Martes 24 de febrero de 2015
Cualquier historia de chicos abandonados nos conmueve, nos afecta. Pero la de las dos nenas que hace unos días se dio a conocer en Chubut tiene un sesgo diferente.
Porque no se trató de criaturas dejadas en alguna plaza o en alguna puerta de iglesia o a la vera de alguna ruta, no se trató de criaturas a las que se debió dar refugio en algún orfanato u otro albergue de esa índole. Se trató (es decir, se trata) de dos nenas que no dejaron de vivir con sus padres: que vivían todavía con ellos. Y que estaban, no obstante, abandonadas, según vino a establecerlo la resolución judicial de la que se informó en estos días.
Los padres, por así decir, estaban ahí. Pero en grado tal de dejadez, de indolencia, de desgano, de negligencia, de inepcia, de flagrante despreocupación, que hizo falta una intervención pública. Y esa fue la conclusión a la que se llegó: que las dos chicas se encontraban en estado de abandono. Sin echarlas y sin tampoco irse, sin precisar hacer lo uno o lo otro, sus padres las habían abandonado.
Sin ser poco, sin embargo, no era eso lo más grave. En determinados casos, el desentendimiento, aunque brutal, puede ser hasta un alivio. Estos padres, según se estableció, golpeaban además a sus hijas, a manera de castigo, reconvención, correctivo, hábito. Eso hacían: las golpeaban. Lo que vino a dar visibilidad a una circunstancia espantosamente extendida, pero espantosamente velada: la de los padres que, suponiendo que es su derecho, o peor: suponiendo que es su deber, aplican castigos físicos a sus hijos.
Esa violencia doméstica es tal vez la más secreta, la menos expuesta de todas.
Aplicada a quienes se encuentran, por definición, en el punto de máxima vulnerabilidad, los que menos chances tienen de defenderse o de salir a pedir ayuda o de ir a hacer la denuncia a tal o cual entidad, es intolerable y es escandalosa, y sin embargo se tolera, sin embargo no escandaliza. Según parece la proporción de padres que les pegan a sus hijos es alta. Tiene que ver, queda claro, con los casos de hombres golpeadores, que por suerte cada vez más se denuncian, y con los casos de mujeres golpeadoras, que se denuncian mucho menos y acaso siga siendo un tabú.
Esa violencia a menudo no se ve, porque transcurre en el ámbito más o menos hermético de los intramuros de cada hogar. Pero a veces sí se ve, porque se manifiesta en sitios públicos. Otra clase de impunidad se activa entonces: la de la total naturalización. Habrá seguramente una escala para esa naturalización, con su gradación de lo admitido: para algunos, el cinturonazo; para otros, la trompada; para otros, el bife; para otros, el tirón de pelos; para otros, el pellizco; para otros, el chirlo.
Cada cual encontrará el punto en el que su conciencia queda en paz. Pero lo cierto es que el maltrato físico hacia los niños, hasta hace un tiempo validado y hoy repudiado en los ámbitos educativos, conserva pese a todo una relativa legitimidad cuando son papá o mamá quienes lo ejercen. Los chicos están absolutamente en sus manos, esto es, con otras palabras, a su merced.

Martín Kohan
Escritor, ensayista y docente. Entre sus últimos libros publicados de ficción está Fuera de lugar, y entre sus ensayos, 1917.