Hay millones de adultos mayores que no llegan a fin de mes y están en jaque por la inflación y los aumentos de las tarifas. El impacto en los que menos tienen. Reflexiones en la sala de espera.
Lunes 30 de abril de 2018
A Sofía, como a tantas personas jubiladas, no le dan las cuentas. Realiza todas las ecuaciones posibles para poder llegar a fin de mes pero no lo logra. Hace rato que la plata no le alcanza, pero en los últimos años “la cosa empeoró”.
Ella vive sola en su casa (por suerte no alquila). No tuvo hijos, priorizó el trabajo; hoy se lamenta no estar un poco acompañada. Quizás por eso su hogar está lleno de coloridas plantas y mimosos gatos, fieles compañeros de su cotidianeidad.
Escucha mucho la radio, así imagina que grandes personajes le hablan y bailan a su alrededor. Mira poca televisión. “Para qué mirar el noticiero si ya lo vivís, ¿no? Las imágenes duelen mucho”, dice.
Gran parte de los adultos mayores cobra una jubilación mínima de $ 7.660, un poco más de $ 300 con el último aumento otorgado en marzo gracias a las modificaciones en la ley de movilidad previsional aprobada a fines de 2017.
Cuando la canasta básica se ubica en casi $19.000, no hace falta ser un erudito para darse cuenta que la plata no alcanza para cubrir de forma mínima los gastos del mes. Ahí acechan los créditos personales, buitres del bolsillo, que los convierten en deudores eternos de la avaricia ajena. Sucesos que Sofía reduce de forma práctica: cobrar menos y gastar más.
Sofía hace sus compras en el almacén del barrio; vende un poco más económico y a su vez así puede ayudar a sus vecinos. Trae leche, una cajita de té, un paquete de fideos y otro de arroz. También lleva un kilo de azúcar, medio kilo de yerba, una botellita de aceite. Agrega harina y polenta. Un detergente, champú, jabón y papel higiénico. Con suerte estos productos le alcanzarán para dos semanas.
Como tantas y tantos, ella recibió las boletas de luz y gas. Su mundo se derrumbó al saber que la mitad de su sueldo sería destinado a pagar el aumento de las tarifas.
Volvió a hacer cuentas, siguieron sin cerrarle. Pensó en vender algunas cosas que no utiliza, pan casero o productos cosméticos. Algo que pueda generarle dinero extra. Llegó a escuchar que en el club volvió el trueque. Piensa en alguna salida para que no llegue el corte de luz. Pero las posibilidades son pocas, lo posible sabe amargo en estos tiempos.
Entre sentimientos de vergüenza por tener que pedir y necesidad por no llegar a tener, Sofía se acerca a la obra social, al Pami, a solicitar el bolsón de mercadería. Mira a su alrededor; son muchos los que padecen su misma situación.
Mientras espera ser atendida, los diálogos se entremezclan en el aire, a modo de desahogo, bronca y reflejo de una realidad que duele y golpea fuerte:
Sofía tuvo suerte, accedió al bolsón de alimentos. Apenas unos diez productos que la ayudarán un poco más a estirar el mes.
Un corto viaje y profundos pensamientos la acompañan a su casa. ¿Cuántos de los que hoy cargan en su espalda esta realidad de desocupación, precarización y ajuste llegarán a jubilarse? ¿Aumentan la edad para jubilarse porque vivimos más? Como si vivir fuera un castigo: vivir más para producir más.
Cuerpos rotos, cansados y desgastados, frágiles. Sumidos en la indiferencia de los poderosos, blanco de sus tijeras ajustadoras. ¿Eso son los jubilados para los que gobiernan? No. Valemos. Somos.
Como dijo Simone de Beauvoir, “no sigamos trampeando; en el futuro que nos aguarda está en cuestión el sentido de nuestra vida; no sabemos quiénes somos si ignoramos lo que seremos… no seguiremos aceptando con indiferencia la desventura de la postrera edad, nos sentiremos incluidos; lo estamos”.