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Literatura. Tierras del sur: viajes y escrituras

En el marco de la “Cátedra del Sur”, instancia de reflexión e intercambio de autores de África, Australia y América Latina, la escritora argentina leyó el siguiente texto, cedido gentilmente para su publicación en La Izquierda Diario.

Tununa Mercado Escritora

Jueves 30 de abril de 2015

Varios hechos inesperados rodean mi participación en esta mesa. Inesperada elección de mi nombre. Inesperado encuentro con escritores del otro lado del mundo. Inesperadamente, de pronto, tuve que pensar en el Sur desde el borde de una cornisa más allá de la cual estaba el abismo. El sur para mí fue durante mucho tiempo un punto cardinal marcado por la melancolía y el extrañamiento. Cuando la Cruz del Sur no estaba en los cielos que se abrían a mi mirada, ya fuera en México o en Europa. Por un golpe de dados, sin ninguna previsión y también sin provisiones para mi sustento, la Universidad de San Martín encamina mi mirada hacia un sur desconocido: Australia. Juntar “dos sures”. Quiere la geografía que el nuestro sea la Patagonia, tierra otrora incógnita que progresivamente modeló el imaginario de algunos escritores argentinos. Gran tentación la de buscar orígenes en el silencio del desierto atravesado sólo por el sonido de los vientos. Poderosa atracción de unas costas con animales elefantiásicos o de una cordillera de nieves y fuegos eternos.

Magallanes entrando en el Río de la Plata, desechándolo para buscar el paso hacia el Pacífico cobija al primer cronista del Sur, Antonio Pigafetta, cuyo diario de viaje capta la imagen de nuestro ancestro:

“Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes del país.

Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El comandante envió a tierra a uno de los marineros con orden de que hiciese las mismas demostraciones en señal de amistad y de paz: lo que fue tan bien comprendido que el gigante se dejó tranquilamente conducir a una pequeña isla a que había abordado el comandante. Yo también con varios otros me hallaba allí. Al vernos, manifestó mucha admiración, y levantando un dedo hacia lo alto, quería sin duda significarnos que pensaba que habíamos descendido del cielo. Este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura. Era bien formado, con el rostro ancho y teñido de rojo, con los ojos circulados de amarillo, y con dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, que eran escasos, parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor, su capa, era de pieles cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de verlo después. Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita. Este hombre tenía también una especie de calzado hecho de la misma piel. Llevaba en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, un poco más gruesa que la de un laúd, había sido fabricada de una tripa del mismo animal; y en la otra mano, flechas de caña, cortas, en uno de cuyos extremos tenían plumas, como las que nosotros usamos, y en el otro, en lugar de hierro, la punta de una piedra de chispa, matizada de blanco y negro. De la misma especie de pedernal fabrican utensilios cortantes para trabajar la madera. El comandante en jefe mandó darle de comer y de beber, y entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante, que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por vez primera veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás de él.”

Héctor Libertella, gran descubridor, recreó esa crónica en varios de sus textos.

Ese gigante, ese patagón, y los otros indios o aborígenes –pueblos originarios, es la designación que ahora se estila– redescubierto por mí en estos días es el antecesor que elijo: músico, danzante, hombre imponente, descubre una imagen en el espejo y alcanza un estadio constitutivo del ser. Es mi inconsciente el que se reconoce, si el inconsciente pudiera hacer la operación del reconocimiento, en esa imagen inaugural de la especie.

El género “fantástico” que ambicionan nuestros escritores y que García Márquez coronó con su obra, subyace en nosotros, casi se diría como una categoría del espíritu. Una vez más Pigafetta:

“De camino, nuestro viejo piloto moluqués nos contó que en estos parajes hay una isla llamada Amcheto, cuyos habitantes, tanto hombres como mujeres, no pasan de un codo de alto y que tienen las orejas tan largas como todo el cuerpo, de manera que cuando se acuestan una les sirve de colchón y la otra de frazada. Andan rapados y desnudos. Su voz es áspera; corren con mucha rapidez, habitan debajo de tierra y se alimentan de pescado y de una especie de fruta que encuentran entre la corteza y la parte leñosa de cierto árbol. Esta fruta, que es blanca y redonda como los confites de cilantro, la llaman ambulón.”

El otro sur, al que me conducen Coetzee, Nicholas Jose y Gail Jones es mi nuevo territorio. Mi crónica es de la lectura de sus obras: soy la mujer de la edad de hierro, el hombre lento, el chino del cuchillo, el vigía en el basural, la mujer que recupera su amante o el hombre vendedor de helados cuya muerte se intuye. Esos nuevos seres sureños, sujetos de desplazamientos teutónicos, migrantes bajo cielos prestados y perdidos, han entrado en mi vida con sus animales, sus bosques, sus caminos y sus mares. Quiero migrar hacia sus tierras.

* Texto leído el 17 de abril, en el marco del seminario “La literatura de Australia”, de la Universidad Nacional de San Martín, en una mesa coordinada por el escritor sudafricano J.M. Coetzee, junto a los escritores australianos Gail Jones y Nicholas Jose, y la participación del argentino Luis Chitarroni.