A propósito del documental Nación. Porque la precariedad laboral es precariedad vital: nos dejan sin trabajo o con trabajos de mierda, nos dejan sin casa, sin estudios -no olvidemos las miles de expulsadas de la universidad por las tasas impagables-, sin ocio, sin relaciones de calidad y sin vida. ¿Qué hacemos?

Lucía Nistal @Lucia_Nistal
Martes 2 de noviembre de 2021
Intervención en el XXII Ciclo de Cine foro “La otra actualidad” organizado por Economistas sin fronteras en los Cines Golem, entre el 28 de octubre y el 25 de noviembre. Parte del debate “Precariedades de ayer y hoy, una realidad que supera la ficción” posterior al visionado del documental Nación (2020) de Margarita Ledo, junto a Ana Muiña, historiadora social y autora del libro Rebeldes periféricas del siglo XXI y Mario Risquez, profesor de la UCM y miembro de Economistas sin Fronteras.
Desde la organización me propusieron que hablara de la precariedad de la juventud, que es laboral y es vital y sobre la nostalgia que acaba siendo una visión parcial muy idealizada del pasado. Para ello me gustaría quedarme con dos momentos de esta película filmada con tanto cuidado y poesía, y a partir de ahí lanzar algunos datos y poder reflexionar juntas sobre algunas cuestiones de tremenda actualidad para pensar hoy sobre la situación de las nuevas generaciones de trabajadores y sobre todo trabajadoras.
El primero de esos momentos es cuando las (antiguas) trabajadoras de la cerámica de A Pontesa, y lo de antiguas entre interrogaciones porque muchas de ellas explican que siguen teniendo el mandil dispuesto, están en un pasillo de la fábrica, hablando sobre su lucha. Me llamó especialmente la atención una de las intervenciones de una de ellas:
“Traballar sen cobrar diso ni falar. Que no se os pase por la cabeza, nunca trabajéis gratis, por favor. ¡A la mierda!”
Nos habla directamente aquí a las nuevas generaciones, con toda la dignidad de ser una trabajadora, gallega, con muchos años de duro trabajo a sus espaldas, que aún pelea por que le paguen un sueldo que es suyo por derecho.
Haciendo aquí un inciso no podía dejar de señalar algo que la película muestra bien y es esa claridad que tienen las trabajadoras de lo que es suyo. No solo la conciencia de que la empresa, o sus posteriores compradores, les deben el sueldo por su trabajo, motor de su lucha. Sino también una conciencia, casi marxista, desalienante, de los frutos de su trabajo como algo propio, tal vez fomentado con esa relación tan directa con la tierra (que por otra parte no idealizan, explican claramente que quieren dejar de trabajar la tierra y por eso entran en la fábrica), los frutos de su trabajo. Algo que se hace muy evidente con esa canción que canta Nieves junto a la niña pequeña que aparece alguna vez en la película, pasándole el testigo (no familiar, sino de comunidad) de esa conciencia: Si pan de maíz quieres merendar, mira el trabajo que hay detrás.
Pero volvamos a este mensaje que nos envía Nieves, que ni se nos ocurra trabajar sin cobrar. Y esto nos golpea muy claramente a todas las nuevas generaciones a las que se nos ha enseñado que, por el contrario, tenemos que trabajar sin cobrar y dando las gracias por la oportunidad que nos dan las empresas de aprender sin cobrarnos por ello, o cobrándonos poco. A este robo se le llaman prácticas, a nosotros nos llaman becarios. Y o nos pagan una miseria o no nos pagan. Y esto se ha normalizado. E incluso se pretende avanzar con ello, como es el caso de la reforma de Castells con la que pretende instaurar el grado dual, como las FPs duales, en las que la mitad de la formación es en realidad trabajo muy mal remunerado y además, y esto es muy importante, sin derechos laborales.
¿Cómo hemos llegado aquí? Pues ni más ni menos que con el ataque neoliberal que llevamos sufriendo desde los años 80, con grandes hitos como las dos reformas laborales (las dos, no nos olvidemos de la del PSOE que nadie en la izquierda institucional está planteando derogar), con el apoyo de las burocracias sindicales que han ido dejando pasar todas, sin lucha, y que, entre otras cosas, han ido consolidando un modelo de empleo juvenil profundamente precario, que se agrava aún más con cada crisis, cuya salida suele pasar por los hombros de los más precarios para evitar cualquier consecuencia a los beneficios empresariales. Y así, hemos llegado a un punto en el que las nuevas generaciones ya viven en peores condiciones que sus padres, con peores sueldos, más temporalidad, más paro…
Aquí vienen las cifras. Voy con un estudio del Observatorio Social de la Fundación” la Caixa” (no precisamente sospechosos de izquierdistas), que tiene los datos más recientes, así como datos del INE y otras organizaciones.
Pero esta precariedad laboral de la juventud ese expresa, como no puede ser de otra manera, en otros ámbitos:
Y esta precariedad que es laboral, que llega a nuestras condiciones materiales más básicas como es la vivienda, se cuela e invade nuestras vidas, y da cifras tan terribles como la de las depresiones e incluso suicidios en la juventud. Solo dejaré un dato: el suicidio es ya la primera causa de muerte en la juventud en el Estado español. Uno cada dos horas y media.
Porque la precariedad laboral es precariedad vital, es que si nos dejan sin trabajo o con trabajos de mierda, nos dejan sin casa, sin estudios -no olvidemos las miles de expulsadas de la universidad por las tasas impagables-, sin ocio, sin relaciones de calidad y sin vida.
Y para que se entienda el mecanismo, toda esta situación ha empeorado notablemente durante la crisis económica, sanitaria y social de la covid, mientras los más ricos han incrementado en un 16% sus fortunas. Mientras teníamos familiares y conocidos jugándose la vida para ir a trabajar y generar beneficios, mientras muchos se quedaban de un día para otro sin ingresos, mientras veíamos subir las cifras de enfermos y muertos, las 23 mayores fortunas españolas aumentaron casi 20 mil millones de euros su patrimonio, esto solo en los 80 primeros días de pandemia.
Se dibuja una evolución que nos recuerda todo lo perdido durante los últimos años, a golpe de reformas laborales y de crisis que nos hacen pagar a las de siempre. Jóvenes, mujeres, migrantes.
Desde aquí podemos explicar esta cierta nostalgia que expresan algunos sectores de la juventud, por un pasado con una mínima seguridad. Pero esta nostalgia que se puede expresar en estos términos de avance neoliberal de derechos perdidos, a la que ha puesto límite la lucha, se expresa en muchas ocasiones en forma de memoria selectiva, o de desmemoria, que parece olvidar las condiciones tan duras que tuvieron que sufrir nuestras abuelas, que parece olvidar sus luchas idealizando un pasado que distaba mucho de ser ideal. Y esta película afortunadamente, es un antídoto para este ejercicio de idealización. Incluso cuando puede plantear cierta idea de nación (gallega), con la que podemos estar o no de acuerdo estratégicamente, pero nunca lo hace en términos de reivindicación acrítica de un pasado opresivo como hacen quienes pretenden buscar la seguridad en la familia patriarcal y la abnegación en las relaciones románticas en lugar de señalar el corazón del capitalismo que nos precariza. Porque es muy importante ser conscientes de lo que hemos perdido, pero esto no debería conllevar reivindicar un pasado opresivo en nombre de esta supuesta seguridad.
Y esto nos lleva al segundo momento de la película que quería rescatar. Casi al final, la actriz que se revela como tal nos dice, les dice a las mujeres que han sufrido pero también luchado: “Y sois para nosotras un sitio donde apoyar la cabeza”. Y a continuación relata lo que llama historias de violencia, un relato durísimo que seguro tenéis ahora mismo muy fresco en la mente, que deja claro de dónde venimos, el horror del franquismo, del patriarcado, de la explotación, humillaciones, violencia en todas sus formas. Y este relato impide cualquier nostalgia que es en realidad olvido selectivo.
Nos cuenta que conoce el pasado por un libro, por las mujeres que hablan, por una nieta Argentina que trajo las cartas de su abuelo, hablando con un vecino. Toda una memoria que denuncia el silencio y el olvido como violencia.
Y es aquí donde quiero plantear la que para mí ha sido una de las conclusiones de tantas posibles de esta película: la importancia de lo que a menudo se llama el hilo rojo, esta memoria de las luchas de las mujeres, de la clase trabajadora, frente a toda nostalgia reaccionaria que nos quiere volver a encerrar en la familia, el hogar, y este pasado opresivo y duro. Que ponga en el centro ese sufrimiento para no olvidarlo, pero también esa historia de luchas de las que tanto tenemos que aprender. Recuerdo que alguna vez, cuando aún había asambleas masivas para organizar el 8M (a ver cuándo nos damos cuenta de que siguen haciendo muchísima falta, por muchos ministerios feministas que presenten), hubo un gran debate sobre la necesidad de hacer una gran huelga de cuidados, de consumo, de estudiantes pero también laboral. Las compañeras de Pan y Rosas peleamos con uñas y dientes por esa huelga, por pararlo todo por nuestras reivindicaciones. Y alguna vez nos respondían para justificar que no había que obligar a los sindicatos a convocar esta huelga: “las huelgas no son cosa de mujeres, son una herramienta masculina”. Y espero que gracias a películas como esta, a recordar la lucha de mujeres valientes, que han llevado adelante huelgas heroicas, han resistido represión policial, han ocupado fábricas, no tengamos que volver a escuchar jamás este despropósito. Porque las huelgas son una herramienta valiosísima de la clase trabajadora, y las mujeres somos nada más y nada menos que la mitad. Y la mitad más explotada. Y puede que por eso la mitad más luchadora. Así que apoyemos la cabeza en estas mujeres luchadoras, que la nostalgia sea una recuperación de estas huelgas y sigamos peleando.

Lucía Nistal
Madrileña, nacida en 1989. Teórica literaria y comparatista, profesora en la Universidad Autónoma de Madrid. Milita en Pan y Rosas y en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT).