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Deporte. Renuncia de Messi: la peor derrota

Después de la derrota contra Chile en una nueva edición de la Copa América, el mundo entero debate sobre la renuncia de Messi.

Juan Manuel Astiazarán

Juan Manuel Astiazarán @juanmastiazaran

Martes 28 de junio de 2016 16:13

El fútbol se convirtió en un deporte muy raro. En Argentina, país futbolero por excelencia, con un breve repaso histórico alcanza para darse cuenta del cambio que viene sufriendo. Cuna del potrero, de la gambeta pícara y el caño irreverente, la escuela del fútbol argentino marcó, como la huella al camino, al mundo del balonpié. Tacos, palomitas, goles que son amores, para todos los gustos y de todos los colores. Por estas tierras transitaron los más grandes jugadores que haya visto la historia de este deporte que hoy se encuentra con una crisis de identidad.

Recuerdo que cuando era un niño mi abuelo materno hablaba sobre el Charro Moreno los domingos en la sobremesa, cuando alguna discusión de fútbol disparaba una polémica. Años después me topé con Eduardo Galeano y su maravillosa descripción sobre “El Charro” en Fútbol a sol y sombras -obra que todo futbolero de ley debe leer, al menos, una vez en su vida. “Milonguero, amiguero, hombre de la noche de Buenos Aires, Moreno amanecía enredado en las melenas o acodado en los mostradores. ‘El tango –decía- es el mejor entrenamiento: llevás el ritmo, lo cambiás en una corrida, manejás los perfiles, hacés trabajo de cintura y de piernas’. Los domingos al mediodía, antes de cada partido, devoraba una fuente de puchero de gallina y vaciaba más de una botella de vino tinto. Los dirigentes de River le ordenaron acabar con aquella mala vida, indigna de un deportista profesional. El hizo lo posible. No trasnochó durante toda una semana ni bebió nada más que leche, y entonces jugó el peor partido de su vida. Cuando volvió a las andadas, el club lo suspendió. Sus compañeros hicieron una huelga, en solidaridad con el bohemio incorregible, y River tuvo que jugar nueve jornadas con suplentes”.

La historia de Moreno es pintoresca porque es un canto a la desobediencia, un grito de resistencia a la “profesionalización” del deporte más lindo del mundo, al pasaje “del placer al deber” en palabras del escritor uruguayo. Porque en este fútbol de hoy en día sólo hay lugar para la obligación de ganar y todo lo demás es descartable. Sólo los niños en estas pampas se permiten disfrutar del fútbol como un juego, y todavía crecen jugando a la pelota con medias o bollitos de papel. Ya de grandes, la gran mayoría queda condenada a asistir a las tribunas como simples espectadores, como el único lugar que les tiene reservado una industria fatal que todo lo devora. A cambio, esa multitud privada del verde césped exige la perfección de los “privilegiados” que tienen la suerte de pisar la cancha, y los condena al más absoluto destierro en caso de que fallen y no logren el único objetivo: la victoria.

La inocencia del juego, la picardía, la gracia, la audacia y la osadía le ceden paso al conservadurismo y la especulación. Está prohibido perder, lo demás vale todo. Apenas si existe la idea de jugar por el placer de jugar. Los esquemas tácticos se imponen, como un corset, en un juego donde lo que debería primar es la dinámica, la astucia, la gracia. La maquinaria capitalista volvió al fútbol uno de los negocios más grandes del mundo y sólo tiene reservado el cielo y la gloria para unos pocos, mientras ofrece la amenaza del infierno y el fracaso para la gran mayoría. Porque es importante aclarar que el éxito, como alguna vez dijera Marcelo Bielsa, es simplemente una excepción.

El exitismo, uno de las más grandes exaltaciones del capitalismo, corre como reguero de pólvora en todos los ámbitos de la actividad humana y todo lo convierte en negocio. Sin embargo, como decía el pintoresco personaje del Negro Fontanarrosa en el cuento “Viejo con árbol”, el fútbol en verdad está muy emparentado con el arte. Sólo basta prestar atención y observar para descubrir en él la gracia de la danza, los sonidos de la música, la picardía del teatro. El problema se genera cuando, por encima de todo, se pondera la exaltación del triunfo y sólo sirve ganar porque “del segundo no se acuerda nadie”.

A pesar de eso y como quien no quiere la cosa, de vez en cuando aparece alguien que desafía las reglas del juego, patea el tablero y rompe todos los esquemas. Nos hace volver a creer que todavía el fútbol puede ser otra cosa. Como decía Galeano, “algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, al juez y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad”. Perder esa ilusión sería mucho más que perder una final de campeonato. #NoTeVayasLio