Los países pobres son los más vulnerables a las enfermedades virales en el capitalismo, con más mortalidad que el coronavirus.

Roi López @RoiLopez16
Viernes 28 de febrero de 2020
Enfermedades como el sarampión, el sida o el dengue siguen hoy en día afectando gravemente a los habitantes de las zonas más empobrecidas del planeta, principalmente en el continente africano y el sureste asiático. Nuevos brotes surgen aleatoriamente y, pese a los intentos de las instituciones mundiales, a duras penas se consiguen contener sin una alta tasa de mortalidad.
Aunque para algunas de esas enfermedades sí exista vacuna, como el sarampión, o métodos con los que prevenir la infección e incluso paliar y eliminar sus efectos en el paciente, la realidad social de estos países, con infraestructuras sanitarias dañadas por la falta de presupuestos o el abandono directo, impide que se dote de una correcta asistencia médica y de condiciones de vida digna con las que evitar la propagación de nuevos brotes.
Entre los países con más dificultadas encontramos a la República Democrática del Congo, que actualmente está saliendo de una de las peores epidemias de sarampión de su historia con 310.000 diagnosticados y más de 6000 fallecidos en un año, de los cuales cerca de un 75% son niños, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Además, este país lidia con un brote de virus del ébola surgido durante el verano de 2018 con el que, según los datos más actuales, han fallecido 2238 personas de las 3416 diagnosticadas.
Por otra parte, el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) es uno de los mayores problemas para la salud pública mundial, dejando un total de 770000 fallecidos por causas relacionadas con el virus sólo en 2018. Pero, tal y como indica la OMS: “Más de dos tercios de todas las personas con el VIH viven en la Región de África de la OMS (25,7 millones).” Lo mismo ocurre con el virus de la Hepatitis B, ya que con millones de infectados las regiones más críticas son África y el Pacífico Occidental.
También el dengue, transmitido por mosquitos, tiene su gran presencia en el continente africano, y aunque no existe tratamiento específico la propia OMS reconoce que “la detección oportuna y el acceso a la asistencia médica adecuada disminuyen las tasas de mortalidad por debajo del 1%.” Pese a ello, en las últimas décadas ha aumentado enormemente la incidencia de dengue en el mundo.
#ClimateChange is increasing the risk of #dengue and other 🦟-borne diseases.
Warmer temperatures are expanding habitats for mosquitoes & putting millions more people at risk of these diseases.
🌎🌍🌏, dengue infections have increased 30-fold over the past 50 years. pic.twitter.com/MJvQTUJ7c5
— World Health Organization (WHO) (@WHO) August 5, 2019
Podemos de esta forma determinar que las regiones empobrecidas son más vulnerables al contagio y expansión de distintos virus, pero esta dinámica también se repite en enfermedades de origen no vírico como la malaria, la tuberculosis o el cólera. Por ello, es preciso poner el foco no solo en la accesibilidad a las vacunas, sino en el conjunto de factores que delimitan el estilo de vida de las personas, tales como el acceso a agua potable y comida, a vivienda digna y segura o a una sanidad básica efectiva.
Pero la realidad socioeconómica de los países empobrecidos por las políticas imperialistas del FMI o del Banco Mundial, que ahoga sus economías, va en dirección contraria a la de garantizar esos servicios básicos. Los países del continente africano llevan siglos sufriendo los efectos del expolio y la colonización por parte del imperialismo y siguen hoy en día sujetos a las decisiones mercantiles de la burguesía occidental. Asimismo, la continuidad de las guerras, las nuevas epidemias, las hambrunas y sequías y los efectos del cambio climático provocan un flujo migratorio creciente y forzado que en nada ayuda al control de las más peligrosas enfermedades.
No solo un problema geográfico
El hecho de que estas regiones tengan unas condiciones de vida muy desfavorables no quiere decir que no se puedan ver reproducidas en otros lugares del mundo, ya que estas condiciones insalubres se pueden dar también en países llamados habitualmente “en vías de desarrollo”, países dependientes y en países ricos.
La privatización de la sanidad, las ineficientes o escasas campañas de salud y las condiciones insalubres cotidianas en ciertos países provocan que las clases populares y pobres sufran una mayor exposición y un mayor riesgo a enfermedades infecciosas, pese a no vivir en las regiones más pobres del planeta.
Por ejemplo, hace unos días se conocía la primera muerte en 20 años por sarampión en Argentina junto a otra provocada por el dengue. Algo evitable con medidas de saneamiento ambiental dignas y una eficiente cobertura vacunatoria.
En la Ciudad de Buenos Aires hay muertes por sarampión y dengue.
La primera víctima de sarampión en más de 20 años en el país es una mujer y tenía 50 años. Un hombre de 73 años es el primer fallecido por dengue desde 2016.
Acá, si.— Myriam Bregman (@myriambregman) February 20, 2020
Incluso podemos observar esta dinámica con el actual brote de coronavirus, concretamente en su foco en China. Las profundas desigualdades del “modelo” sanitario chino hacen ver que a mayor nivel económico, mayor es la salud de la persona y menor el riesgo de muerte en caso de contagio por coronavirus.
La verdadera cura es acabar con el capitalismo
Como hemos visto, todas las enfermedades dependen de la realidad material de las personas y los colectivos que la padecen, condicionando su expansión, tratamiento y mortalidad. Por ello, tratar las epidemias como meras casualidades o “incidentes naturales” como la reciente COVID-19, generando alarmismo y sin apenas informar de sus características o de otros virus igual de preocupantes (o más), significa no querer abordar el problema desde su propia base dando la espalda a un verdadero cambio o solución del problema. Ya sea en los países más empobrecidos o en los más ricos, el problema es el capitalismo.
La gran mayoría de enfermedades infecciosas son prevenibles o curables, pero no se podrán dar las condiciones necesarias bajo los estrechos marcos del capitalismo, donde unos pocos lo tienen todo y unos muchos no tienen apenas nada.

Roi López
Vigo