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Red Internacional
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Tribuna Abierta. Sobre la escalada del racismo agazapado y la dignidad de un pueblo con memoria

Seguimos compartiendo con las y los lectores de La Izquierda Diario opiniones sobre el izamiento de la bandera mapuche (Wenu Foye) en la ciudad de San Martín de los Andes el pasado 10 de diciembre. Hoy escribe Maiten Cañicul, comunicadora Mapuce Wiliche

Viernes 12 de diciembre de 2014

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Fotografía: Lof Campo Maripe

Parece absurdo tener que discutir en estos tiempos el reconocimiento a la multiculturalidad que existe en los territorios que habitamos. En los últimos meses, el debate que generó la propuesta del izamiento del Wenu Foye en la ciudad de San Martín de los Andes, al sur de la provincia del Neuquén, dejó al descubierto el profundo racismo que se encuentra agazapado en las localidades sureñas que se promocionan como paraísos turísticos y se disfrazan de aldeas patagónicas llenando sus carteleras de palabras en mapuzugun.

Sin embargo, hechos como estos visibilizan todo el trabajo que aún falta en un país que se jacta de procesos de memoria y de reconocimiento de derechos humanos. Si bien sería iluso negar avances, tampoco podemos dejar que la mentira le gane a los hechos reales, ni que el Estado se atribuya logros que son producto de la lucha histórica de nuestro pueblo y de las comunidades en cada uno de los territorios.

Finalmente las comunidades del sur lograron que el Wenu Foye sea levantado en la plaza céntrica de San Martín de los Andes, no sin tener que aguantar todo tipo de provocaciones por parte de funcionarios nefastos que pretenden ser candidatos en las próximas elecciones y de “ciudadanas y ciudadanos” motivados por ese patriotismo que bien supo y sabe construir la escuela sarmientina, que aún hoy se levanta como prócer de los maestros, y es que hechos como estos realmente deberían preocuparnos de manera profunda, deberían revolvernos el estómago.

Como parte del pueblo mapuche del sur del Neuquén no puedo negar que estos días, a pesar de estar a algunos kilómetros del territorio, fueron días tensos, leyendo, escuchando y mirando lo que sucedía. Porque los argumentos racistas se escuchaban también en la ciudad vecina de Junín de los Andes donde el intendente Juan Domingo Linares (del mismo partido que su par Fernandéz, del FPV) argumentaba que no atendería a familias que reclamaban por el derecho a tierra y vivienda por “ser mapuches que querían una casa de fin de semana”, “mapuches que dejaban abandonada la tierra” refiriéndose a la ocupación que las familias realizaron con afirmaciones tales como: “ con esa lógica nos vamos de vacaciones al lago Huechulafquen, nos quedamos y tomamos tierras allá”, demostrando no sólo la ignorancia que existe en la clase política sobre la situación en la que se está en los territorios comunitarios, sino también la falta de claridad y de respeto que existe para con el pueblo mapuche, realidad que se repite a lo largo de los territorios de los más de 36 pueblos que existen en lo que se conoce hoy como Argentina. Linares sigue sin atender a más de una decena de familias que piden solución ante la situación de calle en la que se encuentran, dato no menor, es que la ciudad de Junín de los Andes cuenta con un porcentaje de más del 70% de población perteneciente al pueblo mapuche.

Podemos ubicar entonces estos hechos como una escalada del racismo, de ataque concreto y real hacia nuestro pueblo de manera pública y totalmente impune.

¿Pero qué implica esto realmente en los territorios?

A veces pensamos que este tipo de situaciones sólo ocurren en el momento en que son noticia, pero esto es falso, porque como joven mapuche que vivió su infancia en la década de los 90´ criada en una ciudad que nace como fortín de la masacre realizada por el Estado argentino y comandada por el genocida de Roca, puedo afirmar que las cosas en el territorio no sólo ocurren mientras dura la noticia. El racismo muestra su cara en la cotidianeidad de la vida en esas localidades, por eso este acto simbólico del izamiento, como así también la resistencia en el asentamiento de las familias en Junín de los Andes son una demostración más de que nuestros pueblos se levantan de diversas maneras y resisten. Siempre resisten.
A pesar del “haga patria, mate un mapuche”, a pesar del cuento falso de “ustedes mataron a los tehuelches”, las mujeres y hombres del pueblo mapuche seguimos apostando a la vida. Porque quizás el condimento fundamental de nuestra resistencia es, justamente, la memoria.

Porque los relatos de la muerte que nos trajeron, no son tan antiguos y es que son cientos las abuelas y abuelos que aún hoy relatan cómo sus abuelos murieron prendidos fuego de manos de parques nacionales, terratenientes y gendarmes dentro de sus propias casas. Sobran los relatos de las propuestas históricas que nuestro pueblo le ha hecho al Estado argentino, como la cabalgata a Buenos Aires del lonko Painefilú, entre otras tantas cosas.

Nosotras y nosotros mismos, la infancia de los 90´, sabemos bien lo que es no poder decir que íbamos al guellipun, que celebrábamos wiñoy xipantu, que nuestras familias mantenían su feyentun. Sabemos, como hoy saben nuestras hermanas y hermanos lo que es ser “el/la india” “el/la mapuche” en las ciudades conservadoras y en las escuelas negadoras de las identidades.

Es por eso que actos simbólicos como el vivido este 10 de diciembre no dejan de ser importantes. Pero son apenas un paso en el reconocimiento. Porque aún falta, el trabajo y la lucha es hasta no tener que volver a escuchar el “haga patria, mate un mapuche” y esa no es sólo tarea nuestra (de los mapuche) es una tarea que debe darse de conjunto y en profundidad. Porque siempre parece que reconocer la nacionalidad del otro implica un problema, aún teniendo en cuenta que han existido diferentes procesos que hoy permiten un reconocimiento a nuestros pueblos, distinto a otras épocas, igual sigue teniendo gusto a poco, no hay que escarbar mucho para poder visualizar que siempre las naciones originarias proponemos, con aciertos, contradicciones, diferencias, desde diferentes caminos, pero siempre la propuesta nace de nuestros pueblos. Porque hay que reconocer que el Estado argentino hizo un muy buen trabajo en la consolidación de su identidad nacional, por eso hasta el más “progre” se exalta cuando hay que hablar de un reconocimiento un poco más real, más justo. Ahí es más fácil tildar al mapuche de terrorista, de separatista, de reaccionario, de violento, de “racista al revés”, de flojo, de borracho, de falso indio, etc.

En estos días de reflexión recordaba que hablando con mi abuela aquella vez de la represión en la legislatura de Neuquén, cuando cerraron el pacto de la muerte YPF- Chevron, antes de que yo contara lo que había sucedido, ella me dijo: “Soñé. Soñé que peleaban un toro viejo y un novillo, usted tiene que cuidarse ¿sabe?” el sueño era más largo... Hoy pienso, afirmo, y tengo la convicción de que nosotras y nosotros somos ese novillo peleándole al toro viejo.

El toro, que bien puede ser el estado – el racismo- la opresión- etc. puede contar con esa “vejez” y cuerpo grande y macizo que, aparentemente, lo hace fuerte. El novillo, en cambio, somos todas y todos, esos y esas abuelas, abuelos, jóvenes mujeres, hombres, niñas y niños que vienen en el camino, que colectivamente, con energías de fuerzas nuevas o antiguas, dan la batalla, porque entienden que ese toro viejo, por más cachos que tenga, no puede vivir para siempre.
¡Por muchas más batallas ganadas del novillo!

¡Newentuain pu lamngen, amulepe taiñ wichan, wewuain taiñ mapuche rakizuam!
(Fuerza hermanas y hermanos, asumamos nuestra lucha, que se levante nuestro pensamiento)