No desaparecieron por las mismas razones ni sus victimarios fueron los mismos. Pero el encubrimiento estatal los emparenta.

Daniel Satur @saturnetroc
Lunes 18 de septiembre de 2017 00:00
Facultad de Bellas Artes de la UNLP
“Fuimos a muchas movilizaciones en esa época. Entre ellas, claro, por la aparición con vida de López”, dice uno de los tantos amigos que Santiago Maldonado cosechó en La Plata, durante los años de estudio en la Facultad de Bellas Artes. Ahora, como una ironía de la vida, este amigo organiza marchas y festivales por la aparición con vida de Santiago.
“Con él participamos también en muchos festivales por la liberación de luchadores presos. Me acuerdo de una marcha en La Plata, cuando llegamos a la Municipalidad había un Falcon verde dando vueltas, como simbólicamente diciendo ’todavía estamos acá’”, recuerda el joven artista plástico.
El amigo de Santiago ya no vive en La Plata. Como él, tras años compartidos en la capital bonaerense, decidió despegar con otros rumbos. Tampoco están en La Plata muchos de quienes compartieron con Santiago esos años intensos en la UNLP. Pero no son pocos los que lo recuerdan entusiasta y siempre activo para defender causas profundas.
Una compañera de su promoción habla con este diario desde el conurbano bonaerense. “Éramos todos del mismo grupo. Aunque nunca cursé con él lo veía todos los días, siempre nos cruzábamos en la plaza que está frente a la facultad. Para mí siempre fue el ’Lechuga’”, recuerda.
La joven agrega que Santiago entonces ya simpatizaba con las ideas anarquistas. “Siempre estaba en las asambleas, en los festivales que organizábamos desde el Centro de Estudiantes y marchaba cuando convocábamos, por ejemplo, por Julio López”. Ella es militante del PTS y en aquella época su agrupación Contraimagen (como parte de “Bellas Artes al Frente”) conducía el centro de estudiantes.
Durante los años que siguieron a la desaparición forzada de Jorge Julio López, La Plata fue escenario de masivas movilizaciones en las que se denunció la impunidad sobre sus secuestradores garantizada desde la cumbre del Estado provincial y nacional.
Mientras los funcionarios del Poder Ejecutivo y del Poder Judicial salían al cruce de esa acusación con argumentos del tipo “no descartamos ninguna hipótesis” o “no está demostrado que haya actuado la Bonaerense” o, peor aún, “quizás López está extraviado debajo de un puente”, sus verdugos aprovechaban para borrar todo rastro que pudiera comprometerlos, plantar infinidad de pistas falsas en torno al caso y, paralelamente, continuar amenazando a compañeros de lucha del testigo clave contra Etchecolatz.
Santiago coincidía con la definición lanzada entonces tanto por organismos de derechos humanos como por las organizaciones de izquierda y por la conducción del centro de estudiantes de su facultad: el Estado mantuvo intacto durante décadas el aparato represivo heredado de la dictadura y que tanto tenía que ver en la desaparición de López.
Y por eso marchaba. Porque ese mismo aparato represivo, además de desaparecer al albañil de 77 años que tuvo el coraje de enfrentar con su verdad a los desaparecedores de ayer y de hoy, es el mismo que ejerce una violencia sistemática contra los sectores explotados y oprimidos que deciden resistir y luchar por sus derechos.
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En 2016 Santiago Maldonado había cruzado la Cordillera de los Andes, un poco para trabajar y un poco para seguir abriendo caminos. Un amigo suyo de El Bolsón recuerda ante este diario que allí “participó de las huelgas de los pescadores artesanales de Chiloé, cuando fue el conflicto con las pesqueras, con el pescado podrido y la marea roja. Este año, ya estando acá, recordaba ese momento con mucha emoción y entusiasmo”.
Como él, ese amigo es muy cercano a la Biblioteca Popular del Río del barrio Los Hornos de El Bolsón. Y sus impulsoras coinciden en la caracterización de Santiago. “Nos parecemos mucho con él en la forma de ver las cosas, con esa idea de ser solidario con los reprimidos, sea con la comunidad mapuche como con las luchas ambientales o con las luchas de los trabajadores”, dijeron a este diario.
Santiago tomó contacto con miembros de la Pu Lof en Resistencia de Cushamen cuando ya hacía diez años que Julio López había desaparecido. Diez años en que el Estado (con sus gobiernos variopintos y sus injustos poderes judiciales) se había encargado de transformar el expediente por su desaparición forzada en un verdadero monumento a la impunidad. Diez años en los que el joven artesano no dejó de ver con ojo crítico cada movimiento del régimen político y del aparato represivo.
Desde el principio decidió colaborar con la causa mapuche en lo que pudiera, incluso si había que poner el cuerpo en los piquetes. Y lo hizo, aún conociendo la escalada represiva orquestada por Benetton, el juez Otranto, el gobierno de Mario Das Neves, el gobierno de Macri y la Gendarmería. Él sabía que los hechos brutales de enero en la Pu Lof, cuando cayeron detenidos varios conocidos y otros tantos fueron heridos y torturados, bien podían ser el aviso de algo más duro. Pero estaba decidido.
Pese a que quienes lo conocen lo describen como un “miedoso” al que no le gusta pelear, Santiago se sumó a los jóvenes mapuches que decidieron subir el lunes 31 de julio en la ruta 40, para protestar por la brutal represión (con nueve detenidos) en la movilización de Bariloche donde se exigía la libertad del lonko Facundo Jones Huala. Un corte de ruta que, sabían, iba a enfurecer a Otranto, Das Neves y los gendarmes.
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Desde hace 47 días se discute cómo se sucedieron los acontecimientos. Pero sólo a los representantes del poder se les ocurre negar a esta altura que a Santiago se lo llevó la Gendarmería. Hace once años se discute qué pasó con Julio López. Pero no es posible olvidar cómo en aquella época los representantes del poder actuaron con manuales de operaciones muy similares a los que están usando Macri, Bullrich, Noceti, Otranto y otros funcionarios.
Negar lo evidente. Plantear que “no se descarta ninguna hipótesis” con el objetivo inocultable de no avanzar sobre las hipótesis más firmes. Posar mil y una sospechas sobre el accionar de la víctima al tiempo de proteger con uñas y dientes a los victimarios. Impedir que se sepa la verdad en pos de no trastocar la “gobernabilidad” o no tirar subordinados por la ventana. Dar la espalda a las familias y los compañeros de lucha de los desaparecidos pero sentarse a la mesa de cuanto cómplice de los desaparecedores haya. Y, como siempre, mantener intacto el aparato represivo involucrado en los hechos.
Once años después de desaparecido Julio López y a un mes y medio de que se llevaron a Santiago Maldonado, bien vale repetir con Myriam Bregman que “nosotros no contraponemos desaparecidos” según el gobierno bajo el cual fueron secuestrados.
Julio y Santiago no desaparecieron por las mismas razones, es cierto. Tampoco sus victimarios fueron los mismos. Pero el encubrimiento estatal de ayer, de hoy y de siempre los emparenta. Santiago marchó varias veces por Julio. Hoy marchamos por Julio y por él.

Daniel Satur
Nació en La Plata en 1975. Trabajó en diferentes oficios (tornero, librero, técnico de TV por cable, tapicero y vendedor de varias cosas, desde planes de salud a pastelitos calientes). Estudió periodismo en la UNLP. Ejerce el violento oficio como editor y cronista de La Izquierda Diario. Milita hace más de dos décadas en el Partido de Trabajadores Socialistas (PTS) | IG @saturdaniel X @saturnetroc