Emanuel Lázzaro y Sebastián MacDougall hablan de la causa que les armaron el Gobierno, el empresario Osmar Corbelli y la UTA tras una dura lucha en la Línea Este de La Plata. Junto a dos compañeros cumplen prisión domiciliaria por delitos con penas de hasta ocho años.

Daniel Satur @saturnetroc

María Díaz Reck Docente y congresal de Suteba La Plata
Miércoles 5 de junio de 2019 22:17
Producción audiovisual Cata Lucasovsky y Agos Orellana | Imagen Mar Ned | Colaboración Omar Amigorena
En la larga conversación que La Izquierda Diario mantuvo con Emanuel y Sebastián (cada uno en sus respectivos hogares) más de una vez se repitió la idea de que ambos están viviendo una historia “de película”. No es para menos. Esta semana se cumplieron dos meses de que ellos, junto a sus excompañeros de trabajo Luciano Fiocchi y Pablo Varriano, fueron virtualmente secuestrados por la Policía Bonaerense, llevados engañados a la DDI de La Plata y allí detenidos sin muchas explicaciones.
Pasaron 27 días detenidos en dos o tres lugares diferentes. Finalmente el lunes 29 de abril los mandaron a sus casas con prisión domiciliaria. Y solo se les permite traspasar las puertas para ir a trabajar, si es que pueden certificar que tienen un trabajo en blanco.
Hoy en La Plata todo el mundo sabe que hay cuatro exchoferes de Este presos. Pero muy poca gente conoce realmente el proceso por el que llegaron a esa situación. La gran mayoría de quienes justifican sus detenciones, con el argumento de que son “unos quilomberos” a los que hay que corregir, no tienen la más mínima idea de por qué están presos ni de cómo se les armó burdamente una causa para alejarlos de toda posibilidad de seguir luchando por sus derechos.
Pero ellos no abandonan la lucha. Por eso ponen sus caras y sus voces en esta entrevista, contando a quien quiera esta historia que los tiene como protagonistas.
Consecuencias de una lucha en serio
En La Plata el conflicto de la Línea Este, ocurrido entre fines de 2016 y principios de 2017, es recordado de muchas maneras. Hay quienes dicen que fue un período lamentable, porque mucha gente se quedó sin poder viajar durante semanas por culpa de los choferes que hicieron paro. Y hay quienes afirman que esa lucha de los trabajadores fue un ejemplo, que pusieron cuerpo y alma para reclamar por lo merecido y no solo pensando en ellos sino en la comunidad a la que transportan cada día.
Pero hay un hecho ocurrido el 3 de abril de este año que pareció pasar casi desapercibido en la región. Claro, no se trató de ningún nuevo paro que trastocara la vida social. Es un hecho que ocurrió dentro de dependencias policiales y que luego se trasladó a cuatro hogares platenses.
La noche de aquel miércoles 3, Emanuel Lázzaro y Sebastián MacDougal no durmieron en sus casas. Esa noche fueron detenidos por la DDI de La Plata acusados de “coacción agravada y daños”. Junto a ellos fue detenido Pablo Varriano y dos días después caería Luciano Fiocchi.
A los cuatro los acusan de un delito que contempla penas de entre dos y ocho años. Los cuatro con el peligroso “antecedente” de haber luchado por mejores condiciones laborales y cierta dignidad arrebatada por la patronal de la Línea Este, en manos de Osmar Corbelli, por la burocracia sindical de la Unión Tranviarios Automotor (UTA) y con el apoyo del Gobierno municipal y provincial de Cambiemos.
Después de 27 días Emanuel, Sebastián, Luciano y Pablo fueron trasladados a sus casas, con la posibilidad de continuar sus prisiones preventivas en modo domiciliario y con permiso para trabajar. Pero como deben certificar de alguna manera que trabajan, las posibilidades de conseguir empleo se achican. Menos Emanuel, los otros tres consiguieron changas o empleos precarizados y así “paran la olla” de sus familias.
Este es una historia de lucha obrera, represión, criminalización y un mensaje claro de empresarios, funcionarios y dirigentes sindicales para tratar de meter miedo en miles de laburantes que sintieron que esos choferes se la estaban jugando por una causa justa. Emanuel y Sabastián lo relatan en detalle.
La alianza de Corbelli con la UTA
Lázzaro tiene 26 años y trabajó tres como chofer de colectivos. “Empecé en la línea 307 y cuando se fue a la quiebra pasé a trabajar con Corbelli, en la Ruta 11 Kilómetro 8”, recuerda. MacDougall, con 37, es chofer desde hace más de diez. “Antes trabajé en comercio y otras cosas más”, dice.
En marzo de 2016, por un conflicto entre empresarios, una parte de los conductores de la Línea 307 fue traspasada a otras empresas. Muchos fueron incorporados a la Línea Este, en manos del empresario Osmar Corbellí, un poderoso capitalista de la región con estrechos lazos con el Estado.
Emanuel y Sebastián recuerdan el trabajo bajo las órdenes de Corbelli como “un caos, un desastre, un momento de mucho estrés”. “Eran 16 horas laborales, 8 en blanco y 8 en negro, no teníamos duchas ni baños en las cabeceras, estábamos a la intemperie”, recuerda Lázzaro.
MacDougall agrega recuerdos muy ingratos. “Paraban en el final del recorrido (122 y 32, por ejemplo) y quedaban en medio de la calle. Y empezaron los problemas con los vecinos, por la suciedad, porque terminaban haciendo pis al costado de los micros. De ahí los echaron un poco más lejos, después a otro lugar, siempre corridos por diferentes problemas o con los vecinos o con la Municipalidad, se acumulaban micros por diferentes cuestiones, por los cambios de los carteles o cualquier cosa lógica. Y la empresa no daba ninguna solución”.
El exchofer estaba en el ramal 16, en la terminal de la Ruta 11, y una vez llegó un compañero descompuesto. “Se había hecho encima, no había llegado a la estación de servicio que estaba a varias cuadras. Otros se hacían pis porque no aguantaban tanto el trayecto. Y encima el calor que salía de los micros, los burletes que cubren el motor estaban rotos y ese calor nos venía a la cara”, recuarda.
Además, los colectivos estaban en condiciones cada vez peores. “Al principio se veían bien pero empezaron a circular y hacían ruido por todos lados, no tenían casi cubiertas, no tenían frenos, adentro había mucha mugre, los vidrios se movían para todos lados, la carrocería era desastrosa. Ni bocina teníamos”, rememoran.
“Las primeras ocho o diez horas se hacían pasables, pero ya después de las 12 horas de trabajo el mareo se hace constante. Era mucha tensión. Imaginate que tenés 30 personas sentadas y a veces llevás otras 20 o 25 paradas. Eran muchos nervios”, agregan.
Paro, represión y despidos
Fueron largos meses de descontento y bronca. Hasta que un grupo comenzó a discutir y a exigir a los delegados de la UTA que hagan algo. Hasta que cinco de ellos fueron despedidos, por iniciativa de la UTA, luego de postularse para ser delegados en serio de los laburantes. Eso desató la bronca contenida y en octubre fueron al paro.
Pese a los aprietes de la UTA para que no hagan nada, ya cansados un día llegaron a la empresa y se quedaron ‘haciendo guardia’, esperando una respuesta. “Decidimos no salir a trabajar. Nos presentamos en el gremio y en el Municipio, y nadie nos dio bolilla. En la UTA unos supuestos delegados se nos vinieron encima haciéndose los malos, diciendo que no podíamos hacer eso”, dice Sebastián.
Fueron 22 días de huelga, donde la empresa y aliados como el Municipio y el diario El Día hicieron de todo para demonizar a los choferes. Hasta les iniciaron una causa acusándolos de destruir unidades e instalaciones de la empresa. “Pero a las dos semanas más o menos fue un fiscal a verificar y confirmó que estábamos cuidando todo, que no había ni un papel en el piso, no faltaba ni un tornillo, no había nada roto. Hasta los micros lavados y ordenados encontró”, recuerdan.
Cuando ya llevaban 21 días de lucha, Sebastián y otro compañero estaban tomando un café en la confitería de la plaza Islas Malvinas. Dos mesas más allá estaba el intendente de La Plata, Julio Garro. “Cuando se iba pasó por al lado nuestro y ahí le digo a mi compañero ‘vamos a hablarle’, fuimos y le dijimos del problema y de que estábamos con la amenaza de desalojo en la empresa”, relata MacDougall.
En ese encuentro casual, el jefe comunal les dijo que “estaba al tanto de todo”, les dio una tarjeta con su teléfono y el de su secretaria y los invitó a ir a la mañana siguiente a la Municipalidad para reunirse y buscar una solución al conflicto. “Fuimos a la mañana y nada, estuvimos hasta el mediodía en la Municipalidad. Hasta el día de hoy no lo vimos más”.
Cuando Sebastián y su compañero volvieron al acampe frente a la empresa, cerca de las 17 horas del 24 de octubre de 2016, llegó el jefe de calle de la Policía y les dijo “muchachos, les queda una hora para definir qué van a hacer, acá va a haber un desalojo”. A la hora y media los sacaron a balazos de goma y palazos y detuvieron a 27 choferes.
Emanuel recuerda que esa represión “fue muy traumática, horrible, muy fea”. Y que, con la Infantería apostada en la empresa en resguardo de la patronal, luego de dos meses de trabajo relativamente “sin problemas, de la nada aparecieron 40 telegramas de despido, de un total de 90 que éramos aproximadamente. Echaron a la parte más activista”.
La empresa primero confeccionó informes truchos contra los trabajadores. Con esos informes acumulados decidió justificar el despido de casi la mitad del personal. Frente a la nueva protesta de los choferes en la puerta de la terminal de Ruta 11 kilómetro 8, volvió a mandar a los patoteros de la UTA y a la Policía Bonaerense. A los pocos días, con todos ya despedidos, buscó un arreglo monetario con todo el grupo, proponiendo que se repartieran la “indemnización” a cambio de suspender cualquier acción legal contra ellos. No todos los muchachos cayeron ante la extorsión. Pero muchos sí, ya cansados y desgastados, agarraron esos pocos pesos y se fueron a sus casas.
Ya fuera de la Línea Este y ante una situación económica nada favorables, Emanuel, Sebastián, Pablo y Luciano debieron rehacer sus existencias. Sus desempeños como choferes de colectivos nunca habían estado en cuestión. Al contrario, habían demostrado verdadera preocupación por trabajar bien, en condiciones más o menos dignas. Sin embargo, pese a sus buenos currículums, ninguno volvió a ser tomado por ninguna de las líneas de la región.
La “mancha” por haber luchado a brazo partido contra la voracidad empresaria, contra la traición de la burocracia de la UTA y contra las mentiras del Estado cómplices, se había transformado en indeleble y los “delataba” ante cada nueva posibilidad laboral. Las changas, el manejo de remises o de colectivos escolares, los trabajos de pintura, de albañilería o de plomería, siempre “en negro”, fueron sus rebusques durante casi dos años.
Sin colectivo, sin trabajo y sin libertad
El 3 de abril de este año las vidas de Emanuel, Sebastián, Pablo y Luciano tuvieron uno de los giros más bruscos e inesperados que ellos hayan imaginado. “Es de esas cosas que vos ves en las películas y no creés que puedan pasar y menos aún vos mismo”, coinciden casi con las mismas palabras (pese a que las entrevistas fueron por separado).
En los videos que acompañan esta nota Sebastián y Emanuel lo cuentan muy claramente, lo cual exime a los cronistas de reproducir detalles y datos. Sin embargo, aún escuchando sus relatos cuesta dimensionar lo que les está tocando vivir.
Ellos dos y Pablo Varriano fueron buscados en sus domicilios por personal de la DDI de La Plata, que con cierta diplomacia los invitó a subir a los móviles policiales para ser trasladados “a firmar un papel por un causa de los micros”, según les dijeron. Engañados fueron llegando a esa sede policial. De inmediato, después de unas pocas diligencias de rigor, fueron rodeados de varios efectivos y quedaron detenidos.
Emanuel estaba en shock, “no entendía nada, no sabía los motivos”. Cuando se encontró con Sebastián y Pablo se abrazaron desconcertados. “Nos quedamos el fin de semana y pensábamos que el lunes saldríamos. Pero no. Entonces ahí también sospechamos que iba a caer más gente del mismo conflicto”, recuerda MacDougall.
Ese fin de semana fueron separados. Emanuel fue a la comisaría de Villa Argüello, Pablo a una de Los Hornes, Sebastián a la DDI de Avellaneda y Luciano a una comisaría de Lomas de Zamora. A los cinco días Emanuel fue enviado a la Alcaldía Roberto Petinatto de Olmos y Sebastián a la de Melchor Romero. “Lo de Alcaldía es una forma de decir, eso es una cárcel de máxima seguridad, con dos portones metálicos de quince metros y guardias armados vigilando arriba de los muros”, grafica MacDougall.
La fuerte presión social, producto de una campaña por la libertad de los cuatro exchoferes encabezada por organizaciones de derechos humanos, por algunas organizaciones sindicales y por partidos de izquierda, hizo que el 29 de abril finalmente el Poder Judicial les diera el “beneficio” de la prisión preventiva domiciliaria. Solo se les permite desde entonces salir de sus casas si es para trabajar y si ese trabajo es “en blanco” o con alguna modalidad de registro formal.
Diez minutos con el recién nacido
Dos días antes de obtener la prisión domiciliaria Giselle, compañera de Sebastián MacDougall, dio a luz a Felipe, el tercer hijo de la pareja. Los nervios por la detención de Sebastián hicieron que a ella le subiera mucho la presión y obligó a su obstetra a reprogramar la cesárea, adelantándola para el 27 de abril. Ese día, recién a las 4 de las mañana le avisaron que había obtenido el permiso para poder presenciar el nacimiento de su hijo. Pero, como cuenta en el video, los carceleros lo tuvieron en vilo hasta el filo de la intervención.
Sebastián cuenta que cuando finalmente llegaron a la clínica, con mucho retraso, los policías pertrechados con armas largas y tratándolo como si fuera un peligroso delincuente, ni siquiera le querían sacar las esposas para poder abrazar a su compañera y recibir a Felipe.
Libertad a medias y las ganas intactas de luchar
El lunes 29 de abril finalmente Emanuel, Pablo, Luciano y Sebastián fueron “beneficiados” por el Poder Judicial con la prisión domiciliaria con permiso para salidas laborales. Ese día fue otra de las jornadas inolvidables de sus vidas.
Emanuel el domingo no durmió nada. “El abogado había anticipado las opciones que podía resolver el juez. Al escuchar que nos daba la prisión domiciliaria fue una sensación terrible, es como llorar y reír a la vez, estás contento porque te vas a tu casa pero mal porque es una causa que no tiene fundamentos”, afirma.
Sebastián agrega que en el juzgado parecía como que estaban en una película. “Nosotros en el banquillo, atrás los familiares, de un lado la fiscal, del otro los abogados y adelante el juez. Faltaba el martillo nomás. Cuando empezó a hablar el juez empezamos a escuchar desde afuera el ruido de los bombos y de la gente, nos agarramos de los brazos, una emoción tremenda. Yo les decía ‘loco, salimos hoy’. Sí, salimos, pero a nuestras casas, con arresto domiciliario”.
La sensación ambigua de irse a sus casas pero seguir presos solo pudo ser aliviada por el reencuentro con sus familias y por el apoyo popular que fue, en definitiva, el que permitió esa resolución del juez. “Si no se daba toda esa movida que se hizo por nosotros, todavía estaríamos en el olvido, gracias al apoyo de las agrupaciones de derechos humanos y demás pudimos ir a nuestras casas”, afirma MacDougall. “Sentir todo el apoyo de la gente de afuera fue un cálido abrazo, para tantos días de soledad y encierro, si no hubiera sido por eso hoy en día estaría en una cárcel”, completa Lázzaro.
Como ellos cuentan, la causa en su contra está totalmente armada, con testigos preparados para decir lo que no vieron ni pueden asegurar. “Hicimos una marcha de protesta y se nos acusa de ’coacción agravada’, dicen que pinchamos cubiertas e hicimos bajar a los choferes de los micros, está todo armado entre la UTA y la empresa”, afirman.
MacDougall describe esa alianza antiobrera con precisión. “El empresario tiene mucha plata y muchos micros, a su vez está metido con el Municipio. Y ahí está la UTA también metida”. Y da el un ejemplo concreto sobre el rol de la burocracia sindical: “Si la empresa te da diez días de suspensión, al rato aparece el delegado de UTA y te dice ‘logré que al compañero le den solamente tres días’… ¡¿pero por qué no lograste que no me suspendan ni un día y que no me descuenten ni un peso?! Si yo no hice nada. Son unos sinvergüenzas. Y si averiguás cómo están ellos te das cuenta que tienen propiedades, camionetas 4x4 y en sus cuentas bancarias tienen fortunas”.
Un mensaje para meter miedo
Los exchoferes de la Este saben cuáles son las verdaderas intenciones detrás de sus prisiones. Luego del conflicto de 2016 y 2017 Osmar Corbelli mejoró un poco las condiciones laborales de los choferes, pero sus cuatro causas armadas son una espada de Damocles que empresa, gobierno y sindicato quieren mantener sobre el conjunto de los trabajadores.
“Si bien nuestra lucha generó cambios para los compañeros, nuestra situación les genera mucho miedo. Compartimos meses de lucha con compañeros que ahora ni se acercan a mi casa, ni comparten una simple foto en Facebook porque tienen miedo de ser despedidos”, reflexiona Emanuel.
“Nos usan como mensaje para amedrentar. Compañeros que trabajan en la Este y en otras líneas se sienten amenazados. Quieren meter miedo para que no reclamen, para que se callen la boca y sigan laburando 16 horas en negro. ‘Vos hacé lo que yo te digo, si no te echo a la mierda’, es así”, se lamenta Sebastián.
Pero ellos saben que la lucha no es solo del pasado ni por su libertad, sino que continúa y es por todos. “Cuando éramos choferes nos jodían las movilizaciones, uno quiere llegar a horario y quiere terminar en ese horario”, recuerda MacDougall sobre los piquetes en el centro de La Plata de organizaciones de trabajadores ocupados o desocupados.
“Después nos tocó estar del otro lado, reclamando en la calle por nuestras condiciones de trabajo, nos comimos los palos y 27 días de detención. Pero hay algo que tenemos claro: si tuviéramos que volver a hacer lo que hicimos, lo volveríamos a hacer”, concluyen ambos.
Este viernes a las 18 horas la causa de Sebastián, Emanuel, Pablo y Luciano volverá a estar presente en las calles de La Plata. Una marcha de antorchas convocada por la Comisión por la Libertad de los Ex Choferes de la Linea Este saldrá desde Plaza Moreno y recorrerá el centro de la capital bonaerense, terminando frente a la Gobernación. El reclamo es tan simple como potente: libertad efectiva y desprocesamiento; Garro y Vidal, la “justicia”, la empresa y la UTA son responsables. Allí estará la Izquierda Diario y el PTS en el Frente de Izquierda.

Daniel Satur
Nació en La Plata en 1975. Trabajó en diferentes oficios (tornero, librero, técnico de TV por cable, tapicero y vendedor de varias cosas, desde planes de salud a pastelitos calientes). Estudió periodismo en la UNLP. Ejerce el violento oficio como editor y cronista de La Izquierda Diario. Milita hace más de dos décadas en el Partido de Trabajadores Socialistas (PTS) | IG @saturdaniel X @saturnetroc