El padre de la protagonista de la comedia norteamericana “Mi gran casamiento griego” era capaz de probar, a su manera un tanto forzada, que cualquier palabra provenía de su idioma. Dejando de lado lo humorístico y lo absurdo del personaje, no muy lejos está de andar en lo cierto.
Rafael Fernández Pimienta Escritor y docente.
Viernes 3 de julio de 2015
No haré aquí un inventario de las palabras y menos aún, de los conceptos que heredamos de dicha cultura, pero aquellos que fuimos seducidos por su literatura, por su filosofía, por su mitología, por su imaginario, nos vemos conmovidos hoy al ver a aquella Itaca de Ulises convertida en un dantesco círculo de la troika financiera. De este infierno emerge Petros Márkaris y su inspector Kostas Jaritos para decirnos que la cultura y el pueblo griego aún conservan el encantamiento y la reflexión necesaria del arte.
Márkaris, nacido en Turquía en 1937 y nacionalizado posteriormente griego, tiene ya una trayectoria literaria de 50 años, en la que se incluye la colaboración en los guiones de varias películas de Theo Angelópoulos como La eternidad y un día o La mirada de Ulises. Pero, si el nombre de Márkaris se ha hecho un lugar en la literatura universal, ese lugar parece deberse a su inspector de policía Kostas Jaritos. Del surgimiento de este personaje el escritor ha dicho lo siguiente:
"Él vino a mí después de haber estado escribiendo durante varios años los guiones de la serie televisiva Anatomía de un crimen… Como fui por largo tiempo un activista de izquierda, no tenía ninguna simpatía por los policías. En Grecia, habían sido sinónimo de fascistas... Pero de pronto, por primera vez, caí en la cuenta que esos pobres policías son pequeños burgueses, que tienen los mismos sueños de que sus hijos puedan estudiar para convertirse en doctores o abogados. Así se comenzó a desarrollar esta construcción: un crimen y una historia familiar contadas paralelamente"
La novela policial de Márkaris presenta a un oficial sin cualidades extraordinarias, un ser humano con su vida familiar, sus manías, su automóvil griego al principio y posteriormente español, que come lo que cualquier griego medio, recorriendo Atenas de tal manera que casi es posible realizar un plano de la ciudad. Prosigue afirmando de su personaje:
“…no entiendo porque la mayoría de los detectives de ficción están solos. Cada vez que leo un nuevo escritor de policiales con un detective raro no lo entiendo. Me pasó con un joven escritor que había creado un detective que se trasladaba en una Harley Davidson. Lo llamé y le dije: “Escúchame, los crímenes los cometen hombres simples y los resuelven hombres simples. Si no podés escribir sobre personas simples tenés que dedicarte a otra cosa.”
Queda claro que hay en el autor una voluntad realista, centrada por lo tanto en la verosimilitud del relato, en la sencillez de sus personajes, en la cotidianeidad de la vida. Teniendo en cuenta esta estética, alejada de los dioses y de los héroes, el marco de los relatos no puede dejar de lado la crisis que Grecia viene padeciendo desde hace ya unos cuantos años. En particular, una serie de tres novelas, denominada la trilogía de la crisis, ubica al inspector Jaritos resolviendo crímenes en este contexto. Dichas novelas son: Con el agua al cuello (2010), Liquidación final (2011) y Pan, Educación, Libertad (2013).
Permítanme una breve referencia al primer libro de la trilogía. La novela comienza con la boda de la hija del inspector, continúa con el asesinato de un banquero y con una campaña anónima que incita a boicotear el pago de las hipotecas a los bancos. Los asesinatos se suceden y con ellos la paranoia de que se trata de un ataque terrorista. La Troika, la crisis financiera, la decadencia de una Grecia que se atrevió a organizar unos juegos olímpicos cuya resaca aumenta la ruina presente: esto es más que un escenario y el policial es mucho más que una historia de misterio y de aventuras. La novela se convierte en un ensayo de actualidad, en un retrato de la historia reciente, en una crítica política, social y económica que elige como envase los entretenidos recursos del policial. Este acápite de la obra marca la lectura en este sentido:
“¿Qué es el atraco a un banco comparado con la creación de un banco?”
Bertolt Brecht, La ópera de los tres centavos
El propósito es enorme, pero Márkaris no olvida nunca la sencillez previamente mencionada. La complejidad del escenario se mezcla de manera fluida, natural, con la vida cotidiana de los personajes. Más arriba hice referencia a los autos del inspector. El cambio del viejo Mirafiori a su nuevo Seat se decide en esta novela, poco antes del casamiento de su hija, a quien no puede conducir a la iglesia en un auto que tiene más de cuarenta años. Esta decisión, como en cualquier familia de recursos limitados, conlleva un análisis. En el caso de los personajes de Márkaris, este análisis es además ético:
“Al final, fue Fanis quien me sacó de dudas.
—Cómprate un Seat Ibiza —me sugirió.
—¿Por qué?
—Por solidaridad entre los pobres. Ahora los españoles y los portugueses tienen problemas, como nosotros. Para los mercados financieros, somos los PIIGGS, los «cerdos». Y cada cerdo debe ayudar a los demás, no hacerles la pelota a los tiburones. Quisimos vivir como tiburones y ahora estamos ahogándonos, porque los cerdos no saben nadar. Por eso tienes que comprarte un Seat Ibiza.”
He aquí una buena razón para hacer literatura. Ya no es época de Aquiles, ni de Agamenón; ya la tragedia no es la representación de la Moira que sufren reyes y semidioses. Ahora las condenas que aniquilan a los humanos vienen de los bancos internacionales, y los héroes, son tan cercanos a nosotros, que quizás aquello del destino invariable no sea más que un mito sepultado, bajo las ruinas del Partenón.
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[1] Yerno de Jaritos.