Al igual que decenas de mandatarios y personajes de la política internacional, Enrique Peña Nieto acudió a las exequias de una figura icónica del sionismo israelí. La prensa mundial destaca a Shimon Peres por su Premio Nobel de la Paz. El pueblo palestino no lo olvidará: fue uno de sus terribles opresores, un jefe “moderado” del militarismo israelí.

Raúl Dosta @raul_dosta
Viernes 30 de septiembre de 2016
Foto: Peña Nieto y Shimon Peres.
Al igual que muchos mandatarios y personajes de la política internacional, Enrique Peña Nieto consideró que era su deber estar presente en el funeral de Shimon Peres por lo que tomó su avión y a la secretaria de relaciones exteriores, Claudia Ruiz Massieu, y partió con algunos judíos mexicanos invitados para la ocasión.
Un funeral ampliamente concurrido por los países que más respaldan a Israel, a sabiendas de su política genocida. Estaban ahí Bill Clinton y Barack Obama por EE. UU., el primer ministro de Italia, Mateo Renzi y el de Canadá, Justin Trudeau, junto con el presidente francés Francois Hollande; además de un “invitado incómodo”: Mahmud Abbas presidente de la Autoridad Palestina.
Peña Nieto declaró que Shimon Peres: “ha abogado por el entendimiento y la justicia y ha sido infatigable su defensa en favor de los más altos valores de la humanidad; ha trabajado, no sólo para el presente, sino, sobre todo, para el futuro del pueblo de Israel”. Pareciera más bien el discurso de uno de sus acompañantes, los líderes de la comunidad judía en nuestro país, Salomón Achar y Rafael Zaga Kalach, sobre todo porque en su discurso, no aparece el pueblo de Palestina, sin el que se puede concebir un “futuro del pueblo de Israel”.
Lo cierto es que a Peres, al mando de las fuerzas armadas israelíes le tocó encabezar el trabajo sucio de ir desmantelando por la fuerza las comunidades palestinas para ponerlas en manos privadas de origen israelí.
Así como la campaña militar contra asentamientos de migrantes en Líbano que culminó en la masacre de Qana, todo bajo la perspectiva de consolidar las fronteras israelíes a manos de sus vecinos y garantizar un enclave del dominio imperialista anglosajón en el mundo árabe, proyecto que no se pudo consolidar. Los ejércitos imperialistas tuvieron que intervenir en Irak y, aún hoy, en pleno funeral de uno de los “padres fundadores”, se tiene que hablar de la “paz” en la región.
Al igual que Peña Nieto, que considera que Peres fue “uno de los promotores de los esfuerzos para conseguir la paz entre judíos y árabes, junto con Isaac Rabin, Yaser Arafat y el ex presidente estadunidense William Clinton, quien los acompañó en este proceso”, la prensa internacional ha dedicado columnas enteras a recordar a Peres como pieza principal de los acuerdos de Oslo.
Y sí que lo fue, pero no como promotor de la paz, sino del engaño con que se logró desactivar la rebelión de las masas palestinas, que además de ganar el apoyo mundial se convertían en un ejemplo a seguir, pues con su Intifada (guerra de las piedras), demostraban que era posible enfrentarse y combatir calle por calle a uno de los ejércitos mejor equipados del mundo y entrenados para reprimir a la población civil.
La rebelión desde abajo, se salía ya del control de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) encabezada por Arafat, por lo que éste no dudó en ser partícipe de las negociaciones de paz que, de acuerdo con sus resoluciones, le daría la autonomía total a Palestina progresivamente en un lapso de cinco años, cosa que la ultraderecha israelí, que tomó el poder en 1996 con Netanyahu luego del asesinato del presidente Isaac Rabin, se encargaría de impedir y redoblar la ocupación con severos ataques militares a Gaza y Cisjordania y con la construcción de un muro para controlar el flujo de palestinos, en el cual se inspira Trump por cierto.
Lo que quedó de Oslo fue la Autoridad Palestina como una autonomía acotada por el Estado israelí, basada en la intervención militar, desechando de facto la propuesta de “Dos estados” firmada por Peres, Rabin, Clinton y Arafat. Shimon Peres fue parte de esta reformulación del dominio israelí sobre Palestina, aunque desmarcándose un poco de la ultraderecha israelí, de Netanyahu.
Peña Nieto tenía que estar ahí para refrendar sus compromisos con la cúpula israelí e imperialista. Además de avalar la opresión israelí sobre Palestina, comparte con la burguesía israelí importantes proyectos para que el capital de aquel país se nutra del trabajo semi esclavo mexicano. Uno de sus puntales es la industria del suministro del agua, cuyo promotor era, desde su puesto como director de Conagua, David Korenfeld, incrustado en esa posición a propósito por Peña Nieto, pero que tuvo que renunciar por poner los helicópteros del estado al servicio de su familia.
Te pueden interesar:
Muere Shimon Peres, el último de los padres fundadores del Estado sionista
Shimon Peres desde la perspectiva de sus víctimas