Rememoramos al científico que propuso otro modelo de ciencia. Quien señaló su papel en la sociedad y su uso para legitimar diversas estrategias de poder. Recordamos sus ideas, hoy aún vigentes.
Sábado 20 de mayo de 2017
Se nos enseñó, durante demasiado tiempo, que lo científico es aquello tan puro e inmaculado como las blanquísimas batas que los científicos visten, que es complejo como los aparatos que estos manipulan. Y que por ello no todos podemos acceder a sus recovecos. Que es un quehacer individual, apartado de la realidad social. Aprendimos que la ciencia es eso neutro, que en sí misma no tiene intencionalidades, que está desprendida de los intereses económicos y políticos. Se nos inculcó que lo que hace al y lo científico, es el dato objetivo, y por tanto, allí residen su veracidad y su neutralidad. Esta representación estereotípica, arraigada en lo profundo de nuestras concepciones, fundada en las animaciones que nos entretuvieron de niños, reforzada por la enseñanza de la ciencia y el quehacer científico en nuestro trayecto educativo y finalmente rematada por los usos publicitarios de la misma representa, creemos, una visión errónea.
Una de las personas que quebró estos y otros prejuicios fue Stephen Jay Gould. En toda su obra, resalta su visión crítica de la ciencia, trascendiendo las discusiones teóricas de los mecanismos detrás de la evolución de los seres vivos. Una de sus obras, “La vida maravillosa” (1989), muestra la presencia de sesgos ideológicos en los científicos. Gould describió la percepción que muchos científicos de principios del siglo XX tenían en relación a la historia evolutiva de la vida en la tierra, quienes consideraban la vida como un progreso de lo simple a lo complejo en el que, indefectiblemente, el hombre estaba en la cúspide. Décadas después, gracias al estudio de la evidencia fósil, se demostró que la complejidad en el árbol de la vida estuvo presente desde mucho antes de lo pensado y que los seres humanos son una de las tantas ramas que mueren o se ramifican en él.
En la práctica científica y la acción política, Gould criticó el determinismo biológico (encarnado en la sociobiología y la psicología evolutiva) y sus conclusiones. Propuso otra dimensión de análisis del trabajo científico, incorporando el contexto socio-político que impregna al científico, explorando en diversos trabajos la interacción de estos dos factores y su afectación mutua. Abordó desde una mirada compleja no sólo el quehacer científico sino también el impacto social que conlleva la producción de conocimiento, así como el uso del conocimiento científico para justificar políticas racistas, sexistas y cualquier otra forma de dominación y opresión. Desde esta perspectiva se paró en la vereda del frente a la idea de neutralidad y criticó el abuso de la ciencia como una empresa objetiva.
El determinismo biológico para Gould involucra dos falacias: primero, la tendencia a convertir algo abstracto, difícil de cuantificar y determinar, en una entidad medible y en última instancia, física. Segundo, ubicar esta entidad en una escala u orden graduado y ascendente. En otra de sus grandes obras, “La falsa medida del hombre” (1981) se encargó de destruir la idea de que ciertas características del comportamiento humano, como la delincuencia, violencia, homosexualidad, inteligencia o, incluso, la pobreza, están determinadas genéticamente y, por ende, son un destino inevitable. En sus propias palabras: “la evolución humana no está gobernada por procesos y fenómenos biológicos, sino más bien por la cultura de las sociedades”.
Las peligrosas conclusiones del determinismo biológico a las que Gould se opuso aún son fundamentales para justificar y promover las políticas represivas y/o las desigualdades sociales. El determinismo aún encuentra abrigo en diversas formas de pensar instauradas en la sociedad y también en el sistema científico. Evidencias de esto son los estudios de asociación de genes donde, aunque parezca irrisorio, se intenta por ejemplo determinar la heredabilidad genética de la intención de voto u otras conductas. De modo similar, recientemente se ha justificado la violencia letal humana en base a comparaciones con otros mamíferos en un estudio publicado en Nature, una de las principales revistas científicas en el mundo. Un caso local y vigente, emerge del corazón de la UBA. Ricardo Cabrera, profesor de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, justifica en su obra “Sexo Salvaje” (2016, Editorial EUDEBA) la violencia machista desde las bases del comportamiento agresivo en el hombre, que existirían desde el comienzo de las sociedades. Aquí es donde el determinismo biológico se torna peligroso para la sociedad; la violencia y opresión hacia las mujeres no está determinada ni controlada por nuestros genes, tiene su raíz en concepciones e imposiciones sociales que son denunciadas hace más de un siglo. Es necesario repensar y reemplazar estas ideas, a través de abordajes complejos y multidisciplinarios, entendiendo estas problemáticas inmersas en un contexto cultural dado. En este sentido, “Sexo salvaje” constituye sólo un ejemplo de tantos que persisten actualmente en diversos ámbitos. En la construcción de una sociedad justa e igualitaria, es estrictamente necesario interpelar estas ideas.
Este ejercicio, así como la incorporación del contexto en el cual estamos inmersos contribuirá con la búsqueda de una ciencia cuya última finalidad sea la de contribuir a mejorar el entorno social. Para ello, como científicos debemos abrir nuestros descubrimientos a la sociedad tomando un papel activo en la divulgación de nuestras investigaciones. En este momento tomamos conciencia de que, como divulgadores, tenemos un compromiso con la historia en general y con la historia de la ciencia en particular. El divulgador tiene el compromiso de exponer la búsqueda de la verdad mediante una forma específica de conocer el mundo que es hacer ciencia. Una forma repleta de aproximaciones sucesivas, fracasos y éxitos, que construyen un cuerpo de conocimiento siempre dinámico y en constante cambio. Ese compromiso debe ser respetuoso de otros saberes, de otras formas de conocer, porque la ciencia no es acabada, no es fija y no hay que olvidar que descansa en un orden o sistema social y económico, más legitimado y más poderoso que le da forma: el capitalismo.
Finalmente, Gould también propuso que la aparición de la idea de “ciencia neutral” es una herramienta creada con un propósito determinado, dada la evidente utilidad que presenta para distintos grupos de poder. Como ejemplo de esto Gould comenta: “(...) Cuando los eugenistas norteamericanos atribuyeron las causas de “enfermedades de la pobreza” a la “constitución genética inferior” de la gente perteneciente a esta clase, no pudieron proponer otro remedio sistemático más que la esterilización incluso, cuando Joseph Goldberger ya había demostrado que algunas de estas enfermedades, como la pelagra, no eran un trastorno genético sino una consecuencia de la avitaminosis. Finalmente, el ocaso de la vieja eugenesia norteamericana llegó en la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler utilizó los mismos argumentos de los eugenistas para justificar la esterilización y la purificación racial (...)”
A 15 años de la muerte de Stephen Jay Gould destacamos su labor por disminuir la distancia entre el conocimiento que generamos como científicos y la sociedad, por discutir las implicaciones sociales que conlleva la producción de conocimiento, alertarnos acerca de que el conocimiento puede ser utilizado para justificar relaciones de poder y por destacar la no neutralidad de la ciencia, entre otras. Recordando a la comunidad científica que la ciencia es un fenómeno social que implica responsabilidades y, fundamentalmente, que aún existen innumerables manifestaciones del abuso del conocimiento científico como herramienta de validación de políticas opresivas contra las que debemos luchar.