El descontento por los tarifazos se sigue manifestando entre los estudiantes terciarios, el #Ruidazo sigue sonando entre los Corresponsales LID que quieren hacerse oír.
Miércoles 27 de julio de 2016 10:44
Soy estudiante de un profesorado terciario estatal, trabajadora en el rubro de diseño y vecina del barrio de Once. Aprovecho el espacio cedido por La Izquierda Diario para compartir mi repudio a los tarifazos que está llevando a cabo el gobierno macrista.
Vivo con una amiga -único modo de poder abandonar la casa paterna- y pese a compartir los gastos, ambas notamos cómo nuestro poder adquisitivo disminuyó sobremanera. En el mes de mayo conseguí un magro aumento para poder hacer frente a las boletas que se venían. Es decir, un aumento que solo servía para poder pagar facturas y nada más que eso.
Inevitablemente mi calidad de vida disminuyó teniendo que destinar casi todo mi salario al pago de servicios, transporte público y alimentos. Sobrar, sobra muy poco. La capacidad de ahorro, nula. Para poder darme un gusto sé que el precio es el de abrigarme en casa y llevar todos los días arroz al trabajo. Pese a todo, sé que son demasiados los que la tienen mucho peor.
Creo firmemente que la verdadera solución no se trata de, cómo aconsejan medios de comunicación afines al gobierno, difundir métodos de ahorro. Sí he implementado medidas paliativas -como la compra de bolsones de verduras para hacer más variada mi dieta-. Pero lo paliativo atenúa, no resuelve.
Desde mi lugar como estudiante y trabajadora creo que lo mejor que se puede hacer es denunciar el atropello del Estado, cómplice del empresariado. Uno de los modos es saliendo a las calles, como tarea básica y primordial. Más aún cuando los medios oficiales hagan de cuenta que nadie se manifiesta en ningún lado porque nada pasa.
Por eso cuando supe de la convocatoria a un ruidazo a modo de protesta contra el tarifazo supe que tenía que asistir, encontrara acompañantes o no. Sin dudas, el ruidazo era una necesaria oportunidad para hacer de la disconformidad un acto de repudio visible y colectivo.
Fue realmente gratificante poder tocar mi parte en esa orquesta del barullo que es la protesta social. Bajo la lluvia, sí; pero rodeada de pares que se hacían notar al son de tapas de ollas, fuentes de comida, vuvuzelas, silbatos, bombos y platillos, latas de cerveza, y palmas. Qué mejor remedio a la queja infértil que se brama frente a la computadora al leer noticias nefastas.
Cuando volvía de la manifestación, me acordé de una entrevista que le hicieron a Bayer este año en la que remarcó la importancia de alzar la voz, de salir a las calles, como modo indiscutido de arremeter contra este gobierno que nos la va a hacer particularmente difícil. Más atrás en la historia, pero no tanto, recordé los cacerolazos de 2001 y 2002. El cacerolazo como respuesta de muchos, ya no la utilización bastardeada que tuvo este último tiempo. Si hay tantas Essen presentes es difícil catalogarlo como cacerolazo.
Perjudicados hay muchos, algunos aún sin avivarse; otros, escondidos. Por eso espero que en el próximo ruidazo seamos más participantes haciendo ruido, poniéndole el cuerpo, aprovechando la ocasión de salir a la calle.