Hoy en día la precarización laboral es una realidad para la gran mayoría de los trabajadores y las trabajadoras de México.
Martes 29 de agosto de 2017
De los países que pertenecen a la OCDE, México es el país que tiene el salario mínimo más bajo y también es en el que más horas se laboran a la semana.
De la clase trabajadora, son las mujeres las que más expuestas están a la realidad de la precarización laboral, según números de ONU Mujeres en el 2014 había un 18% más de mujeres pobres que hombres, actualmente la tasa de desempleo de mujeres es un 50% mayor que la de los hombres, mientras que la brecha salarial en trabajos que requieren alto nivel profesional es de 11% y en los trabajos que exigen sólo una educación primaria, la diferencia salarial oscila en un 34% entre hombres y mujeres.
Además de los miserables e insuficientes salarios que perciben las mujeres trabajadoras, éstas le dedican entre 33 y 41 horas semanales a las tareas domésticas.
Por otro lado, del conjunto de las mujeres, son las más pobres las que se enfrentan cotidianamente a las expresiones más crudas de las violencias machistas, siendo ellas las que enfrentan diariamente el hostigamiento laboral, las dificultades e incluso la muerte por abortos clandestinos o violencia obstétrica, así como el aumento acelerado de los feminicidios que a diario se cobra la vida de 7 mujeres.
Recientemente Forbes publicó un artículo escrito por la Directora Regional de ONU Mujeres en las Américas y el Caribe, Luiza Carvalho, afirmando que los hogares encabezados por mujeres son más proclives a la pobreza por la desigualdad de género y presentando las estrategias de la ONU para darle solución a esta problemática.
Para Carvalho la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres radica en la necesidad de “conseguir sociedades pacíficas, prósperas y sostenibles”. Plantea también que entre otras, las estrategias de ONU Mujeres para acabar con la desigualdad de género y “avanzar en el empoderamiento económico de todas las mujeres” son “reducir y redistribuir el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado; avanzar en la construcción de sistemas de protección social universal con enfoque de género; crear más y mejores empleos y transformar el trabajo en favor de los derechos de las mujeres; y contener los efectos adversos de la desaceleración económica en la igualdad de género.”
La realidad es que las condiciones de opresión, violencia y explotación que sufre la gran mayoría de las mujeres, no son casuales ni mucho menos naturales. Como bien afirmaron las funconarias de ONU Mujeres Chile en su informe Progreso de las Mujeres en América Latina y el Caribe 2017, el pasado 5 de julio, “las limitaciones que enfrentan las mujeres tienen su origen en desigualdades históricamente enraizadas en la sociedad”. Pero la cosa es más compleja, la subordinación histórica de la mujer responde a intereses económicos.
Detrás del trabajo doméstico que en el hogar es visto como una estricta obligación de la mujer, está el interés de los patrones por ahorrarse el costo de la reproducción del trabajo, esto es, de las condiciones necesarias para que trabajadores y trabajadoras asistan a sus centros de trabajo cotidianamente; el lavado de la ropa, preparar la comida, cuidar a los hijos, etc.
Detrás de la ilegalidad del aborto, –donde lo sigue siendo– y de sus dificultades para practicarlo en donde ya es legal, está la idea de que las mujeres, –pero sobre todo las trabajadoras– obligatoriamente debemos ser madres, para así traer al mundo más mano de obra.
La brecha salarial ha servido históricamente para dividir a la clase trabajadora y para presionar el salario a la baja, esto significa que, si algún trabajador no está dispuesto a aceptar un salario de miseria por un trabajo con deplorables condiciones laborales, siempre habrá un ejército de reserva de mujeres dispuesto a aceptarlo por un salario incluso menor.
Y por último, los feminicidios que sirven como disciplinamiento hacia las mujeres, para recordarnos que nuestro lugar esta en la casa y no fuera de ella; y al conjunto del pueblo trabajador, llenándolo de miedo y dividiéndolo.
Resulta difícil, si no es que imposible que organizaciones como ONU Mujeres sean capaces de darle salida a esta cruenta realidad. Por un lado porque es la ONU una de las principales organizaciones que impulsa los planes de encarecimiento y privatización de los servicios públicos en todo el mundo, además de estar metida hasta el cuello en las guerras desatadas en Medio Oriente y esto deja sin credibilidad alguna sobre su aparente voluntad por “conseguir sociedades pacíficas, prósperas y sostenibles”.
Por otro lado, la violencia y la desigualdad de género no tendrán fin si no es como resultado de la organización de las más oprimidas y explotadas, en alianza con los trabajadores y la juventud, luchando para conseguir derechos como el aborto libre seguro y gratuito, el fin a la brecha salarial y para conseguir guarderías gratuitas para todas las trabajadoras. Todo ello en la lucha de las mujeres para estar en mejores condiciones y así poder acabar con este sistema que sigue sometiendo a las grandes mayorías a la precarización laboral, la violencia machista y el feminicidio.