De reciente publicación en el Estado español, "El marxismo de Gramsci" de Juan Dal Maso indaga sobre las relaciones entre la cuestión de la hegemonía y la teoría de la revolución permanente.
Martes 12 de diciembre de 2017

El ensayo ha sido publicado por la Asociación Izquierda Diario, junto a la Editorial IPS de Argentina. Después de buenas presentaciones en la librería La Central de Madrid, en Zaragoza, Barcelona y varias ciudades de Italia, compartimos con nuestros lectores el prólogo del autor a la edición española.
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El marxismo de Gramsci
PRÓLOGO A LA EDICIÓN EN EL ESTADO ESPAÑOL
Este libro se inscribe en una nueva etapa del debate sobre Gramsci a nivel internacional, caracterizada en términos generales por un intento de leer al comunista sardo con el mayor rigor filológico posible. A esta búsqueda de precisión intentamos sumar la indagación sobre su potencialidad político-estratégica, en torno a la reflexión sobre las relaciones entre la cuestión de la hegemonía y la de la revolución permanente.
Para decirlo sintéticamente, la problemática de la hegemonía surge de que, en su desarrollo histórico concreto, el capitalismo subsume viejas formas de producción y de vida combinándolas con las propiamente capitalistas, recrea viejos antagonismos y crea nuevos. Por este motivo, junto con la lucha entre burguesía y proletariado entendidas como clases fundamentales, existen otros conflictos como la lucha de las mujeres, las identidades étnicas o nacionales oprimidas, la diversidad sexual, la defensa del medioambiente, algunos previos, otros generados por el capitalismo, todos potenciados por él. De aquí que la temática de la hegemonía intente dar cuenta desde el punto de vista teórico sobre los modos en que la acción independiente de la clase obrera puede articularse a su vez con la conformación de una voluntad colectiva que replantea la idea de pueblo en términos distintos a los de la concepción teórica, política y jurídica burguesa. La perspectiva de la revolución permanente integra este momento de la hegemonía en una dinámica de conjunto en la que el triunfo íntegro y definitivo de las luchas democráticas y populares depende en última instancia de un desarrollo en sentido revolucionario y socialista, que se extiende a su vez del plano nacional al internacional.
Estos dos modos de abordar la teoría de la revolución en el marxismo se constituyeron (forzadamente) como opuestos por una serie de razones históricas y polémicas.
Como recuerda Trotsky en su Historia de la Revolución Rusa, desde las viejas querellas entre él y Lenin ante la revolución de 1905, la idea de hegemonía del proletariado en la revolución democrático-burguesa se constituyó en una suerte de antítesis de la teoría de la revolución permanente. Las convergencias estratégicas indudables entre Lenin y Trotsky desde abril de 1917, no tuvieron un correlato en la reformulación de esta vieja antinomia por el bolchevismo. Si bien en el prólogo de 1922 a su libro 1905, Trotsky hizo referencias explícitas sobre las afinidades entre la idea de revolución permanente y la política del partido desde las Tesis de Abril, la falta de una reformulación clara de esta problemática en el bolchevismo facilitaría la posterior reedición (en términos degradados) de aquella vieja contraposición durante los años ’20 en la URSS.
En los debates sobre la revolución permanente y el “socialismo en un solo país” entre 1924 y 1927, dirigentes soviéticos como Bujarin y Stalin (y en menor medida Zinoviev) construyeron un discurso dominante en el PCUS según el cual la hegemonía se asociaba a una idea de política nacional (en lugar de internacional) y de predominio de la economía agraria (en lugar de la industria) en la transición al socialismo.
Luego de la adopción por el movimiento comunista de la política de Frentes Populares con la llamada burguesía democrática en el VII Congreso de la Comintern (1935), la Segunda Guerra Mundial y la constitución de grandes partidos comunistas de masas en Italia y Francia durante la segunda posguerra, esta contraposición entre hegemonía y revolución permanente se hizo cada vez más fuerte. La publicación de los Cuadernos de la cárcel en ediciones temáticas entre 1948 y 1951 y la apropiación del legado de Gramsci por Togliatti y el PCI cerraría de algún modo el círculo de esta contraposición, postulando la hegemonía como la fórmula de la “vía italiana al socialismo”.
La publicación de la edición crítica de los Cuadernos de la cárcel en 1975 y el desarrollo posterior de los estudios gramscianos abrieron perspectivas para toda clase de lecturas, entre ellas las que intentan apegarse con mayor rigurosidad al desarrollo del pensamiento de Gramsci expuesto en los Cuadernos. Estas lecturas contribuyen a su vez a plantear las relaciones entre hegemonía y revolución permanente, en términos distintos a los establecidos tradicionalmente, dirección en la que encaminamos este trabajo.
Si bien este libro no se ocupa específicamente de la tradición gramsciana en España o en el Estado español, muchos de sus temas y argumentos podrían ser de relativa utilidad para rediscutir los modos y las líneas de interpretación con que se leyó a Gramsci del otro lado del Atlántico.
A partir de su incorporación creciente al universo de debates comunista a través de los intelectuales del PSUC desde 1956, con la peculiar búsqueda de un carácter “nacional-popular” para la cultura catalana, junto con la reflexión sobre problemas teóricos, políticos y filosóficos del marxismo, el pensamiento de Gramsci tiene un itinerario con elementos coincidentes con el de otros países: fue un punto de apoyo para la reflexión de un grupo de intelectuales comunistas críticos en los ’50 y ’60; objeto de múltiples interpretaciones más leídas que el autor original y referencia instrumental del eurocomunismo en los ’70; pasó por un período de debates más “neutralizadores” de tono académico a partir de los ’80, para volver a estar en el centro de ciertos debates político-ideológicos en los últimos años.
El itinerario de Gramsci en la península está asociado indefectiblemente al nombre de Manuel Sacristán, cuya antología de textos gramscianos publicada en 1970 jugó (y sigue jugando) un rol fundamental para acercar a nuevos lectores a las ideas del comunista sardo, más aún en un contexto en que fracasarían los intentos de publicar en castellano la edición crítica de los Cuadernos de la Cárcel durante los años ’70 en España.
Más allá de las diferencias de contexto, políticas e ideológicas, es interesante destacar una forma de pensar sobre Gramsci que compartimos con el modo en que intentó leerlo Sacristán (y también Francisco Fernández Buey): como un clásico, pero no como el autor de un texto canónico, como un autor que debe ser leído con rigor filológico y sin la superficialidad del mero uso instrumental, pero que habla de nosotros, de nuestro presente, de nuestras peleas políticas y teóricas actuales.
Y son precisamente la crisis de autoridad del Estado español, la crisis de sus partidos tradicionales y más recientemente el movimiento de lucha de los trabajadores y el pueblo de Catalunya, las que nos permiten, situándolo, resignificar el legado de Gramsci para llevarlo en una dirección que supere los límites relativos que a sus lecturas impuso la tradición comunista, caracterizada -según los momentos- por la estrategia de “Frente Popular” con la “burguesía democrática”, el eurocomunismo y la “transición a la democracia”.
Esta lectura ha sido reeditada por un sector de PODEMOS que reivindica la experiencia del “eurocomunismo”, mientras que otro sector ha pasado a Gramsci por una criba laclausiana que hace de la idea gramsciana de hegemonía, distorsionada al máximo, la clave de una concepción en la cual las relaciones de fuerzas se diluyen en un discurso articulador de distintas “posiciones de sujeto” que sea por la vía de la “democracia radical” o del “populismo” tienen muy pocas posibilidades de plantear un cuestionamiento revolucionario del capitalismo.
La actual experiencia de lucha del pueblo catalán plantea en toda su profundidad uno de los interrogantes que se propone pensar este libro: ¿cómo se articula la conformación de lo que Gramsci llama una voluntad colectiva nacional-popular y una estrategia de la clase obrera cuyo carácter es internacional? ¿Cómo se puede plantear en términos concretos la problemática de la hegemonía atendiendo simultáneamente al problema nacional y al problema de clase? ¿Qué características posee el problema de la autodeterminación nacional en la actualidad, qué relación tiene con la constitución de un Estado y con el carácter de clase que este indefectiblemente tiene? Gramsci provee respuestas aproximativas a muchos de estos problemas y también puede aportar nuevas preguntas. En el mismo sentido, el diálogo entre la teoría de Gramsci y la teoría de Trotsky permite pensar con mayor profundidad cómo los pasos adelante en la conformación de una política hegemónica permiten a su vez dar mayor radicalidad a un proceso de cambio social en términos revolucionarios.
En estas coordenadas, la lectura de Gramsci que proponemos en este trabajo podría aportar a la reflexión sobre el sentido de su legado en el Siglo XXI, así como sobre los desafíos para la teoría y la estrategia marxista, a partir de dos premisas. La primera, que la lucha por la hegemonía cobra un nuevo significado a partir de la necesidad de soldar la unidad de la clase trabajadora dividida en múltiples sectores tanto como una relación de apoyo mutuo con los movimientos sociales cuyas demandas exceden la cuestión de clase. La segunda, que la revolución permanente entendida como estrategia tendiente a que las luchas nacionales, populares y democráticas no se detengan en movimientos parciales y avancen hacia una lucha por el poder obrero y popular, sigue siendo la única perspectiva que se opone globalmente a las distintas tentativas de recomposición del poder capitalista.
Juan Dal Maso
Alto Valle de Neuquén y Río Negro – Argentina
Octubre de 2017