El documental "Celia. Las hijas del Carbón" se ha presentado en el Museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero en León, en Cacabelos y en Fabero en la comarca del Bierzo en el noroeste de León, corazón de la cuenca minera.
Montse Blanco Pan y Rosas | Barcelona
Lunes 9 de abril de 2018
Un lunes por la mañana cualquiera. Estoy en el metro de Barcelona, camino al trabajo, recibo un e-mail del museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero en León. Han visto el tráiler del Documental “Celia. Las hijas del Carbón” y me preguntan si lo he acabado para presentarlo con motivo del 8 de marzo.
El documental que realicé con el Colectivo Circes, en el taller Cruzando Miradas en el barrio barcelonés de Nou Barris, hace ahora 4 años, recibe muestras de interés y eso me motiva a terminarlo ¡Con la ilusión que pusimos en el taller de audiovisuales! Hasta me dejaron el material para ir grabar a la cuenca minera del Bierzo, con las muestras de apoyo que recibí por parte de compañeras y amigas. Ya casi lo tenía terminado cuando me entró un virus en el ordenador y acabe cerrando el portátil hasta nuevo aviso. Ahora no tengo escusa, gracias a la generosidad de una amiga conseguimos recuperar el proyecto. Y gracias a otra compañera que realiza la post-producción el documental queda listo para presentarlo en el Museo de Sabero el 23 de marzo, con motivo de las movilizaciones del 8 de marzo.
Unos días después viajo al Bierzo, antes de llegar ya me están llamando para presentarlo en dos pueblos de la comarca. El vinícola Cacabelos y el corazón de la cuenca minera, Fabero. El colectivo de mujeres del 8m del Bierzo y Laciana me comentan que lo podrán proyectar en Ponferrada, para proyectarlo durante la semana que estaré ahí, así podré presentarlo.
Después de 10 horas de coche, entramos en el Bierzo, tierra de minas, de maquis y de montes espesos. Es martes por la mañana. Vamos a ver el monolito en memoria a los fusilados a Ocero. Ahí está en medio del monte, con un bonito ramo de flores, en memoria a los miles de fusilados que aún permanecen enterrados por todos los bosques de la comarca, fueron muchos y muchas, aunque el monolito solo nombre a tres familias que colaboraron a su construcción, estos montes están sembrados porque cuando no podían encontrarlos a ellos, venían a por ellas, madres e hijas.
Por la tarde nos acercamos al local del grupo de mujeres 8 de marzo, nos recibieron cordialmente, hablamos de las movilizaciones y la huelga general feminista, de mujeres y minería, del futuro del Bierzo, aunque muchas se quedaron, otras tantas emigramos y todas seguimos luchando desde diferentes lugares. Después nos tomamos unas limonadas, que no llevan limón, sino vino del bierzo con frutos secos en maceración, canela y algún destilado, perfecta combinación para reponer fuerzas.
Al día siguiente es la presentación del documental en Cacabelos y cuál fue mi asombro en ver llegar a la televisión local para realizarme una entrevista, antes del visionado. Varias radios comarcales también se hicieron eco del documental y me hicieron algunas preguntas. Ante el modesto proyecto audiovisual, tanto el público como las organizadoras, se volcaron con gran amabilidad y una hospitalidad que me hizo sentir como si nunca me hubiera marchado.
Después de una breve introducción por parte de una de las organizadoras, que comenzaron diciendo, “el mensaje que queremos transmitir hoy con la visión de este documental es que sin memoria no hay futuro”. Empecé mencionando a Celia, mi abuela, como se podría haber hecho mención a cualquier otro nombre de mujer a través de su historia personal con la que nos sentimos identificadas todas las mujeres que formamos parte de la historia. Porque si nos quitan la identidad luego podrán arrebatarnos todo lo demás. Por lo tanto la memoria y la identidad son nuestras armas para construir el futuro, para que nuestro trabajo sea reconocido, para no tener que seguir emigrando, dejando a nuestros amigos, familiares, nuestras tierras.
El documental apareció en la pantalla ante una sala en silencio, atenta a la mirada de Celia, la protagonista y reflejo de todas las mujeres que estábamos allí sentadas expectantes a lo que decían las vecinas de Villamartin del Sil, como la recordaban, “cada vez que me acuerdo de ella me dan ganas de llorar” decía una vecina. “Porque iba a esa mina de ahí arriba y bajaba corriendo a darle la teta al pequeño” decía otra vecina señalando la mina. “El marido en la cama sin poder moverse por el accidente en la mina, y aquel niño allí llorando”, “que no vuelva aquella época, que fue muy mala, que no vuelva”, son algunas de las coletillas que se oían en la sala por boca de las vecinas, proyectadas en la pantalla.
Una vez encendidas las luces de la sala empezamos el coloquio y las voces de mujeres se alzaron para destacar la repercusión social y política de toda una época, de cómo habían pasado por experiencias similares, estaba claro que lo personal es político. Todas éramos un poco Celia. Sin mujeres no hay minería, no hay trabajo de cuidados, ni vida posible. No somos las que ayudamos, ni las que estamos detrás de un gran hombre. Somos las que movemos el mundo, las protagonistas de esta era, aunque haya quien aún se resista a reconocerlo, nosotras sabemos que juntas podemos cambiar las cosas.
La escritora María Luisa Bernardo tomó la palabra, en la sala se hizo el silencio para escucharla, ¡qué lucidez a sus más de 80 años! esta mujer nos dejó atónitas con su mensaje de lucha y cordialidad. Las mujeres eran las que se ayudaban en las tareas de la casa, gracias a ellas mi abuela pudo dejar la ropa en la fuente para que acabaran de lavársela y se la llevaran para que ella pudiera parir en casa. Las mujeres fueron quienes le ofrecieron un plato de comida caliente y una cama para que pudiera descansar, porque después de una operación te mandaban para casa y encima no había transporte para volver.
Las más jóvenes quizás no conozcan estos hechos, pero a través de la memoria de las mujeres que los han vivido y transmitido podemos llegar a entender que nuestras luchas han dado frutos y que no podemos permitir que nos los arrebaten. Que nos toca a nosotras tomar el relevo para que todo lo que pasaron nuestras abuelas no haya sido en vano.
Empieza a nevar, estamos subiendo al Valle de Laciana. Aquí viven las mujeres que vencieron al expolio, al desastre económico y ecológico del Valle: la minería a cielo abierto.
Es un lugar mágico, lleno de arboleda, caballos, vacas, lobos y donde habita el oso también. Pero ninguno invade el terreno del otro, solamente un animal de nombre magnate del carbón, más conocido como Don Vito, vino, vio y se llevó el mineral que ni las cuencas ni el valle vio oficio ni beneficio. Los cielos abiertos no es minera, es una desgracia, que las mujeres del valle después de 20 años de lucha supieron parar antes de que la codicia y la avaricia lo arrasara todo.
Ahí seguía el valle, bellísimo, inmenso, gracias a sus mujeres y a una de ellas en especial, mujer joven y valiente que nos dio cuenta de ello al calor de la chimenea y una infusión de hierbas recogidas en el valle por ella misma. Su padre, hombre sabio, nos puso al día de la situación que no por difícil se pierde la ilusión de seguir adelante.
En el camino de vuelta paramos en Fabero, corazón de la cuenca minera del Bierzo donde visitamos el pozo Julia, ahora convertido en museo. El guía, un hombre con un don de palabra increíble, de profesión minero, porque es lo que tienen las cuencas y nunca se deja atrás la identidad que nos da la tierra, nos explicó con todo lujo de detalles cómo se extraía el mineral.
Nos adentró en la bocamina. Sentimos el frío y la humedad y en la oscuridad los focos nos iluminaban para visualizar los diferentes trabajos que allí se realizaban en los tajos, picadores, barreneros, apuntaladores, costeros, lavanderas, carboneras, vagoneras, etc., venidos de diferentes puntos del Estado Español, de Portugal, de Polonia, de Ucrania y de Cabo Verde.
Nos contaba el guía que en la mina no había racismo pues todos eran negros, tiznados por el carbón todos salían del mismo color y que en el tajo el compañerismo era lo primero. El alto riesgo, los miles de accidentes y el contacto diario con la muerte, hacia que viviesen al día. Las mujeres no tenían acceso al interior que son los trabajos mejor remunerados y más peligrosos también. Bien lo sabe una buena amiga nacida en estas cuencas, mujer sindicalista y única mujer en el sindicato. No fue hasta avanzados los años 80 que gracias a las luchas de las mujeres mineras, ganaron la batalla. Ahora con tan solo un par de pozos abiertos en las cuencas bercianas, la minería, primer motor de la economía de la comarca, se ha convertido en un oficio en vías de extinción y lo que es peor sin alternativas a la vista.
Una vez finalizada la visita, nos dirigimos al salón de actos de la casa de la villa donde se proyectó el documental y seguidamente pasamos a comentarlo. Entre las voces que allí se oyeron, una joven realizadora de documentales lanzó una interesante pregunta, que dio pie a que el público se quitara ese halo de timidez a hablar en público que caracteriza a las duras cuencas.
Uno de los asistentes preguntó porqué los jóvenes de hoy no luchaban como ellos habían luchado. No llegamos a una conclusión a pesar de que el futuro era más incierto que nunca. De lo que si nos percatamos es de que el aparato opresor seguía vigente, con el agravante de inculcarnos un individualismo sin ideología, que pretendía despojarnos de esa lucha conjunta, la única que nos puede llevar a mejor puerto.
Una vez acabo el acto, muchas y muchos se sumaron a un encuentro de impresiones, entre ellos un minero que estaba realizando una audiovisual sobre los maquis en la zona, un artista, y otras gentes que se habían desplazado de pueblos de alrededor. Fue emocionante. Como las palabras de nuestra compañera:
“Desde aquí todo el reconocimiento y agradamiento a todas esas mujeres y hombres también, que con su lucha nos marcaron el camino. Camino que nos toca seguir y seguiremos”.
Te puede interesar: “Celia. Las hijas del carbón”, un documental sobre las mujeres mineras