En las últimas semanas han estallado varias movilizaciones sociales que han impactado en la conciencia de una parte importante de la población, y que ponen una vez más el foco en la necesidad de enfrentar a la deriva reaccionaria del Régimen.
Martes 6 de marzo de 2018

El pasado 22 de febrero las principales cadenas de televisión abrían sus telediarios con la imagen de varios miles de pensionistas que conseguían superar las vallas que rodeaban al congreso de los diputados. A pesar de los esfuerzos de la policía no pudieron frenar el ímpetu de una generación que ya en su día plantó cara a la policía franquista y ahora vuelven a salir a la calle enfrentándose al decrépito Régimen del 78.
A esto se le suma la convocatoria de Huelga General por los derechos de la mujer, el 8 de Marzo. Este año esta movilización tendrá un carácter histórico ya que la participación de la clase trabajadora, principalmente mujeres, será mucho más fuerte que otros años. De esta manera es la primera vez que varios sindicatos, como CGT, CNT, Co.bas, legalizan una Huelga General con reivindicaciones feministas por 24 horas, mientras los sindicatos mayoritarios (CCOO y UGT) han llamado a huelgas parciales de dos horas por turno.
Por otro lado han empezado a surgir en muchos centros de trabajo procesos de resistencia y autoorganización ante la creciente precarización de las condiciones laborales. Muchos de estos sectores se hicieron visibles en las manifestaciones convocadas por la plataforma No Más Precariedad en más de 33 ciudades el pasado 10 de febrero.
Todas estas luchas dibujan un escenario en el que las movilizaciones pueden volver a ponerse en el centro del mapa político. Después de muchos años de pasividad social, el descontento acumulado ha empezado a desbordarse y cada vez se hace más visible.
Para entender esto es necesario tener en cuenta el agotamiento político de las principales organizaciones neorreformistas, especialmente Podemos. De esta manera tras el ciclo de movilizaciones que se abrió con el 15M, la aparición en escena de la formación morada contribuyó a canalizar el enorme descontento a través de la ilusión en el cambio por medio de las instituciones del Régimen. El hecho de que la clase trabajadora no jugó un rol central en las movilizaciones, principalmente por el papel de los grandes sindicatos, hizo que rápidamente las protestas sociales se fueran apagando.
Ahora, tras tres años de gestión de los llamados Ayuntamientos del Cambio, que han provocado una enorme frustración debido a que no han resuelto los principales problemas sociales, pero también por la bancarrota política causada por la ambigüedad de Podemos en el conflicto catalán, la ilusión por el cambio dentro de los marcos del Régimen haya quedado totalmente diluida.
La persistencia de los efectos de la crisis económica también ha contribuido al actual malestar social. A pesar de toda la propaganda del Gobierno, una inmensa mayoría de la clase trabajadora ve que sus condiciones de vida no han mejorado nada. Incluso muchos jóvenes que se empiezan a incorporar al mercado laboral solo han vivido la crisis económica y sienten que el Régimen no tiene nada que ofrecer salvo la seguridad de que vivirán peor que sus padres.
Todo esto ha provocado que sectores como los jubilados el pasado 22 de febrero salgan a la calle a reclamar su derecho a tener una pensión digna. En el gobierno de Rajoy han saltado todas las alarmas y no solo por una cuestión de votos, como se indica desde los grandes medios de comunicación. Sino también porque las pensiones son un problema estructural que pone encima de la mesa otras grandes cuestiones sociales como la precariedad laboral, el paro masivo, la corrupción desmesurada que ha dilapidado la hucha de las pensiones, o las prioridades del propio Estado, dejando ver claramente que antes que cualquier otra cosa está el pago de la deuda.
El potencial agregador que tienen las movilizaciones de los pensionistas puede convertirse en uno de los grandes quebraderos de cabeza del Régimen. El ejemplo de otros países, como Argentina o Chile, indica como la lucha de los jubilados puede infringir duras derrotas a los Gobiernos y hacer cambiar el clima político del conjunto del país.
Lo mismo ocurre con el 8 de Marzo, que desde que se confirmó la convocatoria de Huelga hizo que se desplegara una actividad arrolladora, con asambleas multitudinarias de mujeres a lo largo y ancho del Estado español. La manifestación del jueves seguramente sea una de las más multitudinarias de la historia del 8M.
En medio de estos procesos en ebullición desde el PP y el gobierno junto a la Judicatura y la Corona, han lanzado una ofensiva reaccionaria que les sirva precisamente para poder tener las manos libres a la hora de reprimir estas protestas. De esta manera en las últimas semanas han encarcelado tuiteros, raperos, periodistas e incluso a sindicalistas y luchadores sociales. Se trata por tanto de una serie de medidas preventivas que fortalecen el aparato represivo del Régimen y garantizan el orden social existente.
Para poder enfrentar a esta ola represiva y para que todos estos procesos de lucha y autoorganización consigan asentarse y generalizarse, es imprescindible sacar las lecciones necesarias del anterior ciclo de movilizaciones. Principalmente pelear para que la clase trabajadora, especialmente sus sectores más precarios, juegue un rol central en las movilizaciones. Para ello es fundamental tener una política que consiga desbordar a las burocracias sindicales, que siempre han jugado el papel de bomberos de la patronal y el Gobierno. Solo de esta manera la clase obrera podrá hegemonizar todo el descontento de los sectores explotados y oprimidos y plantear seriamente una solución de fondo a los grandes problemas sociales.