A 14 años de la muerte del escritor Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, Argentina, 28 de junio de 1937 - París, Francia, 11 de junio de 2005) y a 123 del nacimiento del poeta Juan L. Ortiz (Puerto Ruiz, 11 de junio de 1896 - Paraná, 2 de septiembre de 1978) dos poemas para recordarlos.
Martes 11 de junio de 2019
Lucha de clases – Juan José Saer, El arte de narrar
La voz vendría a quedar, de esa manera, en suspenso. Y un
trueno,
en su lugar, se dejaría oír, en la casa de la historia,
poniendo, como quien dice, un temblor,
hasta en los rincones más escondidos o más frágiles. Que la
voz,
más bien, ininterrumpida, acompañe la explosión, la haga
más que ruido,
dotándola de una dimensión de modestia, de error o
soledad,
de modo tal que la finitud complete las estrellas codiciadas.
Y porque, también, pasado el estruendo, en el silencio que,
por obra de alguna revisión pudiese, gélido, imperar,
esa voz finita y sin fin siga sola cintilando hacia el cielo,
de modo tal que ayude, en la noche eventual,
a romper, o a desplegarse más bien,
firme, y hasta una nueva noche, el amanecer.
Para que los hombres – Juan L. Ortiz, La rama hacia el este
Para que los hombres no tengan vergüenza
de la belleza de las flores,
para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles
o profundas de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo
por penetrar el mundo,
con el semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños,
o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento,
para que podamos mirar y tocar sin pudor
las flores, sí, todas las flores
y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,
para que las cosas no sean mercancías,
y se abra como una flor toda la nobleza del hombre:
iremos todos hasta nuestro extremo límite,
nos perderemos en la hora del don con la sonrisa
anónima y segura de una simiente en la noche de la tierra.