El nombramiento de José Ramón Rivero nuevamente como ministro del Trabajo genera discusión sobre su gestión pasada, de marca antiobrera. ¿Pero acaso no tenía que ver con la política del gobierno al cual pertenecía, es decir, de Chávez? Para dilucidar eso, aquí contamos brevemente cómo fue lo de Sidor.

Ángel Arias Sociólogo y trabajador del MinTrabajo @angelariaslts
Jueves 6 de mayo de 2021
Trabajadores de Sidor se manifiestan en el 2008 en una planta de la compañía. (Reuters)
La lucha de los sidoristas que decantó en la renacionalización de la acería en abril de 2008 fue, digámoslo de una vez, la única lucha obrera dura que hizo torcer el brazo a Chávez. Rivero era solo la cara visible y el operador de la política del gobierno, por eso pagó con el repudio obrero y la destitución. Pero salió cumpliendo el papel de fusible quemado que debe descartarse.
En las instalaciones eléctricas, un fusible cumple la función de ser ese componente que, si la carga eléctrica viene excesiva, es él quien la recibe y se funde, evitando que la carga dañe la instalación. Tal cual fue el caso del ministro en ese entonces, pues, ¿alguien puede pensar que en 15 meses de dura lucha en semejante empresa el ministro se mandaba solo? Después de PDVSA, quizás sea la Siderúrgica del Orinoco la más importante empresa pública dedicada a la producción.
En un régimen político presidencialista, los ministros, designados por el Presidente, obedecen por supuesto a sus líneas políticas. Si es así en general, lo es mucho más en gobiernos articulados alrededor de un liderazgo unipersonal, con un jefe prácticamente incuestionable, como era obviamente el caso de Chávez. Por eso, ¿acaso sería posible que en medio de un conflicto abierto y público en esta empresa estratégica, este ministro llevara durante más de un año una política contraria a la de Chávez? Entonces, ¿era el operador de su política o de la política del gobierno de Chávez? La realidad hay que verla de frente. Vayamos a los hechos.
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Tras su privatización en la ofensiva neoliberal de finales de los 90’s, en el segundo gobierno de Caldera, los dueños mayoritarios de Sidor, con prácticamente el 60% de las acciones (59,7%), eran los del Consorcio Amazonia y Techint (fundamentalmente de capitales italianos y argentinos). El resto de las acciones estaba distribuido en un 20,3% el Estado y 20,1% entre trabajadores y jubilados. Así, Ternium Sidor estaba bajo control del principal grupo transnacionalizado de la burguesía argentina, de la familia Rocca, dueña en Argentina, entre otras, de la también acería Siderar. Chávez, a su vez, mantenía alianza con el gobierno argentino de los Kirchner.
Si no se tiene en cuenta esto no se entiende nada. Por supuesto, el gobierno argentino defendía los intereses de su clase capitalista, en este caso, de quien por entonces era la principal fortuna burguesa de ese país. Chávez no quería tocar esos intereses, para no trastocar su alianza geopolítica con el gobierno argentino. Cosas de esa idea de la “unidad latinoamericana” que hace pasar por “unidad de los pueblos” lo que no es más que unidad con gobiernos burgueses “progres” o con alguna pizca de autonomía con relación al imperialismo estadounidense.
Lo que de allí decanta no es una geopolítica de los pueblos y sus necesidades, sino una geopolítica en la que los intereses de las clases explotadas y sectores oprimidos mueren en el altar de los intereses materiales concretos que defienden esos gobiernos. Por eso el gobierno enfrentó la lucha de los trabajadores de las más variadas maneras: desde maniobras institucionales hasta la simple y llana represión. ¿Alguien cree que bajo Chávez, semejantes operativos represivos los decidía un ministro del Trabajo?
Los trabajadores no recibían aumento desde 2006, exigían un salario y un contrato colectivo que la transnacional se negaba rotundamente a ceder. También querían el pase a planta de los tercerizados. Tras la privatización en el ‘97, de 15 mil obreros fijos se pasó a 5 mil, y aproximadamente 9 mil desmejorados ahora en la figura de las contratistas: realizaban el mismo trabajo que antes pero sin la estabilidad ni los derechos del contrato colectivo. Los duros retrocesos para la clase obrera que traía la famosa “flexibilización laboral” que exigían los neoliberales en los 90’s.
Entre los trabajadores y los capitalistas foráneos, Chávez no se pronunciaba. Tan presente en todo y tan dado a plantear su posición sobre lo humano y lo divino (cosa no cuestionable en sí misma), de eso no hablaba. Y agreguemos lo siguiente: no es que el gobierno nacional no supiera lo que pasaba puertas adentro de la empresa, como propietario del 20% de las acciones, siempre estuvo representado en la mesa directiva y bien al tanto de todo cuanto ocurría dentro. Las desmejoras que denunciaban los trabajadores en el salario, en las condiciones de salud y seguridad laboral, a los tercerizados, etc., siempre las supo el gobierno.
Sin embargo, durante casi una década el gobierno de Chávez había convivido tranquilamente, compartiendo rol de patrón asociado, con la transnacional. Y ni aún en el más de un año de lucha que había corrido hasta inicios de 2008, Chávez se había pronunciado a favor de los trabajadores. Sin embargo, la política de su gobierno seguía operando buscando debilitar las posiciones obreras: es ahí donde entra el rol “estelar” de José Ramón Rivero.
Para poder llevar a cabo, con autorización legal, acciones de lucha como los paros, la ley burguesa les impone a los trabajadores las más variadas condiciones. En este caso, solo si había pasado un año entero sin lograr acuerdo con la parte patronal en la discusión del nuevo contrato colectivo, podrían hacer paros, un plazo arbitrario y totalmente favorable a los patronos. Sin embargo, el eterno plazo se había cumplido e iniciaron los paros escalonados. El Ministerio del Trabajo intentó imponer una conciliación obligatoria… pero los paros no cesaron.
Intentó desactivar las medidas de fuerza con una maniobra pretendidamente más democrática que las asambleas en las que se decidían los paros. El gobierno impuso que se hiciera un referéndum en la empresa, un dispositivo que tiene la trampa en estos casos, de que puede hacer pesar a los sectores pasivos, que están tomando parte en la lucha, contra quienes están activos tomando parte de las acciones y medidas de lucha. En fin, no es una asamblea o un piquete donde votan los que están movilizados allí, sino que votan también los que no están en la lucha. Sin embargo, aquí la voluntad de lucha era bastante extendida y el tiro le salió por la culata: con más del 80% de participación, el referéndum apoyó abrumadoramente las medidas de lucha.
Otra maniobra del gobierno de Chávez, con el ministro del Trabajo como articulador –cosa normal, dado que es tema de su competencia–, fue intentar quitarle potestad y peso a los trabajadores en sus asambleas y movilizaciones, para darle la facultad de decidir a una mesa negociación en la que el gobierno mediaría como supuesto factor “neutro” entre la transnacional y los trabajadores. Habría representantes equitativos de cada factor, y lo que decidiese esa mesa, sería la última palabra. Además de darle un poder enorme a los directivos sindicales por encima de la bases en lucha, a su vez estos estarían en evidente minoría ante la alianza que, con toda seguridad, establecerían los representantes de la transnacional y el gobierno (que además también era patrón en Sidor, no se olvide).
Tampoco aceptaron esta treta los trabajadores. Llegó el turno de la simple y llana represión. El 14 marzo una brutal arremetida de la GNB dejó un saldo de decenas de obreros heridos, más de 50 detenidos (algunos quedaron luego con régimen de presentación ante los tribunales tras ser liberados), y un montón de vehículos de los trabajadores destrozados con ensañamiento por los guardias. Pero este recurso no funcionó tampoco. ¿Cómo respondieron los obreros?
El 27 de marzo colmaron las calles de la ciudad con una gran manifestación junto a sus familiares. Unas 5 mil personas calentando más aún el clima guayanés y diciendo que no los iban a parar con represión. El 29 hubo un encuentro obrero donde se dieron cita unos cien dirigentes sindicales de la zona y de otras partes del país, allí acordaron realizar medidas de fuerzas comunes en solidaridad, si era necesario, si volvían a ser reprimidos.
Hubo 9 paros en ese enorme complejo industrial que es Sidor. Muchas veces impuestos por las bases obreras: al enterarse por celular o de boca en boca de las negativas de la patronal a las peticiones del sindicato en las negociaciones, no esperaban la decisión del sindicato o la asamblea del día siguiente, sino que en asambleas por departamento decidían paralizar actividades. Huelga de hecho.
La burocracia del sindicato, que era afín al gobierno, se encontraba en posición muy incómoda, pues las bases la rebasaban y la ponían a menudo ante el hecho consumado de los paros. Llegó a ocurrir que los dirigentes sindicales salían de la mesa de negociación y cuando iban a informar a los trabajadores los resultados, se encontraban ya con sectores paralizados, porque los trabajadores se habían enterado de la negativa de la empresa y habían decidido parar.
A todas estas... el Presidente de la República no se pronunciaba. ¿Raro, no? ¿Y si hubiesen funcionado las maniobras y la represión, derrotando la lucha? Posiblemente no hubiésemos tenido renacionalización. Una actitud del Presidente que por supuesto nada tiene que ver con estar del lado de los trabajadores, más bien vil, a la espera de que las maniobras –pacíficas y violentas– que llevaba adelante su propio gobierno, desarticularan la lucha.
Pero pudo más la lucha y Chávez tuvo que tomar la decisión de renacionalizar, porque la intransigencia de la transnacional y la determinación de los trabajadores se lo impusieron. Además, en pleno boom de renta petrolera, había plata para comprarle las acciones a los capitales transnacionales, que fue en realidad la modalidad principal de las “expropiaciones”, lo que en su momento llamamos la “compra de ‘soberanía nacional’”, con nacionalizaciones a la medida del capital transnacional.
La patronal transnacional estaba rotundamente negada a ceder a las exigencias de los trabajadores, a pesar de todo lo que había escalado el conflicto, mantenía su intransigencia. Los trabajadores, a su vez, demostraban firme determinación de no ceder, ni ante la represión, ante la cual ya habían respondido saliendo por miles a las calles junto con sus familias, en la región del país con mayor densidad obrera (cantidad de trabajadores por habitantes). Iban ganando amplia simpatía y solidaridad entre los trabajadores de esta zona industrial clave, cuyos dirigentes sindicales estaban pensando realizar paros en apoyo a Sidor, si fuere necesario.
Fue entonces cuando, la segunda semana de abril, el gobierno tomó la decisión de volver a la siderúrgica a la órbita de la propiedad pública nacional. Ahí sí salió Chávez a escena, después del prolongado silencio de años, a decir "Ya basta, ya nos cansamos de esa transnacional explotadora", y acordó pagarle casi 2 mil millones de dólares por las acciones (1.970 millones, para ser exactos).
En esta ocasión, la política del gobierno no logró desarticular ni derrotar una lucha obrera emblemática, como sí lo había hecho el año anterior en Sanitarios Maracay, o como lo supo hacer vilmente en 2009/2010 en la Mitsubishi. El entonces ministro Rivero (hoy de nuevo en ese cargo), estuvo al frente de toda esa política antiobrera en Sidor, sí, incluso acusaba a los obreros hasta de “golpistas”, por las acciones de lucha que tomaban. Pero fue entonces el fusible quemado de la política del gobierno de Chávez.
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Ángel Arias
Sociólogo venezolano, nacido en 1983, ex dirigente estudiantil de la UCV, militante de la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) y columnista de La Izquierda Diario Venezuela.