamente ante la derecha fuera considerado progresivo por los mismos PTS y LID que lo acusan. Salvando las distancias, nadie en la izquierda trotskista consideró progresivo, ni antes, ni durante, ni después, al Alfonsín que cedió frente a los carapintadas en abril de 1987 (y que ya había cedido y que continuaría haciéndolo) o al Duhalde que cedía ante prácticamente todo el mundo en 2002. En este último caso, había quienes decían que Duhalde era progresivo (pero no progresista) porque tenía una oposición situada a su derecha (el menemismo, la Corte, los “dolarizadores”); no fue el caso, sin embargo, de la izquierda trotskista. También De la Rúa tenía una oposición ubicada a su derecha, aunque su caso es menos claro que los anteriores: Ruckauf y el peronismo “de derecha”. No pocos progres temían entonces que la crítica al gobierno de De la Rúa (que durante diez meses fue también el gobierno de los propios progres) alimentara políticamente al entonces gobernador de la provincia. Siguieron temiéndolo aún después de octubre de 2000. De nuevo: no fue el caso del trotskismo, que al gobierno de la Alianza no lo consideró progresivo sino progresista (es decir, ubicado – Frepaso mediante – en el progresismo), lo cual, naturalmente no era un elogio sino una crítica (en primer lugar, del propio progresismo).
Es que Astarita tampoco ha revisado antecedentes históricos. En 1983, la izquierda partidaria (casi toda ella, es decir, no sólo la trotskista) situó a Alfonsín a la izquierda de Luder y remitió a ese motivo las razones de su triunfo en las presidenciales del 30 de octubre, pero el trotskismo no consideró que Alfonsín fuera progresivo (el PI, por ejemplo, sí lo hizo). Astarita dice que yo barro debajo de la alfombra que Luder aceptaba la autoamnistía de Bignone y que embellezco al peronismo cuando fui yo mismo quien le recordó que Luder aceptaba esa disposición, pues Astarita decía que Luder “reclamaba” una amnistía, cuando la amnistía ya había sido dictada y cuando fui yo mismo el que situó a la derecha de Alfonsín a quien Astarita había ubicado a su izquierda.
En 1983, Alfonsín estaba a la izquierda de Luder y por eso fue “natural” que la mayoría de la izquierda no trotskista o no partidaria (sobre todo la mayoría de la entonces recientemente nutrida izquierda intelectual o cultural: veníamos de la época en que los intelectuales abandonaban o habían abandonado los partidos de izquierda) lo votara. Fue tan “natural” votar a Alfonsín en 1983 como lo había sido hacerlo por Cámpora o Perón diez años antes. En 1983, el PC lo vio al revés, pero por eso mismo quedó en offside frente a una opinión pública izquierdista que veía cuestionable el voto ajeno a Luder pero no el voto propio a Alfonsín (votantes de izquierda que votaban, finalmente, al candidato que estaba a la izquierda) y en la que el peronismo, dictadura mediante, ya no tallaba ideológicamente como lo había hecho a lo largo de las dos décadas anteriores.
Finalmente, mi referencia a Astarita como “marxista solitario” era menos una crítica que una cita. En 1984, cuando Tarcus discutió con Sebreli a propósito de Los deseos imaginarios del peronismo, del segundo, tituló su reseña crítica en la revista Praxis, que dirigía, “Crítica del socialismo solitario”, a raíz de una expresión del propio Sebreli, muy parecida a expresiones habituales de Astarita. La mía era una chicana, en realidad, bastante inocentona y boba. En ese artículo, Tarcus criticaba una interpretación, a su juicio (que comparto), errónea del peronismo. Creo que la caracterización de las relaciones entre oficialismo y oposición que traza Astarita también es errónea, pero no creo que Astarita sea Sebreli (ni el de 1983 ni mucho menos el actual) ni que vaya a serlo. Tampoco creo que tenga sobre el peronismo el punto de vista de Sebreli. Tampoco yo soy Tarcus, porque no tengo el caudal de conocimientos del Tarcus actual, pero tampoco soy el Tarcus de los 80, que aún seguía siendo un trotskista, si uno lo analiza bien, bastante “ortodoxo” (lo demuestra el aparato de referencias de su polémica con Sebreli). Si sirve de algo, retiro la chicana. Pero es evidente que Astarita no conoce bien los debates del marxismo argentino, y también que piensa que puede sacar ventaja en la discusión victimizándose.
Pero mi referencia quería decir, también, otra cosa, y Astarita tampoco entendió esa otra cosa. Astarita creyó que yo lo menospreciaba por no tener partido cuando yo, en realidad, decía que, atentos a determinadas formas de discutir, tener partido (como lo tuvo Astarita hasta fines de los 90) o no tenerlo era lo mismo. Por eso decía que Astarita era el mismo, a la hora de discutir, que el de la Liga Marxista de los 90 o el de la alianza con el recordado Jorge Guidobono, a fines de esa década. No proponía una ruptura sino una continuidad entre ambos. Si hay algo que lo demuestra, es precisamente la guerra de citas que Astarita pretende entablar, aunque en los 90, cuando también guerreaba (y más que ahora), citaba a Trotsky y ya no lo hace (o lo hace menos). No decía que estaba mal que Astarita no tuviera partido sino que era, a los fines que nos ocupan, irrelevante. No otra cosa significa, como dije en mi anterior respuesta, que las exigencias son las mismas para quienes hacen política que para quienes la comentan. Astarita entendió al revés (y no fue lo único que entendió mal).