La muerte de José Maidana, de 28 años, revela la brutal herencia de la precarización. Otra rebelión de los tercerizados. El empresario favorito de Macri sigue ganando millones arriesgando la vida de cientos de trabajadores.

Lucho Aguilar @Lucho_Aguilar2
Sábado 27 de enero de 2018 03:11

Jorge sacude la cabeza y mira el edificio gigante. En la puerta de entrada hay un logo brillante de Edenor; el mismo que lleva el parabrisas de su camioneta. Su camisa de grafa, en cambio, dice Rowing.
Fabián se acerca. Hace 4 años trabaja en la tercerizada de Edenor que esta semana fue protagonista de una trágica noticia. José Maidana, que tenía su misma edad, murió electrocutado en un cable de 13200 voltios en Ituzaingó.
Cuando Fabián dice golpes habla de sus hombros, sus columnas, sus huesos. Habla de sus vidas. “Porque la corriente no te perdona”.
Y señala la puerta.
Así, de a poco, van pintando con crudeza la realidad cotidiana de esos hombres que arriesgan sus vidas y trabajan a destajo para que la ciudad no quede a oscuras.
Por eso, junto a doscientos de sus compañeros esta semana “acamparon” con sus camionetas en la sede de la empresa en el barrio de Belgrano.
Breve historia: ni derrame, ni década ganada
La tercerización en el sistema eléctrico tiene una historia. En 1989 el gobierno de Menem empezó con los retiros voluntarios en SEGBA. Había 22 mil trabajadores eléctricos en la zona metropolitana, todos enrolados en Luz y Fuerza, la inmensa mayoría afiliados. En 1992, cuando se privatiza y fragmenta en 8 empresas, ya eran 18.000. Seis años después, quedaban poco más de 6.000 trabajadores, apenas 4 mil afiliados en un gremio que 1977 había arrinconado a los militares con su “trabajo a desgano” hasta que aparecieron los delegados desparecidos.
El convenio 78/75, que guardaba conquistas históricas, era despedazado. Empezaban los convenios por empresa. La jornada laboral se extendía; se achicaban las categorías, los salarios se ataban a la productividad, se imponía la multifuncionalidad y las formas de contratación también se multiplicaban.
Al golpe a los trabajadores convencionados, se sumaba otro plan: había que precarizarlos y dividirlos aún más. Llegaban “las contratas”, las tercerizadas. Algunas las armaban ex funcionarios. Otras el gremio. Había de los propios gerentes de Edenor y Edesur, las empresas que se habían dividido la distribución y comercialización.
Los despedidos volvían a las escaleras pero con menos derechos. Sus hijos ya empezaban el oficio tercerizados. El convenio del 75 parecía uno de esos tangos que susurraban los viejos en medio de jornadas interminables. Eran los hijos de la derrota. Habían heredado el oficio pero no los derechos.
A fines de los ‘90 Gerardo Martínez (UOCRA) y Oscar Lescano (Luz y Fuerza) firmaban con el Ministerio de Trabajo y las empresas una cláusula para regular el encuadramiento de los tercerizados de la energía. Pero entre bueyes no hay cornadas: la cuota iba para Lescano, pero el sindicato asumía “el compromiso de no modificar o rigidizar las actuales flexibilidades que el contratista mantiene con su personal”.
El siglo XXI dicen que fue el momento de “la recuperación”. Los tercerizados de Rowing, en cambio, lo recuerdan de otra manera.
Juan tiene 60 y le falta poco para jubilarse. “Siempre fue así. Yo estoy desde el 95 en esto. Siempre estuve contratado. Te digo más: en el 2005, crecieron un montón las contratistas. Y siempre lo mismo: había accidentes, se pudría todo, las cerraban y así pasábamos dos años en una, dos años en otra. Por eso muchos ya nos conocemos”.
Aunque algunos trabajadores pasaban a planta, la mayoría de los convenios que se firmaban mantenían las cláusulas de flexibilidad de los ’90.
Javier no se olvida. “Esto no empezó ayer, no te creas. Con el kirchnerismo era igual. Igual”.
En el 2011, luego del asesinato de Mariano Ferreyra, el pase a planta de los ferroviarios y nuevos accidentes en las tercerizadas de Edenor, un sector lograba el pase a convenio. Pero el kirchnerismo enseguida volvía a poner las cosas en orden.
Los jóvenes como José, más allá de los discursos, seguirían entrando a las contratistas como trabajadores de segunda. Contratado por Rowing en 2011, su historia es todo un símbolo de la continuidad de un modelo de precarización y explotación que no conoce interrupciones.
El fusible siempre fueron los trabajadores.
Trabajadores de segunda
25 años después de la privatización, Edenor y Edesur contratan cerca más de 25 tercerizadas, donde trabajan más de 3000 trabajadores. En el interior del país es peor aún: hay provincias como Tucumán donde la mayoría del sector está en esas condiciones.
Pablo está hace 5 años en Rowing y sabe de lo que habla. “Trabajamos a destajo, no tenemos horario. No podés decir “me voy a descansar”. El fraude laboral de la tercerización te lleva a ser obra barata de estas empresas. Y el accidente viene cuando no estás descansado, cuando no tenés los elementos de seguridad”.
Porque los tercerizados no solo ponen su oficio; hasta las herramientas tienen que poner. Las camionetas, las pinzas y llaves. “Yo tengo la llave sin aislar, ¿entendés? Porque la empresa no me la da y yo no puedo comprarla”, cuenta Jorge. “Si tenés una camioneta con grúa mejor. Sino levantás postes al hombro todo el día”.
Además, la tercerización golpea en el bolsillo. “15 mil…16 mil pesos cobran los pibes que están a sueldo. Los que estamos a producción podemos cobrar más, o menos. Porque si llueve no laburás. Y no cobrás. Si estás en planta podés cobrar hasta 45 mil, acá 15 mil. Ellos tienen 45 minutos para cambiar una tapa de medidor, nosotros en ese tiempo capaz hacemos 3 o 4”.
No es un reclamo contra los efectivos. Muchos tienen hermanos o padres que trabajan en planta permanente, y que en los últimos años también han sufrido despidos, precarización y en la última paritaria recibieron un 14% en cuatro cómodas cuotas.
Es una denuncia brutal de la división impuesta a la clase obrera.
“Ahora soy el cordobés”
Stella Maris recibe abrazos todo el tiempo. Son los compañeros de Jorge Sánchez, su compañero, que hace 10 meses murió electrocutado como Maidana.
“A la empresa no le importó lo de este chico. Como Jorge, es un perro más. ¿Sabés que mi marido se había hecho la pala larga? Y el pico. Y se había comprado las herramientas… hasta la cinta aisladora. Tenía el guante corto cuando deben usar dos, y el casco pelado”.
Stella Maris tiene 5 hijos. Este mes le embargaron el sueldo por tercera vez, después de comprarle zapatillas al más chico que tiene 12. ¿Y cómo hacés para vivir con 7560 pesos que cobra como auxiliar de escuela?
¿Cómo haces?
Pero ella no vino a traer preguntas sino a darles fuerza a los que siente sus compañeros. Algunos pibes no aguantan y se tiran a descansar. Stella no afloja. “Ahora yo soy “el cordobés”, estoy en su lugar y voy a luchar hasta las últimas consecuencias, junto a sus compañeros, porque es urgente que les respeten sus derechos, se los reconozca como trabajadores con los mismos derechos y condiciones que los de Edenor”.
Cuando algunos dudan ella pide la palabra. “Si le creemos a la empresa en un par de meses vamos a tener que estar acá por otro de ustedes”.
Ellos la miran y asienten.
Un negocio oscuro
Rowing es una empresa de “servicios industriales” fundada en 1946, que se fue expandiendo a otros rubros. Gerenciada por la familia Román, con nuevos socios, creció como contratista de otras empresas.
En su sitio, la empresa revela cuál es la filosofía que la guía: “consideramos que nuestros recursos humanos son nuestro principal capital; debido a ello hacemos partícipes a nuestros colaboradores de los objetivos empresarios propuestos, procurando compatibilizar sus expectativas de realización personal con dichos logros”.
Los “recursos humanos” que se acercaron esta semana a la sede de Edenor no estarían muy de acuerdo con la afirmación de Rowing SA. Ni que “sus expectativas de realización personal” (o colectiva) estarían siendo compatibles con “los logros de la empresa”.
Según la AFIP, Rowing figura en el tramo de empresas que facturan entre $250 millones y $1.000 millones anuales.
Desde hace años brinda no solo servicios a Edenor, sino también a Edesur y otras empresas del sector.
Edenor tiene aún más motivos para creerse con impunidad para precarizar y arriesgar la vida de los trabajadores eléctricos. Su dueño, Marcelo Mindlin, es uno de los empresarios favoritos de Mauricio Macri. Mientas José Maidana moría electrocutado Mindlin viajaba con el presidente por Rusia, Davos y Francia. Allí fueron a ofrecer negocios a las multinacionales de los servicios. Hace poco, en un sospechoso negocio, compró una de las principales constructoras del país (IECSA), que era del primo del presidente, Angelo Calcaterra.
Pero no es que le fue mal durante el kirchnerismo. No solo se benefició con la continuidad de la precarización laboral “menemista”. En esa década su grupo, Pampa Energía, ganó terreno en los sectores de generación, trasmisión y distribución. No solo de electricidad sino también de gas y petróleo. En 2015, el último año de gobierno kirchnerista, la compañía tuvo ganancias por 3.484 millones de pesos.
Se ve que Mindlin aprendió del viejo dirigente de Luz y Fuerza, Lescano, autor de una de las frases emblemáticas del sindicalismo peronista: “si nosotros siempre fuimos oficialistas”.
Con los tarifazos, las empresas del sector sumaron ganancias a las que ya les daban los subsidios. Sin embargo, el servicio sigue siendo pésimo. Según el propio Ministerio de Energía, ocupado por ex gerentes de empresas de energía empezando por el petrolero Aranguren, en diciembre de 2017 los usuarios perjudicados por los cortes de luz aumentaron un 49% en relación al año anterior.
Está claro: acá los únicos perdedores son los usuarios y los trabajadores.
Un grito de igualdad
Juan, que tiene más años, cuenta sin vueltas cómo se cuidan. “Cuando un compañero queda pegado tiramos del ‘cabo de vida’ para tratar de zafarlo, o lo levantás con una escalera como si fuese un peso muerto, y cuando lo enganchás la soltás”. Es difícil escucharlo.
Como impacta ver a Stella Maris, a los viejos y los jóvenes, levantando un cartel que dice “Nuestras vidas valen más que sus ganancias”. Para ellos es sencilla de explicar. Sienten “la consigna” en carne propia.
También lo sienten otros trabajadores que se acercan a solidarizarse. En Rowing saben que es una pelea difícil y dicen que “esta lucha se gana entre todos”. Por eso se alegran al verlos llegar, de otras contratistas como Luminotec, de Secco y Edesur. Porque saben de qué hablan. Igual que los tercerizados telefónicos o del gas que el último año perdieron la vida.
Ellos los que manejan las palancas que hacen funcionar la ciudad. Si un día deciden bajarla para que se escuche su grito de libertad nadie podrá negarlos. Si se unen con otros trabajadores, como los que ahora resisten los despidos, no habrá fuerza capaz de detenerlos.
La pelea de Rowing, más allá del round de esta semana, va a continuar.

Lucho Aguilar
Nacido en Entre Ríos en 1975. Es periodista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001. Editor general de la sección Mundo Obrero de La Izquierda Diario.