Entrevista realizada a una de las trabajadoras de intendencia del IEMS que pasó por un proceso de lucha por su reinstalación junto a más compañeras, después de ser despedidas injustificadamente por la patronal que las tenía subcontratadas.

Laura Aparicio Pan y Rosas México
Viernes 3 de febrero de 2017
Entrevista realizada a Adriana, una de las trabajadoras de intendencia del IEMS que pasó por un proceso de lucha por su reinstalación junto a más compañeras de otros planteles, después de ser despedidas injustificadamente por la patronal que las tenía subcontratadas. Adriana es una mujer de alrededor de 45 a 50 años, madre de dos hijos que fueron diagnosticados con un grado de parálisis cerebral; los tres trabajaban en uno de los planteles del IEMS (Instituto de Educación Media Superior).
La Izquierda Diario: ¿Me podrías describir la situación laboral que tenías en tu trabajo?
Adriana: Pues mira, cuando entramos a trabajar ahí en la prepa, el horario era de 7 de la mañana a 2 de la tarde, con media hora de comida. No podíamos llevar a nuestros niños al plantel, nada más nosotras, no había permisos para nada y se nos daba solamente el material necesario y a cada quién nos asignaban un área, no nos querían ver afuera ni platicando ni nada, solamente en nuestra área de trabajo y eso sí, con el uniforme, porque sino portábamos el uniforme nos descontaban cincuenta pesos; empecé a ganar $1,050 a la quincena y ya conforme fue pasando el tiempo pues fui avanzando, mi último salario fue de $1,350.
Para las consultas que, por ejemplo, estabas enferma o qué se yo, sí acumulábamos tres faltas ya nos despedían había que llevar un comprobante del seguro pero era difícil porque nos daban seguro muy poco tiempo, nos lo daban un mes y luego nos lo quitaban y nos dejaban un buen sin seguro, otra vez un mes y nos lo volvían a quitar, y si llevaba del centro de salud no más era como mostrar porqué no había asistido ¿verda’? pero no me lo tomaban en cuenta.
Aparte de que nos pagaban un sueldo muy bajo nos tenían restringidas de varias cosas, y todavía no nos daban el seguro social como era, además, constantemente éramos muy vigiladas, nomás nos andaban vigilando qué hacíamos qué no hacíamos, nos tenían de una manera que no nos querían ver ni siquiera tantito tomando en sol… desocupadas ¿no? yo dije parecemos esclavos o qué onda ¿no? En cuanto terminaba nuestro tiempo de comida era: “a trabajar, a trabajar” eh, iban y nos exigían una limpieza extrema, te revisaban hasta lo que no.
La Izquierda Diario: A partir de lo que me acabas de contar ¿Qué significa para ti vivir todos los días bajo estas condiciones? ¿Cómo te sientes?
Adriana: Pues en mi vida, a mi edad… ya los años pesan verdad, era una rutina tan pesada. Tienes que irte a la escuela y andar movida desde que entras hasta que sales y después llegas a la casa y en vez de llegar a descansar tienes que llegar a hacer tus labores ¿no? y luego tú dices “¡chanfle!” con un sueldo que ni una semana alcanza la verdad con 1000 pesos ni una semana te sacaba, más que nada para mi es desesperante porque tú dices bueno otra entrada… la llevaba más o menos con el sueldo de mis hijos pero ahora que no, ni ellos ni yo… imagínate.
Ahora que ha pasado todo esto, ¡nos hemos dado cuenta cuánto gana un diputado cuánto gana ‘x’ cosa y cuánto ganamos nosotras! Es una miseria a comparación de lo que ganan ellos y sin en cambio tenemos que sobrevivir ¿te das cuenta?
Yo me siento mal porque mucha gente no tienen estudios, no tiene preparación ¿a qué puede llegar? De limpieza, es lo único, entonces nosotras por nuestras edades… por mi edad, porque yo terminé una carrera, cosa que dejé por mis hijos y ahora no tengo experiencia, entonces dime tú ¿cómo me voy a integrar a lo que yo ya estudié? Y entonces pues ¿qué me queda?... de limpieza.
Mira, pues aquí como ves vivo con mis papás, ellos ya están grandes, hay que llegar y preparar la comida, andábamos comiendo hasta como a las 5 de la tarde, tengo que ayudarles, pues lavarles la ropa a mis padres, a mis hijos, la mía y pues mantener limpia la casa, lavar trastes, todo eso, a veces digo: “no, ya no puedo, ya no puedo”. Estoy bien cansada ¿no?, aparentemente uno dice no, pues se va a descansar. Pero mentira no descansas, llegas aquí a correr al mercado y ve y prepara la comida, dales de comer, lava los trastes, ponte a lavar la ropa, entonces te las tienes que ingeniar, llega la noche y súper cansadísima y al siguiente día lo mismo y lo mismo; quieras o no de ahí viene un desgaste. Últimamente me duelen los pies, a cierta hora ya cuando me siento cansada, tengo que descansar porque no aguanto los pies, entonces para mí sí es triste porque yo digo “híjole, ya no rindo como antes” yo lo hago todo pero hay veces que digo “no, ya no puedo” y ya hasta me siento mal de que ¡¿por qué tengo que descansar?!.
En una ocasión fui al médico y me dice “es que usted tiene ansiedad, usted anda en todo momento corriendo para allá y para acá” “se debe de dar un tiempo para usted” y dije: “¡pero es que no tengo ni tiempo!”¿Qué tengo qué hacer? Sentarme un buen rato en el sillón y levantar los pies y luego volver a trabajar. Eso es feo, me desespero porque yo digo me siento impotente, inútil de que quiero seguir haciendo más cosas porque ya ves que en la casa nunca se acaba el trabajo, quiero llegar y hacer más cosas a la casa y ya no puedo porque los pies me duelen. No sé si sería de que en la preparatoria trabajé medio año los dos turnos y pues quieras o no, medio año anduve yo para arriba y para abajo, de aquí para allá y todo… tal vez eso me afectó.
No sé, es algo muy triste, tú la verdad le hechas muchas ganas a tú trabajo pero mucha gente no lo valora, te desgastas y por un salario que no te alcanza ni para sacar la semana y para mí la verdad ese trabajo se me hace muy sucio, no te lo reconoce la gente y muy mal pagado, digo ¿no se dan cuenta que sin nosotras su escuela se mantiene sucia?
El peso de la doble jornada de trabajo
El capitalismo trajo consigo la incorporación masiva de las mujeres al mundo laboral pero sin abolir la “naturalización” de que el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos le siguen correspondiendo a las mujeres; así, puede explotar su fuerza de trabajo, ya que representan una mano de obra más barata, además de realizar las tareas del hogar de manera gratuita.
Según la Organización Internacional del Trabajo las mujeres siguen trabajando más horas en los sectores peor remunerados, mientras la ONU indica que las mujeres, en promedio, ganan sólo entre el %60 y el %75 el salario de los hombres.
La mayoría de las mujeres vive sintiendo culpa o ansiedad por dejar su casa y a sus hijos, sienten la culpa social que genera el “ideal de madre” pero es más fuerte la necesidad que tienen por llevar el sustento a casa, ya que muchas mujeres son jefas de familia.
“Lo único que yo siempre he dicho es que a mí me gustaría que no hubiera diferencias, como dicen en las clase sociales ¿no? Pero desgraciadamente sí la hay, yo digo no es justo porque supuestamente todos somos iguales y no porque tengas tus estudios vas a tratar a un intendente como si fuera qué se yo, cualquier objeto o cualquier cosa ¿no? A mí me pasaba porque había profesores, fíjate ¡profesores! Que ni los saludos te daban y entonces yo les he llegado a decir, “pues ustedes nos discriminan pero si no es por nosotros sus áreas no estarían limpias” y es ahí también donde digo, no es justo que nos traten así, nos pagan ¡una miseria! y que nos repriman de trabajar con libertad, con armonía ¿por qué yo no soy dueña de tomar si quiera tantito el rayo del sol?”
Para que Adriana y todas las trabajadoras del mundo sean dueñas de tomar el rayo sol, hay que cambiar al mundo, “una sucia prisión”, como escribió el revolucionario León Trotsky. Luchemos por el derecho al pan y también a las rosas.

Laura Aparicio
Agrupación de Mujeres Pan y Rosas México