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Red Internacional
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FRANQUISMO. Querella por los crímenes franquistas contra las mujeres

La organización Women’s Link pide a la Justicia Argentina que se investiguen los delitos específicos que sufrieron las mujeres durante la guerra civil y la dictadura franquista.

Nadia Celaya Zaragoza

Lunes 21 de marzo de 2016

Seis historias se relatan en la querella. Seis mujeres que sufrieron la represión de las fuerzas franquistas de una forma diferente a lo que padecieron los hombres. Hoy en día, cuatro de ellas aún siguen desaparecidas por lo que los testimonios se han obtenido a través de los familiares, el peritaje del historiador Bartomeu Garí y de la única superviviente, la abogada feminista Lidia Falcón.

Daría y Mercedes Buxadé Adroher se trasladaron a Mallorca en Agosto de 1936 junto a tres enfermeras más en una expedición republicana. Al mes fueron detenidas por los falangistas, torturadas, paseadas por las calles de Manacor con la cabeza rapada y purgadas con aceite de ricino, violadas repetidamente y finalmente ejecutadas.

Se cree que sus cuerpos están en la fosa común de un cementerio, igual que los restos de Pilar Sánchez Lladrés, militante socialista que salió del lugar donde estaba escondida al no tener noticias de su marido y sus hijos. Fue denunciada y trasladada en coche por cuatro miembros de la falange que la golpearon y violaron en varias ocasiones hasta que le dispararon a las puertas de un cementerio.

Margalida Jaume Vandrell, embarazada de siete meses fue a prestar declaración a la comisaria de Manacor porque iban a liberar a su marido, pero a ella la retuvieron. Padeció torturas y humillaciones hasta que fue asesinada. Un vecino del pueblo contó más tarde que vio a un falangista violarla y escuchó decir “nunca me había gozado a una embarazada”.

En el caso de Matilde Landa, militante del Partido Comunista, pasó por varias cárceles hasta que la trasladaron a la prisión de mujeres Can Sales en Palma de Mallorca, que estaba bajo las órdenes de la Congregación religiosa de la Hermanitas de los Pobres. Como era una figura relevante, las autoridades de la prisión la chantajeaban para que se bautizara y así mejorarían las condiciones de las demás reclusas. Bautizar a una comunista le serviría al régimen de propaganda y consumiría la moral del resto de prisioneras. Se suicidó ese mismo día y fue bautizada mientras agonizaba en el suelo.

En 1974, Lidia Falcón fue detenida por la Brigada Político Social y trasladada al Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol. Allí pasó nueve días sometida a los interrogatorios de los torturadores Antonio González Pacheco conocido como Billy el Niño y Roberto Conesa. Recibió numerosas palizas, sobre todo golpes en el estomago mientras le gritaban “ya no parirás más, puta”.

Estas son algunas historias de las miles de mujeres represaliadas por el régimen, silenciadas por cuarenta años de dictadura e invisibilizadas por otras tantas décadas de impunidad bajo la Ley de Amnistía.

Con esta querella se quiere ampliar la llamada Querella Argentina, la única causa judicial que lleva investigando desde 2010 los crímenes franquistas. Y por primera vez se interpone una demanda por los crímenes de género,"una ocasión única para reconocer el papel que jugaron las mujeres en la historia de España. El tribunal tiene la oportunidad de ser un referente en la búsqueda de la justicia desde una perspectiva de género para que se investigue y se juzgue la historia completa y se incluyan los crímenes que se cometieron contra las mujeres", explica Carmen de Miguel, directora legal internacional de Women’s Link.

Fue en los primeros años de la Guerra Civil y en la posguerra cuando la represión fue más cruel y masiva pero extendió a lo largo de los años con diferentes métodos.
Las mujeres durante la Segunda República habían conquistado cierta libertad y autonomía, se hicieron más visibles en la sociedad al empezar a salir del ámbito privado del hogar. Este perfil de mujer amenazaba la imagen que el franquismo otorgó a la feminidad: la madre y esposa sumisa y familiar que solo hace sus labores en casa. Si además eran “rojas” o tenían alguna vinculación con un opositor al régimen, mayor el peligro y mayor el castigo.

Un hecho muy generalizado para humillar y vejar a las mujeres era raparles el pelo, así las despojaban de su feminidad y libertinaje además de marcarlas y estigmatizarlas. Luego les hacían beber aceite de ricino para depurar su “tóxico interior” y posteriormente las paseaban por las calles del pueblo mientras defecaban sin poder controlarse por el efecto del purgante. Un espectáculo degradante que iba acompañado de insultos, empujones y escupitajos. Con este ritual convertían el cuerpo de la mujer en campo de combate para humillar y vencer al enemigo.

La violencia sexual es uno de los crímenes más recurrentes. Las violaciones las ejercían los falangistas, guardias civiles, requetés y los funcionarios que entraban a “visitar” a las presas. Estas además sufrían torturas al igual que sus compañeros varones pero tenían un componente de género como las descargas eléctricas en las zonas genitales o los golpes en el vientre para impedir la reproducción.

Otro crimen que se prolongó hasta bien entrados los años ochenta y que aparece en la querella es el robo de bebés. Tanto en hospitales como cárceles, los hijos de las mujeres “rojas” eran apartados de ellas para que no les contaminaran y se los entregaban a militares franquistas. Una iniciativa del psiquiatra del bando nacional Antonio Vallejo-Nájera, uno de los culpables de que haya 30.960 niños y niñas robados.

Como se ve, la represión que sufren las mujeres en las dictaduras y los conflictos armados toman un calibre particular. Se utiliza la violencia sexual y el cuerpo de la mujer como un arma de guerra más.