Un debate sobre los contenidos de la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Cuyo
Laura Espeche Ex Secretaria Acción Social, SUTE FURS Mendoza - Corriente Nacional 9 de Abril

Jazmín Jimenez Lic. en Sociología / @JazminesRoja
Martes 25 de octubre de 2016
Profundos procesos sociales y políticos recorren América Latina y nuestro país en un mundo en crisis. El mito de la Mendoza conservadora se rompe, con crecientes y novedosos movimientos de mujeres, luchas obreras, educativas y socioambientales, y fenómenos políticos como el surgimiento de una fuerte izquierda anticapitalista. Pero la Carrera de Sociología de la UNCuyo, otrora centro de los grandes debates, crítica y cuestionamiento al orden social contemporáneo; se encuentra paralizada y perdiendo poco a poco cualquier sentido crítico.
Mendoza es hoy uno de los epicentros del enorme movimiento nacional por el #NiUnaMenos, inédito a nivel internacional, que mueve millones en las calles y desde donde se organizan miles de mujeres para reclamar por sus derechos. Sin embargo, los debates y cátedras de género siguen siendo paralelas, optativas o alternativas. Quedando nuestra carrera -tomada en su conjunto- completamente desfasada de los debates de la perspectiva de género y diversidad.
Mientras la política sudamericana gira hacia a la derecha y gobiernos como el de Macri o el golpista Temer en Brasil buscan un nuevo consenso neoliberal, se abre un enorme debate sobre qué dejaron y qué fueron los gobiernos “progresistas” que marcaron la última década. Debates que hoy se dan fundamentalmente en los márgenes de la facultad, actividades que organizan algunas agrupaciones, docentes o investigadores; pero que en las cátedras sólo se expresan a través de sus “marcos teóricos”, separados de la actualidad y el debate político. Para no hablar de los grandes problemas sociales mundiales, completamente ajenos a los debates de la facultad, como la emigración y los refugiados, la guerra y el militarismo, el imperialismo y la crisis capitalista, y la polarización política en los países centrales con el surgimiento de extremas derechas fuertes en las elecciones y fenómenos de izquierda basados en la juventud.
Los noticieros y programas de TV nacionales “informan” y polemizan diariamente el contraste entre el crecimiento de la desocupación y la pobreza con las negociaciones de la CGT “unificada” y el gobierno de Macri. ¿Por qué en nuestra carrera ni siquiera se pone en discusión un qué es la burocracia desde contrapuntos de pensadores clásicos, como Weber y Trotsky, e intelectuales contemporáneos para comprender un problema social central para comprender el sXX y sXXI? ¿Qué y cómo es hoy la clase trabajadora y el movimiento obrero? Una y otra vez, debates ausentes ante una realidad inquietante.
Vemos una carrera de Sociología esencialmente estática, donde en vez de primar el debate y el intercambio entre cátedras, las actividades de discusión de los problemas contemporáneas y una vida colectiva de la carrera que haga funcionar a la misma como una usina de ideas y debates para encarar los grandes problemas contemporáneos que afectan a los trabajadores y el pueblo, lo que predomina es el desarrollo de carreras académicas individuales y de integración a las gestiones estatales por la vía de “prácticas pre-profesionales” que no son acompañadas de un necesario debate colectivo, crítico y orientado a la transformación revolucionaria de la sociedad de clases.
Vemos una relación casi nula entre las Ciencias Sociales y su "objeto de conocimiento", lo cual se expresa, entre otras cosas, en la consagración de un conocimiento desarticulado y enciclopédico que no da cuenta de las transformaciones del capitalismo contemporáneo, de los nuevos movimientos de lucha, en fin, de los grandes problemas de la realidad actual.
Esta escisión nociva tiene como una de sus consecuencias el hecho de que, no tenemos instancias sistemáticas de prácticas de investigación y coinvestigación junto a los “sujetos sociales” que estudiamos, con su vida cotidiana y sus luchas. El propio lenguaje académico se convierte muchas veces en una barrera para el desarrollo de las mismas. Y el desarrollo de saberes parcelados es congruente tanto con el punto de vista tecnocrático como con las visiones posmodernas donde lo particular no está en relación con la totalidad, incentivando un tipo de conocimiento descontextualizado. Nuestra crítica apunta a soldar la ruptura entre la teoría y la práctica (o entre ciencia y sociedad) y establecer una dinámica que permita comprender más profundamente esta unidad. Parafraseando a Bourdieu, es necesario que la Sociología, como el intelectual científico, debe “bajar de la torre de marfil” para conocer la realidad.
Una ciencia nacida por la transformación social
Si nos remontamos a los inicios de esta disciplina, allá por el siglo XIX, vemos que surge frente a la necesidad de explicar los grandes cambios sociales que había traído aparejada la Revolución Industrial y el alto grado de conflictividad social. Los positivistas, por su puesto, con el objetivo de extirpar el conflicto social al que consideraban patológico, con la idea de alcanzar la sociedad ideal en donde primaran “orden y progreso”. La sociología era vista, como el resto de las ciencias de la época, como una técnica cuyo objetivo era buscar los cambios racionales necesarios para poder modificar los males indeseables del orden social que se estaba consolidando: el capitalismo. Entre ellos Durkheim preguntándose ¿cómo volver a crear un orden social estable en medio del caos? ¿Cómo asegurar la cohesión social en una sociedad utilitarista en permanente cambio? Era consciente de que las sociedades industriales contenían un alto grado de conflictividad social. Creía que el orden social se expresaba en un sistema de normas que se cristalizaban en instituciones. La sociología de Durkheim representa una concepción de lo social a partir de lo instituido y de estructuras que son explicables y racionales: la familia, las normas morales, las normas jurídicas, las corporaciones, el Estado. Para el autor, la forma de fortalecer la conciencia colectiva de la “mayoría no desviada” sobre una “minoría desviada” es el castigo. Las conductas desviadas causan un daño social y deben ser penalizadas.
Aun así, no podemos decir que en su pensamiento pueden justificarse las medidas de “endurecimiento” de la “prisión preventiva” y la figura “prisión por reiterancia”, con las que se ha embanderado el Gobierno de la UCR, el PRO, el PS y Libres del SUR para aumentar las tasas de encarcelamiento con “acusados”, sin necesidad de encontrar culpables, causando el repudio de la propia Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Veamos otro clásico, un activo político del imperialismo alemán de su época, Max Weber. Introduciendo la dimensión subjetiva de los actores sociales intentó interpretar la “acción social”. Para él en las sociedades modernas prima una acción racional con arreglo a fines, calculable, predecible, guiada por la búsqueda de los medios más eficaces sin tener en cuenta los valores para alcanzar determinados fines. Su pensamiento pesimista y trágico, considera que la racionalidad extrema termina en un vértice de irracionalidad. Considera a la burocracia como la organización social arquetípica del capitalismo, la cual considera un avance con respecto de las anteriores. La burocracia organiza el trabajo, cada uno tiene una función y el todo funciona como una “máquina perfecta”, donde cada pieza se combina con las demás, construyendo seres humanos que solo actúan como medios de fines que no se cuestionan. Los individuos tienden a ser consumidos por los mecanismos técnico-sociales; el maquinismo, la burocracia, el dinero. “Una jaula de hierro” asfixiante en la que estamos atrapados.
Una versión degradada de esto es el gris discurso político de Cornejo para justificar los superpoderes y el endeudamiento récord, que le facilitó el voto FPV-PJ para endeudar a la provincia como nunca antes, el “Ítem Aula”, la “emergencia administrativa” y en “seguridad”; y sus contracaras con la rotunda negativa a declarar la emergencia contra la violencia de género, la emergencia ocupacional para frenar los despidos, el completo apoyo a los tarifazos y la “apertura del diálogo sobre la minería”.
A nivel general, podemos decir que entre Durkheim y Weber se podrían agotan los razonamientos de Cornejo y su lucha por un "estado organizado". Sus políticas cesaristas y represivas tienen, aún “después de vivir un siglo”, un "marco teórico" osificado y retrógrado. La incorporación de Graciela Cousinet y Libres del Sur al gobierno radical derechista de Cornejo, abandonando cualquier rol mínimamente crítico, ha llevado junto a la actual Dirección y Coordinación Estudiantil, a que tengamos hoy una carrera completamente acrítica frente a lo que está pasado, cuyas únicas discusiones son direccionadas a la incorporación precaria al mercado de trabajo. Ninguna crítica ha salido en todo el año desde Socio a la "gestión" radical y macrista frente al auge de la violencia machista, de los despidos y la desocupación, de la decadencia del sistema educativo y los ataques a la educación pública. Muy lejos de ser un bastión del pensamiento crítico, nuestra carrera y sus intelectuales “posmarxistas” se han convertido en una usina de autolegitimación y endogamia política para participar de la gestión de los gobiernos provinciales, primero con el PJ y ahora con la UCR-PRO.
Pero esta parálisis no es comenzó en la era de “globos amarillos”, ya tiene su historia. El gran avance en la cooptación académica y la subordinación a la “gestión estatal” de nuestra carrera ya había comenzado con el kirchnerismo y su sentido común pejotista "de izquierda" que usaba a Poulantzas para explicar una "teoría relacional del estado" que terminó en una completa instrumentalización de la juventud y la intelectualidad crítica para justificar “por izquierda” a un gobierno de desvío y reconstrucción del orden neoliberal.
Recuperar a nuestros clásicos para cuestionar y transformar la sociedad de clases
Sin duda fue Marx, el que hizo el análisis científico que golpeó en la médula de la sociedad moderna capitalista. El que logró desentrañar cómo funciona este sistema, basado en la explotación, por medio del trabajo asalariado, de la gran mayoría de la población por una ínfima minoría que posee la propiedad de los medios de producción. Marx explicó lo qué ninguno de los economistas clásicos había logrado, le sacó el velo al capitalismo, descubrió cómo se producía ese robo de trabajo ajeno. Analizó los modos de producción anteriores y estableció que, desde que surgen las clases sociales, la historia de la humanidad ha sido la historia de la lucha de clases. El capitalismo ha logrado ponerle un velo a ese robo de trabajo ajeno, a través del trabajo asalariado. Construyó su teoría basándose en lo más avanzado del pensamiento de su época y en la experiencia que la clase obrera hacía. A diferencia de Weber, el pensamiento de Marx rebosa de optimismo, porque considera que el capitalismo había también creado a su sepulturero, la clase obrera, quién a través de una revolución socialista, expropiando los medios de producción podía transformar de pies a cabeza la sociedad, terminando con la explotación del hombre por el hombre. Nuestro autor no sólo pensó como analizar la sociedad de su época, sino que también marco un camino sobre cómo transformarla. Desde joven había planteado “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.
Pocos autores han sido tan usados (y abusados) como Marx en la academia sociológica cuyana. Los intentos de instrumentalizar su pensamiento sociológico e histórico, como “insumos” para las teorías posmarxistas y estructuralistas, han ido siempre de la mano de atacar la dialéctica, la revolución socialista, el comunismo como objetivo y, por sobre todo, el “sujeto social” del marxismo: la clase obrera moderna.
Los críticos del supuesto “humanismo teórico” de Marx sobre el estado, nunca superaron la ilusión de crear desde el estado una “burguesía nacional” que sostenga en el tiempo la colaboración de clases del peronismo. Esta ilusión tampoco fue confirmada durante la década ganada, en donde la reprimarización de la economía y el avance del capital internacional en la cúpula empresaria se mantuvieron intactas, al igual que las condiciones de precarización de la clase trabajadora y la juventud. Demostrando que el verdadero “obstáculo epistemológico” del pensamiento sociológico no es el presunto “idealismo hegeliano” de Marx, sino la verdadera “ruptura” entre teoría y práctica fundada en la completa resignación a convertir a convertir la sociología en un decálogo para la gestión “cultural” del estado burgués.
Los sectores “neopopulistas” que el kirchnerismo ganó para la "transversalidad" (incluida durante algún tiempo Cousinet), usaron al pensamiento de Laclau que dejaba de ser “liberal” y “socialdemócrata” para justificar el apoyo al gobierno del PJ kirchnerista en una estrategia donde "las trincheras" de los municipios, el estado y las instituciones se convertirían en un punto muerto para el pensamiento crítico, y donde el rol del progresismo sólo sirvió para justificar "por izquierda" la continuidad del "poder real" del peronismo con las policías bravas, la burocracia sindical y los intendentes; que como sabemos son representantes directos de las grandes empresas. Una mención aparte merecen los docentes de la cátedra maoísta de nuestra carrera, que terminaron -no casualmente- siendo parte de las listas de la gestión radical de la Universidad.
Desde el Frente de Izquierda, defendemos el pensamiento de Marx en su esencia revolucionaria y no de la forma descontextualizada y desmembrada en la que lo presenta la carrera, no como un clásico de la sociología para instrumentalizar tal o cual concepto aislado en un pensamiento de conjunto conservador y resignado a gestionar la miseria de lo posible. Denunciamos la proscripción del gran ausente de las cátedras y apuntes, León Trotsky, protagonista y pensador de los hechos más importantes del siglo XX: las guerras mundiales, el imperialismo, el fascismo, la revolución proletaria, el primer estado obrero y la lucha contra la burocracia soviética. Y planteamos la necesidad de recuperar su pensamiento para los debates actuales junto al de otros autores tomados sólo en forma fragmentada como Lenin, Gramsci y Luxemburgo, y marxistas latinoamericanos como Mariátegui, Antonio Mella, Milciades Peña, entre otros.
Es necesario unir teoría y práctica, y poner nuestros conocimientos, nuestra participación, nuestras investigaciones y prácticas pre-profesionales al servicio de las mujeres que se organizan para enfrentar la violencia machista y para conquistar sus derechos, de los trabajadores que enfrentan los despidos y cierres de empresas, a las maestras que defienden la educación pública y la juventud que lucha contra la precarización laboral y el futuro negro que le promete Cambiemos y el peronismo. Nuestro objetivo no es un pensamiento sociológico aislado, sino –parafraseando a Gramsci- colaborar en el surgimiento de una “intelectualidad orgánica” de la clase obrera.
Estamos convencidos que esto es posible, y que no hay que arrodillarse ante la “miseria de lo posible” del reformismo de la academia, tanto en sus variantes posmarxistas como estructuralistas, han convertido en un verdadero pensamiento de la resignación en nuestra universidad. Si nos lo proponemos podemos hacer historia. Y apoyamos por ello el desarrollo también en nuestra Carrera y Universidad- del Frente de Izquierda que con Nicolás del Caño enfrentó a los derechistas ajustadores Macri, Scioli y Massa, y con Noelia Barbeito a los conservadores Cornejo y Bermejo. La única fuerza política renovada y fortalecida con la fuerza de los trabajadores, las mujeres y una gran Bancada Estudiantil formada por Maca Escudero, Cecilia Soria, Ulises Jimenez, Martín Baigorria y Paúl Lecea, entre otros, formados en las batallas políticas de nuestra facultad y el movimiento estudiantil. La única fuerza política que en el Congreso, la Legislatura y los Concejos Deliberantes se ha plantado contra la casta política, los grandes empresarios y la iglesia católica.