Reproducimos esta narración (Parentesis Proletaria) de "Pato" Vergara, fotógrafo y cineasta de la zona sur de Santiago.
Un retrato de las historias detrás de las vacaciones de los pobres, La Estación Central, sus personajes, los terminales, los buses piratas, inmigrantes, jóvenes, mujeres, trabajadores que anhelan el Litoral Central y un paréntesis de los días de 08:00 a 17:00 por el mínimo.
Jueves 12 de julio de 2018
Es Febrero y las calles de Estación Central infectadas de mochilas de camping
danzantes y zapatillas que caminan derritiéndose sobre el cemento ardiente a paso
veloz en busca de una entrada al terminal de buses. Los reflejos anaranjados de los
carteles que anuncian al “Rey del Mote con Huesillo” entregan una sombra
refrescante entre tanto sol aplastante que se cuela por los guetos verticales. Tanto
Rey digo yo, en una ciudad tan pobre de calles agrietadas, botellas de trasnoche y
fachadas levantadas a pulso por el inmigrante que busca la sombra y el silencio
para dormir 5 minutos más antes de partir al turno eterno de sueldo incierto.
Mientras la gente afuera corre para llegar al bus que lo trasladará al Litoral, el
paréntesis del proletario.
Multiplicación de cabezas, millones de mochilas chocando las espaldas, paso
imposible de ese terminal con olor a libertad, sobrepoblado de pobla. Matuteras
rebalsadas de comida preparada porque allá es muy cara, guitarras enfundadas,
descansando de día para despertar en la noche y armar la fiesta al borde de la
fogata con su sonido desafinado. Un terminal repleto es también el hogar de manos
con vaselina que entran en los bolsillos con una precisión y delicadeza envidiable
para rescatar el Iphone del pollo hijito de papi que se va a mochilear en bus, y se
mete en la vorágine popular para ser devorado y quedarse solo con su Djembe y su
mochila The North Face de 80 litros.
Ante la imposibilidad de llegar a la garita del Bahía Azul para comprar pasajes, se
corre la voz de que se acabaron en todas las líneas y comienzan a desvanecerse
las ilusiones de Litoral, de guatita al sol, de pollo asado en la carpa junto las
bendiciones chapoteando en la orilla con su Bodyboard de plumavit barata
comprado a la salida del metro por 5 lucas. Todo se diluye por unos segundos hasta
que llega el viejo bonachón, encamisado y con corbata aguantándose los 35 grados
de calor, y a grito vivo anuncia que frente a la entrada de la USACH salen buses
pirata a la costa; Que yo la llevo, que acompañeme, que dígale al chofer que lo
mandó el Lito y le hace descuento, que allá hablamos de plata. Aplicando todos
esos trucos baratos repetidos por años pero que igual salvan a la tía que le prometió
un pedazo de mar al cabro chico en Diciembre para que se animara a ir al Liceo.
Caravana de liebres se estacionan por la Alameda cuando ya se oscurece para
acarrear a las familias a sus vacaciones y que puedan acariciar la arena por el fín de
semana largo. Aparecen las Buin-Maipo, Lampa, Colina, Talagante, Pirque, El Rulo,
todas las máquinas coludidas y los choferes haciendo horas extras cobran un precio
descaradamente elevado por llevarlos al tan anhelado destino turístico. Sin
pensarla, la gente se sube a borbotones para alcanzar un puesto, las viejas se
olvidan de los cabros chicos, y los cabros chicos dejan botado su Bodyboard para
tener un poco más de espacio. Cartagena-San Sebastian-Costa Azul-Las Cruces-El
Tabo-El Quisco, Grita el joven asistente que acompaña al chofer por 20 lucas.
La playita, el paréntesis sin ley, el descanso de los pobres que trabajan el año
entero levantándose a las 5am para ir a la fábrica por 300 lucas y juntan los
cachibaches para venderlos en la feria los Domingos y comprarle ahí mismo la
colación al mocoso que no quiere estudiar y además está condicional por amenazar
a un compañero con un cuchillo en la sala de clases.
¡Subase no más! allá atrás quedan asientos, sino se va parado y le cobramos la
mitad de precio, vocifera el conductor. Todos arriba y la liebre parte a la playa, los
aplausos y el griterío de felicidad por lograr la hazaña no se hacen esperar. Se
prenden los neones azules, se abren las latas y se enciende la bazooka, que
obviamente, como es ley y tradición, viene desde los últimos y más desordenados
asientos, donde cuatro amigas corean los Reggaetones hits del verano que prenden
todos los carretes en la playa grande de Cartagena. No importan los tacos eternos,
no importa que vayan guaguas ni que el conductor las mire con cara de poto, ellas
siguen retumbando la micro con sus gritos que sobrepasan las barreras del sonido,
sintiéndose libres de patrones y relaciones tóxicas por unos días, mientras se sirven
un pan con jamonada con lata de cerveza en mano.
La micro avanza a saltos, y las especulaciones sobre cuánto les va a cobrar el
chofer comienzan a aflorar entre los pasajeros sentados y parados. Rápidamente y
aprovechando el taco, el asistente pasa por los puestos cobrando 8mil por persona
sentada y 5mil mil por parada. Sin antes fruncir el ceño, sabiendo que incluso el
Tur-bus cobraba 4 lucas por llegar a Costa Azul, pagan su pasaje sabiendo que en
el fondo, en un par de horas va a pisar arena y playa y podrá alcanzar a ver el
festival en la TV de 17’ de los años 2000.
El Reggaeton sigue sonando a todo cachete. Las amigas se ponen de acuerdo para
pagar menos mientras rellenan con Redbull el Whisky en un vaso improvisado con
una lata de cerveza. Ante la negativa del chofer por cobrarle 20 lucas a las cuatro
chicas sentadas, detiene la micro en plena carretera y grita desde su trono que si no
pagan la tarifa que legalmente se había predispuesto en su mente, se devuelve a
Santiago y se acaba todo. En ese preciso momento estalla la revolución de los
pasajeros dentro de la máquina y entre gritos, vasos voladores y reggaeton caliente
se escucha el apoyo que le da la prole a las chiquillas. ¡Avanza culiao si ya te hiciste
las meas moneas! ¡oe si las cabras no tienen más y estay cobrando el meo palo!
Entre el griterío poco parlamentario donde se barajaban opiniones, intereses y
amenazas, el silencio se hace presente en seco con la detención de la música y con
voz choriza una de las amigas le contesta al chofer que si no avanza llamarán a los
Pacos para que vengan a poner orden a esta paradoja con final de oro. Los
aplausos vuelven a surgir cuando el chofer enciende el motor y las amigas sin
escrúpulos le dan play a la Bazooka y prosiguen en su conversación sobre el
Chinonino que se había agarrado a combos con una banda rival allá en la pobla y
estaba grave en el hospital. La polola sentada en la ventana que se acaba de
enterar llama a los padres del chico para consultar por el estado de su novio y sobre
la misma se entera que el Chinonino estaba jugando a dos bandos y la otra novia
había llamado a sus padres generando una confusión en ellos que terminaron
soltando el cassette. Como si ya nada importara en esa liebre, las risas y el bullying
a la amiga, acompañado del pésame por la situación distiende nuevamente el
ambiente y sigue la jarana con ruedas y neones, como si dentro de la máquina
pirata todo se convirtiera en un mero problema superficial. Por lo tanto la música no
para y el whisky llegando a su final derrama en las chicas una borrachera y pierden
el punto de destino.
Llegando a Cartagena donde la gente se baja en masa y las luces de la ciudad tal
cual una discoteque enciende los ánimos de los viajantes que sonrientes y
expectantes esperan ver el mar pegados en la ventana grasienta. La máquina cruza
el litoral paréntesis de poetas y se vacía lentamente siendo las cuatro amigas las
últimas en quedar. Al final del recorrido el chofer se acerca a despertarlas entre
pasos de latas, botellas y basura y las obliga a bajar en una boca de lobo,
coordenadas oscuras. Sin norte las amigas en busca de un verano naranja, quedan
varadas en el bote de su suerte y se deciden caminar hasta encontrar vida en esas
calles de arena, árboles muertos, casas de verano con las ventanas selladas en
madera, basura petrificada en las esquinas y uno que otro negocio cerrado da vista
de unas vacaciones en decadencia. Una desorientación social devora a las amigas,
que solo buscan la distensión total, la ventana al olvido de su realidad de blocks y
de esquinas peligrosas.
Una de las amigas apunta a la distancia un punto rojo que se mueve y deciden
caminar hacia allá. Poco a poco entre el sonido del mar disciernen el chirrido de una
guitarra mal tocada y una voz desafinada que canta con vehemencia:
Y yo estoy aquí, borracho y loco
y mi corazón idiota, siempre brillará
¡(SIEMPRE BRILLARÁ)!