El viernes amanecimos con la triste noticia de la muerte de Scott Weiland. Se fue mientras dormía, acurrucado tal vez, entre sueños desarmados.

Gabriela Boyadjian @gabyrub_
Sábado 5 de diciembre de 2015
Border, crudo, desenfrenado y sentimental. Fantástico en sus mejores momentos que, en un parpadear podía destruir y tirar por la borda, caer y, como un Ave Fenix renacer entre acordes. Iniciador de Stone Temple Pilots junto a Robert di Leo a quien conoció en un concierto de Black Flag. De esto podría desprenderse los toques más “hard” de la banda que nunca fue considerada pure grunge. Pero la distorsión era la misma ya que fue, en algún punto, parte de un nuevo movimiento signado por el despertar político de un activismo juvenil que expresaba en las calles el rechazo a las política neoliberal como también a la dominación que ejercían, (aún dominan), las grandes corporaciones, que se conoció como movimiento antiglobalización.
Weiland, sin activismo orgánico, fue parte de la movida bajo la expresión del desencanto en la dicotomía del ser y no ser sin ocultar los elementos descompuestos de este sistema. “¿Deseas saber sobre atrocidad?” reventaba en Sex type thing como una tortura sin fin desnudando su postura contra las violaciones. O como en Creep, que también escuchamos en el famoso filme La caída del Halcón negro, “Adivina, estoy viviendo, soy un ratón. Todo lo que tengo es tiempo. No tengo un propósito, solo una rima”. También su Lady Picture Show escondida en la pared, “She doesn’t know her name, she doesn’t know her face”. Y su performance más conocida, Interstate love song, despechaba contra, tal vez, los infortunios de la vida, el escapar constante, los amores y odios: “Solo ayer mentiste promesas de lo que parecía ser. Solo miré en el tiempo pasar, todas esas cosas que me dijiste”. Escápate. Escápate en un tren al sur.
Entre tanto, grabó un disco solista que se llamó 12 Bars blues, ecléctico con un sonido distinto pero en su expresión, siempre radiando calor y pesadumbre a la vez: “No se puede mantener el tiempo por el tiempo de la celebración”, cantaba, “Barbarella, ven a salvarme de mi miseria ¿No puedes ver que es una enfermedad? Dispara a los malos y con mucho gusto voy a cantar una canción para ti, perdidos en el espacio que pudiéramos ser libres”. A pesar de ser un buen álbum con temas interesantes como Where’s the Man, Barbarella entre otros, 12 Bars blues no logró el shuffle esperado.
Antes que STP entrara en letargo, Scott Weiland se ofreció para ser el vocalista de un proyecto que reunía a los, en ese entonces, ex Guns & Roses, Slash, Duff McKagan y Matt Sorum junto a Dave Kushner. Hecho que se consumó luego de la dispersión temporal de los Pilots. El proyecto se llamó Velvet Revolver y fue un súper grupo de hard rock formado por una sumatoria de estrellas cuyo circuito musical difería al nacido al calor del movimiento antiglobalización de los noventa. Resonaban éxitos como Slither, Big Machine, She builds machines, al ritmo de grandes disqueras y conciertos. Canciones para filmes como Hulk y Los 4 Fantásticos. Un ritmo frenético pero distinto al de su primer amor que, al parecer, no le cabió a Scott y en medio de un concierto, justo antes de tocar Fall to pieces, sin mediar anunció su despedida para luego seguir el show, “Todo el tiempo me estoy derrumbando. Completamente solo me derrumbo en pedazos”.
La voz de Weiland, inconfundiblemente voluptuosa, cruda y apasionada, su andar desenfrenado, el arrastre para resistir a la no transgresión en sus andadas serán parte de su iconicidad. Fue un rock star que, como otros artistas, intentó salir de las adicciones en un mundo donde la música, en general, es manipulada por grandes corporaciones para obtener rédito económico sin fin. Sólo la independencia del arte puede salvar la subsistencia del artista y esto es posible derribando las paredes del sistema capitalista para liberar a la humanidad de toda explotación y opresión. En palabras del gran poeta soviético Vladimir Maiakovsky, así “de una vez por todas se pintará de color la vida monótona”.
Se fue un rock star frontman que marcó su estampa con el surgimiento del grunge y que legó una obra para complacer a una parte de la humanidad. Se fue Scott Weiland mientras dormía, acurrucado tal vez entre sueños desarmados mientras sonaba tremendamente “Vende tu alma y firma un autógrafo. Gran explosión nena, es un choque, choque, choque. Quiero llorar pero voy a reír. Mamá naranja es una risa. Nada es gratis, lleva a los chicos lejos”. Big Bang baby! Yeah!
Buen viaje Scott.