Sábado 25 de junio de 2016 08:00
Maiakovsky, el gran poeta ruso escribía entre 1922 y 1923 un poema a París, a la Torre Eiffel. Allí le confesaba el deseo y la admiración a la torre de metal, a esos hilos que parecían carecer de sustento, a esa representación de la técnica y del arte y de todos los hermosos adjetivos que podían esperarse del escritor. Maiakovsky quería mudar metafóricamente la Torre a Rusia, arrastrarla hasta la revolución, adorarla eternamente; todas las cosas que observaban a la torre en su quietud se rebelarían porque las cosas en sí mismas ya no soportaban más, se explayaba, pasarían quince veinte (o 93) años y se ablandaría el acero y la torre sería gratamente cobijada por Moscú, con más lugar para ella, todo se revelaría en ese afán, de cabeza a los pies, se revelaría París, la torre y se iría firme con sus 4 patas poéticas, históricas en búsqueda de la Revolución más importante
Pero los 93 años pasaron y la Torre siguió firme, el acero se ha mantenido intacto, no ha cedido a los años, no la ha movido ni el Mayo Francés para hacerse una idea. La torre observa atónita a todos esos jóvenes, a todos esos obreros que la miran sin demasiada importancia, el estado de bienestar se ha desplomado y ella incólume parece siempre apostada sobre dos nubes que parecieran dibujadas en sus costados. Pero hay algo que quizás en el fuego del presente chispea, hay un desplazamiento, las columnas de acero son más finas. Ya es generoso hablar de acero, son agujas de madera apiladas desordenadamente. Eso piensan estos obreros de pie, los jóvenes luchando contra la reforma laboral, de pie, en la noche, contemplando a la torre, soplándola, prendiéndola fuego, moviéndola buscando acabar con su indiferencia. Ahora es de madera inflamable, y el fuego es posible. Los jóvenes, los estudiantes y los trabajadores franceses ahí se quedarán, en la noche o en el día borrando su inmovilidad, de la cabeza a los pies, como tanto anhelaba el poeta de la revolución.
Texto: Chiqui Nardone // Ilustración: Carmela Torres