El crecimiento del PRO. La crisis del kirchnerismo y el escenario que se abre hacia 2016. Apuntes de país en movimiento.

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo
Martes 27 de octubre de 2015
Aunque los resultados de la segunda vuelta podrían determinar nuevos cambios de magnitud en el mapa político, lo que nos deja este domingo ya es suficiente tela para cortar sobre el escenario hacia el 2016. Dejamos de lado, conscientemente, el escenario abierto en la provincia de Buenos Aires, donde la única certeza es la crisis del peronismo.
Derrota del relato sobre otro relato
Uno de los fracasos del oficialismo en estas elecciones residió en la incapacidad del kirchnerismo de triunfar a la hora de presentar a Cambiemos como el vehículo explícito del ajuste neoliberal.
El argumento falló en parte –no menor- por las limitaciones propias de su candidato, un hijo político de menemismo, conservador de pura estirpe que en campaña se fotografío decenas de veces al frente de las distintas policías comunales de Buenos Aires, al mismo tiempo que defendía la “familia” como “célula básica de la sociedad” en estricta oposición al derecho al aborto, en acuerdo completo con el Papa.
El relato sobre el relato macrista falló también porque la fuerza liderada por Mauricio Macri se presentó a sí misma con mayores rasgos “continuistas” en el final de la campaña. El golpe recibido en las PASO lo había obligado a ensayar un discurso “estatista” reivindicando lo hecho por el kirchnerismo en Aerolíneas Argentina y en los ferrocarriles. Si eso fue visto claramente como un manotazo de ahogado, el discurso se fue mejorando con el correr de los días. Los innumerables spots de Macri mirando a cámara y repitiendo no modificar lo que está bien hecho, así como no eliminar los planes sociales, fueron parte de esta agenda “social” macrista.
Macrismo y massismo se ubicaron, en gran parte, como gestores de cierta “continuidad”. La palabra “cambio” fungió como motor de un giro que partía, precisamente, de lo que estaba “bien hecho”. El carácter de la candidatura de Scioli –tal vez el más menemista de los kirchneristas- le daba aire a este encuentro en el centro de la escena política.
Pero la figura de Scioli en el centro del discurso oficial no es más que la consecuencia lógica los 12 años de gestión kirchnerista donde, si se compara los enormes índices de crecimiento económico y las ganancias del gran capital, las conquistas sociales aparecen como extremadamente modestas.
La marca de agua del kirchnerismo estuvo signada por la constante radicalidad de su discurso con la moderación de sus medidas. Cuando el relato se volvió insostenible por los reveses electorales, solo quedó la moderación, encarnada en Scioli.
El piso de la demagogia
La derechización en la superestructura política que parece dejar el resultado electoral no se condice con la verdadera relación de fuerzas existente entre las clases sociales. Allí radica la explicación de la demagogia en escala que desplegaron todos los candidatos en el final de la campaña, en pos de “respetar” ese piso impuesto por los años de crecimiento social de la fuerza obrera así como del peso de la izquierda en algunas de sus franjas combativas.
El discurso que pretendió condenar el impuesto al salario y garantizar el respeto de las negociaciones paritarias expresó esa fuerza social, que será preciso doblegar en caso de intentar avanzar en un ajuste.
La Argentina derechizada en el terreno político, con un régimen que logró ubicar a figuras políticas conservadoras en un umbral que superó el 90% de los votos, se encuentra enfrentada potencialmente a esa Argentina de la relación de fuerzas social conquistada por estos años.
El régimen gruyere
La elección nacional ha dejado un régimen político marcado por una creciente cantidad de orificios. Dejamos de lado el triunfo de Cambiemos en la provincia de Buenos Aires, que implica el cambio más importante hasta el momento en décadas -en frío, dado que el 2001 fue un cambio enorme también pero impuesto desde abajo por la movilización popular.
El mapa electoral de las provincias deja al descubierto un escenario donde el peronismo tendrá la gobernación de la mayoría de las provincias pero no de las más grandes en términos sociales, económicos y poblacionales. Por ende, no de las más importantes. Córdoba, Santa Fe, Mendoza, la Ciudad de Buenos Aires y, sobre todo, la estratégica provincia de Buenos Aires, estarán en manos de fuerzas opositoras.
Si el presidente es Scioli, Schiaretti aparecerá como un aliado más seguro que el resto. Si es Macri, encontrará aquí una base más estable para enfrentar a la -siempre presente- liga de gobernadores peronistas, puntal de desestabilización cuando gobiernan opositores, y de control –y coacción- cuando ejerce como oficialismo el partido fundado por Juan Perón. Sin embargo, en el marco del ajuste fiscal que parece prefigurarse, la relación entre provincias y Nación se tensará de manera creciente en la medida que amainen los recursos.
El terreno legislativo no aparece tampoco como fuente de tendencias estabilizadoras. Si Scioli es presidente, tendrá mayoría –en caso de alineamiento completo de FpV- en el Senado. Si el ganador es Macri, sufrirá esa oposición.
En la Cámara de Diputados las cosas no irán bien para ninguno de los dos. El actual oficialismo tendrá un bloque de solo 108 legisladores contando a sus aliados actuales. Cambiemos, con 90 bancas, estará en la misma situación. Toda ley obligará a una negociación permanente. No habrá “escribanía” para nadie.
Coaliciones
Hace meses escribíamosque el próximo gobierno argentino podía tener todos los rasgos de una coalición política. La realidad electoral camina hacia ese lado. Más que caminar da saltos, de un lado al otro, no solo hacia adelante.
La resultante del 22N será un gobierno débil. La paridad nacida de la elección de ayer hace difícil determinar hoy como se repartirán los votos del massismo que, como hizo bandera, supo transitar una “ancha avenida” entre opositora y oficialista. En Córdoba, los votos que perdió su aliado De la Sota fueron, en su mayoría, a Macri. Pero el anti-kirchnerismo es un fenómeno casi congénito a la provincia. Difícil afirmar que ocurrirá igual con los 2 millones de votos logrados por Massa en la provincia de Buenos Aires.
La debilidad de origen del gobierno lo obligará a una permanente negociación. En ese marco, deberá ser el gobierno del ajuste sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora. La burguesía argentina ya hace meses dijo que no veía sustanciales diferencias entre Macri y Scioli. Eso se aplica a la hora de garantizar su rentabilidad. Aunque Scioli fue el único aplaudido en el Council de las Américas el crecimiento de Macri este domingo hace que los negocios capitalistas vean otra variante de defensa de sus ganancias. La subida del Merval este lunes algo pareciera marcar.
La izquierda, el ajuste y la clase trabajadora
Los números del domingo ratificaron la consolidación del Frente de Izquierda como fuerza política en la escena nacional. En una elección altamente polarizada sostuvo la votación de las PASO y avanzó varias decenas de miles de votos, conquistando además una nueva banca nacional en la provincia de Buenos Aires.
Ante la derechización del mapa político nacional, la izquierda emerge entonces como una alternativa. Por un lado porque revalidó sus credenciales políticas en la elección del domingo, sosteniendo un claro programa de defensa de los intereses de pueblo trabajador y denunciando el ajuste por venir. Lejos del falso análisis que habla de “aggiornamiento” de la izquierda, ésta mantuvo sus posiciones políticas de independencia de clase en relación a las variantes patronales.
La izquierda aparece como una alternativa en el escenario nacional además por su peso en determinados sectores combativos del movimiento obrero, donde ha conquistado un lugar de oposición a la burocracia sindical peronista. Burocracia que ya ha definido que su rol, bajo el próximo gobierno, será el de contralor de la protesta social.
El año 2016 aparece entonces como el año donde las tensiones sociales emergerán de manera más abierta. La agenda derechista –hoy solapada- de Macri o Scioli se pondrá a prueba en el duro terreno de la realidad política y social. Allí se verá si lo conquistado “por arriba” en una votación conservadora, alcanza para cambiar la relación de fuerzas existente “por abajo”. En la más que segura resistencia obrera y popular, la izquierda trotskista, que ayer alcanzó los 800mil votos, jugará un rol.

Eduardo Castilla
Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.