Del perdón por la casa blanca a la visita a la otra Casa Blanca. El conflicto magisterial, presente y persistente. Una semana compleja para Enrique Peña Nieto, que explicamos en La Izquierda Diario.

Pablo Oprinari Ciudad de México / @POprinari
Sábado 23 de julio de 2016
"Si queremos recuperar la confianza ciudadana, todos tenemos que ser autocríticos (...) empezando por el presidente de la República, por eso, con toda humildad, les pido perdón".
Aunque para muchos sonó torpe y desesperado, las disculpas del presidente mexicano, pronunciadas en el mismo acto de presentación del Sistema Nacional Anticorrupción, tienen un claro motivo y objetivo político. Está por verse si logra el resultado esperado.
En la búsqueda de la popularidad perdida
El motivo es la pérdida de legitimidad del Ejecutivo, expresado en la caída en la popularidad de su figura y de su partido. El descenso que inició después de los sucesos de Iguala en el 2014, se volvió una curva pronunciada en los comicios del 2016, con la transformación fatídica del tricolor en la segunda fuerza nacional.
Si en las anteriores elecciones del 2015 la pérdida de popularidad del Partido Revolucionario Institucional (PRI) no se enfrentó con adversarios lo suficientemente fuertes para ocupar el primer lugar, eso está cambiando. Enrique Peña Nieto (EPN) y la directiva priista están flanqueados por dos amenazas para el 2018.
El ascenso sostenido de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), que apuesta a captar el descontento con el gobierno. Y la alianza Partido Acción Nacional (PAN)-Partido de la Revolución Democrática (PRD) que ya mostró su éxito en varias gobernaturas.
Los números indican que el tricolor, hoy, perdería las elecciones nacionales. Según la encuesta de Parametría, el PAN se colocaría primero sin mayores sobresaltos, aún si fuera solo, sin su nuevo aliado. El Movimiento Regeneración Nacional (Morena) se muestra como tercera fuerza consolidada, pero con la posibilidad -si AMLO atrae a las huestes perredistas- de competir con el panismo.
En síntesis, el 2018, en la posible configuración electoral, se parece más al 2006 que al 2012. Si a esto le añadimos que el tricolor no tiene buenos candidatos, el panorama se pone más negro. Es cierto que aún falta tiempo, que el ascenso panista puede ser una “burbuja” y que al PRI siempre se le puede aplicar el antiguo refrán “el diablo más sabe por viejo que por diablo”. Pero el peligro se asoma en el horizonte.
Rastreando votos para el 2018
El objetivo de EPN es revertir lo que las encuestas y el clima político vaticinan. Si muchos analistas explican la pasada derrota electoral por el descontento con los casos de corrupción locales, el discurso de Peña Nieto es una respuesta a ello.
El tricolor sabe que eso fue capitalizado por la alianza PAN-PRD en junio; en tanto que los de López Obrador cosecharon la más clara oposición antigubernamental de cientos de miles que se movilizaron en los últimos años.
Los asesores de EPN conocen que parte de los votos que fueron para esa alianza no cuestionan lo esencial de la política económica y social del priismo, el “modelo” cuya base es la integración a la economía estadounidense. Son una expresión de inconformidad con los “excesos” del poder priista y con el servirse con la cuchara grande del erario público que caracteriza a éste.
Francisco Abundis, director de la encuestadora mencionada dijo: “El desgaste del PRI no se debe al presidente, sino al derrumbe del priísmo local. Los casos de corrupción de Veracruz, Quintana Roo y Chihuahua han hecho mucho daño”. La acción del presidente parece basarse en eso, y trabajar sobre la hipótesis de que la desilusión con las corruptelas de las administraciones locales no necesariamente se trasladará a los comicios presidenciales.
Ante este escenario, el PRI hizo lo que sabe hacer. Montó un tinglado mediático-institucional con el Sistema Nacional Anticorrupción, en medio de llamados a la transparencia, buscando presentar éxitos y avances como parte de una estrategia gubernamental. Y en ese contexto, como si fuera un caso aislado, pidió perdón por los excesos del ejecutivo nacional.
Peña Nieto hizo un ejercicio de arrepentimiento casi religioso, cuyo objetivo es político: recuperar algo de la legitimidad perdida por la presidencia y presentar a su administración como los “campeones” de la lucha contra la corrupción. Todo en el camino de preparar la disputa con el panismo y arrebatarle algo del voto anticorrupción cosechado en el 2016.
El viaje de Peña Nieto a la otra Casa Blanca no deja, en este contexto, de ser llamativo. Los demócratas necesitan el apoyo del gobierno de México para afianzar el voto de los connacionales y sacarle ventaja al candidato republicano Donald Trump. A la par, el presidente mexicano seguramente aspira lograr, mediante el cauteloso lobby que sus funcionarios realizan contra Trump y a favor de Clinton, el apoyo y la confianza que necesita por parte de los demócratas en el gobierno.
Diagnóstico reservado
La jugada “anticorrupción” de Peña Nieto, los movimientos para mejorar su imagen y su debilidad, no necesariamente obtendrán el resultado buscado.
La cercanía e identidad entre el poder presidencial, las estructuras del partido y los poderes estatales caracterizó el mandato de Peña. En momentos cruciales -la crisis en Veracruz o la detención de Humberto Moreira- el presidente no “le soltó la mano” a quienes estaban en el ojo de la tormenta. Y eso tiene consecuencias hoy.
No es creíble pensar que el descontento expresado el 5 de junio sólo esté orientado a los poderes locales. Eso puede ser un espejismo, o palabras tranquilizadoras de los politólogos y encuestadores, basadas en que EPN no fue explícitamente plebiscitado en las urnas. Pero lo que sí es un hecho es la pérdida de popularidad presidencial. También lo es que durante los últimos cuatro años los distintos movimientos se orientaron contra Los Pinos. La resonancia social de estos -más aun cuando el viento sopla desfavorable para la imagen de los poderes en turno- no debe nunca ser despreciada.
Si el presidente quiere fortalecer su imagen y remontar el desgaste, no le alcanzará con pedidos de perdón, que la prensa comparó con las lágrimas de José López Portillo. Deberá contar con otros puntos de apoyo que hoy no están presentes.
La economía nacional, cruzada por los torbellinos internacionales, los vaivenes del precio del petróleo y el fortalecimiento del dólar, no lo ayuda. Aún más, puede ser su talón de Aquiles.
El conflicto magisterial se mantiene, a pesar de las maniobras de llamar a “negociaciones” en las que los maestros tienen que ceder en todo y Nuño y Osorio Chong, en nada. La rebelión iniciada en los estados sureños se extendió a la zona metropolitana; y con la reanudación de las clases puede ampliarse la protesta de los maestros y extenderse a otros sectores. Un escenario de pesadilla del cual Peña Nieto sólo quiere despertar.
Al habitante de Los Pinos sólo le falta que escale la violencia y la narcoguerra. Hay síntomas de ello en estados como Michoacán.
En los meses previos, Peña apeló a la represión como la vía para recuperar su fortaleza. Ahora, el montaje anti corrupción difícilmente le alcance al PRI para revertir el tiempo y las posiciones perdidas. Parecen medidas desesperadas que no logran cambiar el escenario político. Un panorama sombrío para Peña Nieto y el tricolor, cuando faltan dos años de mandato y la protesta social cobra mayor protagonismo.

Pablo Oprinari
Sociólogo y latinoamericanista (UNAM), coordinador de México en Llamas. Interpretaciones marxistas de la revolución y coautor de Juventud en las calles. Coordinador de Ideas de Izquierda México, columnista en La Izquierda Diario Mx e integrante del Movimiento de las y los Trabajadores Socialistas.