Desde La Izquierda Diario compartimos el aporte de crónicas de estudiantes universitarios.
Viernes 21 de octubre de 2022

A Belén
Durante una tranquila mañana de jueves en el centro de Los Andes un joven diablo, con la maldad metida hasta el fondo de la ambición que le despierta el apetito por la pasta base, se acerca sigiloso hasta el edificio comercial Cordillera 2. Desde lejos, su caminar psicosiado es la evidencia misma de que esta mañana se levantó motivado a trabajar; es viernes y el cuerpo lo sabe. Trae marcada a fuego la convicción de acercarse a una pequeña moto Yamaha YZ 125 negra, estacionada afuera de la antigua peluquería de Uribe, hijo, nieto y bisnieto de una reconocida familia de peluqueros que cuenta a lo mínimo con 150 años de antigüedad. Desde el resto de los locales de la galería nadie se percata de la empresa de choreo acometida por el joven. Al frente, en la plaza de armas, los abuelos que conversan y se cuentan las mismas historias de aquel pasado compartido, tampoco perciben nada extraño en el ajetreo medio de las 11:00 am en el casco histórico andino; las palomas, los vendedores de Claro, la estatua de Ambrosio O’Higgins fundador de la ciudad e incluso algún curaito que duerme en el pasto, sin saberlo se convierten en testigos del aumento en la cifra de hurtos de vehículos motorizados en la comuna.
Claramente, aquel joven tampoco se percató de cómo el día anterior en una ceremonia innecesaria, el alcalde inauguró un millonario proyecto de prevención del delito avaluado en aproximadamente 114 millones de pesos. Un tecnológico sistema de monitoreo de cámaras de vigilancia capaces de grabar en alta definición, puntos ubicados hasta 900 metros alrededor de la ubicación de cada cámara. El delito es gravado en flagrancia. La rapidez del sujeto que corta un cable, hecha a andar la moto y huye a toda velocidad esquivando los autos, burla insolentemente el actuar policial y a toda la comisaría ubicada a 150 metros de la peluquería Uribe. Todo queda grabado en HD. El reconocimiento facial no arroja luces del culpable, ni las marcas de sus zapatillas, ni los tatuajes dibujados en sus brazos y cuello. Nunca se supo la identidad del joven. Investigaciones y Carabineros de brazos cruzados se miran las caras y levantan los hombros asumiendo la ineptitud de su actuar. Todo quedó grabado. Todos vimos el mismo video en redes sociales. Todos reímos ante la sincrónica coincidencia del crimen perfecto. Gerardo, el reponedor de la botillería de Tacchini, quien dejó su moto estacionada para ir a pagarse al banco y comprarle un engañito a su polola, a lo lejos se percata de la tragedia, su mayor miedo; su orgullosa moto había desaparecido ante lo que sólo podía agarrarse la cabeza con indignación. Todo quedó grabado. Todos lo vimos. Las nuevas cámaras solo sirvieron para grabar el momento del robo, y nada más. Nunca se supo más. Las cámaras de adorno ya estaban trabajando.
Un mes después, una roja tarde de sábado primaveral, entre el caluroso aire lacrimógeno que recorría las calles de Los Andes, entre el humo espeso de barricadas encendidas a pura rabia, entre los insultos dirigidos al accionar policial, las cámaras seguían trabajando, esta vez sí que no estaban de adorno. Todo quedó grabado. El actuar violento de los cabros de la Pucará, el desenfreno contestatario de los Terremotos de la población René Schneider y el gozo siniestro del saqueo a los bancos transnacionales por parte de las enrabiadas compañeras de San Esteban, sin saberlo fueron los protagonistas de un filme maníaco de la vigilancia implacable de quienes hoy sí estaban dispuestos a trabajar, a grabar con exactitud los rostros, las zapatillas y los tatuajes de quienes salieron ese sábado, domingo, lunes, martes miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo, lunes, martes de octubre a exigir con violencia, el fin de un sistema económico y constitucional más violento aún. Pero aquel primer sábado, fue distinto. Teníamos la rabia viva y sin control escapándose de nuestros cuerpos dispuestos a quemar Chile entero si fuera necesario. Todo quedó grabado. Todos lo vimos.
Dos semas después de aquel sábado 19 de octubre, nos despertamos con la noticia de nuestra compañera presa. Había sido detenida en un allanamiento de madrugada en su casa de San Esteban, su madre, su hermana y su tía no lograban dimensionar qué era lo que sucedía aquella extraña y violenta madrugada de noviembre. Botas que pisaban aquel hermoso jardín cuidado a lo largo de generaciones, lumas que desordenaban los cajones con la ropa de la abuelita buscando nadie sabe qué. “Pero si esta niñita estudia, nunca le ha hecho daño a nadie” gritaban asustadas las mujeres en defensa de aquella pequeña rebelde que era llevada en brazos, entre patadas y forcejeos a un furgón policial.
Su único delito fue salir a la calle, a protestar sin miedo contra la injusticia y entrar a un banco en llamas para disfrutar del calor contestario del fuego quemando los vestigios del capital; todos queríamos ser parte y disfrutar de aquel fulgor inimaginable hace unas semanas atrás. “Esta niñita quemó un banco, destruyó bienes patrimoniales, agredió a Carabineros y es una de las organizadoras de todos los desórdenes públicos de las últimas semanas” gritó una voz oculta tras un casco de Tortuga Ninja, “Todo quedó grabado” dijo otra vez.
Dos semanas de prisión preventiva, después comienza la formalización y se conocen los detalles; se le imputaron a nuestra compañera los cargos de robo en lugar no habitado, incendio y ataque con elementos incendiarios, amenaza y maltrato de obra a Carabineros. La única prueba eran las grabaciones. La reconocieron por el tatuaje de un colibrí, y por la marca de sus zapatillas Sketchers. Todo quedó grabado. Las cámaras ahora sí estaban trabajando y cumpliendo su labor, lamentablemente en las circunstancias equivocadas. Cumpliendo el trabajo mandado desde el Ministerio del Interior para perseguir la revuelta y a quienes participaban, para dar una lección al resto. No tenían nada más que la grabación de nuestra compañera saliendo del banco. Ni culpable ni inocente, dijimos. La acompañaremos en su proceso para que no esté sola.
Quienes cometimos el error de registrarnos en la entrada del tribunal quedamos fichados como cómplices. Seguimientos, acoso y persecución. La enviaron a la cárcel de Quillota a cumplir medida cautelar. Cinco largos meses privada de libertad y sus delitos solo los probaba un video en que se la vio salir, ni siquiera entrar entre la muchedumbre de quienes iracundos quisimos quemarlo todo.
Posterior a eso, otros siete meses de prisión preventiva domiciliaria. Igual íbamos a buscarte a tu casa y bajábamos a la ribera del río Aconcagua a bañarnos cagados de la risa de la tobillera electrónica con la que pretendieron controlar tu ubicación. Tu reíste, pero sabíamos que por las noches llorabas sin poder dormir. La cárcel no es para todos. Pude ser yo, pudimos ser nosotros, lamentablemente fuiste tú y aperraste, con la frente en alto, por el resto. No les dijiste ninguna sola palabra. Te quedaste piola ante los tratos que te ofrecieron. Por eso y más, serás siempre compañera.
Hoy por hoy el centro de Los Andes sigue igual, el banco sigue funcionando a pesar de que fue consumido por las llamas de aquella tarde de octubre. Las palomas, los cabros de Claro, los curaos, el viejo O’Higgins y la peluquería Uribe aportan al funcionamiento natural de aquella tranquila ciudad cordillerana. El Gerardo aún busca su moto, deseando que el proceso de búsqueda hubiera sido tan fructífero y dedicado como el que emprendieron en tu contra. No pasó nada. Nadie sabe. La moto ya no existe más. La comisaría a 150 metros de la plaza de armas aún hace oídos sordos a todos los delitos que se cometen, día y noche en el centro de Los Andes. Asaltos por las noches, viejitas cartereadas a la salida del banco a fin de mes, apuñalamientos y peleas. Todo como si nada. La diferencia es que ahora todo queda grabado. Todos lo vimos.
No y calmao que dicen que Los Andes es fome.
Phil Morrison
27 de septiembre de 2022
Universidad de Chile