La Ministra Pilar Alegría ha querido mandar un mensaje de “tranquilidad” y “normalidad” respecto a la vuelta a las aulas después de las vacaciones. Sin embargo, la situación que docentes, no docentes y alumnado, vive en los centros de estudios desde hace casi dos años, es de todo menos normal. Es hora de hacer como en Francia, donde los trabajadores y trabajadoras de la educación se han plantado ante esta situación.

Verónica Landa Barcelona | @lierolaliero
Jueves 13 de enero de 2022
La situación de colapso de la educación pública no es nueva; como tampoco lo es la exigencia de la comunidad educativa de que se bajen las rátios. Si ya de por sí, dar clase a un grupo de entre 28-30 alumnos y alumnas, donde hay diferentes niveles de aprendizaje y diferentes necesidades, es toda una odisea, lo es más en época de coronavirus.
El curso pasado, una de las medidas estrellas era la de los grupos burbuja: grupos que son imposibles de mantener, porque no hay espacio ni personal suficiente para garantizarlo, y porque además, los niños y los adolescentes tienen una vida más allá de las aulas, donde interactúan con otra gente que no es de su grupo burbuja.
¿Qué pretendía las administraciones, que estén durante todo lo que dure la pandemia teniendo interactuando solo con 5 personas de su grupo burbuja, y que de clase se fueran a casa?. Luego, señalaban a docentes y alumnado si los contagios crecían, por no seguir las recomendaciones.
Pero de aumentar el presupuesto de la educación para bajar ratios, contratar más personal, tener el material suficiente de protección, y reforzar la sanidad con más personal y medios, de eso ni hablar.
A estas alturas -vamos por la sexta ola- sus campañas de criminalización no deberían engañar ya a nadie: la responsabilidad es de los gobiernos burgueses que ponen por delante la protección de los beneficios de un puñado de multimillonarios antes que nuestra salud y nuestras vidas; los mismos que se niegan a liberar las patentes de las vacunas y acumulan suministros de vacunas.
Así que, otro curso más, el personal docente y no docente se tiene que enfrentar a una sobrecarga impresionante de trabajo, gestionando las aulas como puede, y haciéndose cargo de horas de otros docentes que estén de baja.
Por eso, las medidas que realmente podrían aliviar esa presión en el personal docente pasan por la contratación de todo el personal necesario para cubrir puestos, desde el primer día de la baja.
Las ratios se tienen que bajar, no solo para intentar frenar los rebrotes en los centros, sino porque las ratios actuales impiden por completo una educación de calidad, que tenga en cuenta las necesidades del grupo y los diferentes ritmos de trabajo. El problema de las ratios se ha visto agravado con la pandemia porque es imposible mantener la distancia en un aula con 30 alumnos; pero viene de mucho antes, por lo que la contratación de más personal para conseguir esta bajada de ratios debe ser permanente. Además, se debe tener en cuenta la situación del personal docente, no docente y del alumnado considerado de riesgo, así como garantizar todos los espacios necesarios que cumplan condiciones óptimas para dar clase y que tengan una buena ventilación.
Al mismo tiempo que escribo este artículo me llegan las noticias de la huelga de docentes en Francia, justamente contra la falta de condiciones de seguridad para una vuelta a las aulas. Un gran paro de actividades, que diversas asambleas están votando continuar.
Aquí tenemos que seguir el ejemplo de nuestros compañeros y compañeras franceses. Esta es la primera medida que deberían tomar los sindicatos de educación. Varios de ellos han criticado la falta de medidas de seguridad, pero hay que pasar de las palabras a los hechos, convocando asambleas en los centros y llamando a un plan de movilización, tanto por un retorno a las aulas seguras como por otras medidas compensatorias para las familias urgentes, como los permisos retribuidos para el cuidado de menores confinados.