La lucha cotidiana contra una patronal negrera que no duda en explotar jóvenes hasta que no den mas sus espaldas o estar un año sin hacer los aportes a la obra social.

Luigi Morris @LuigiWMorris
Domingo 2 de julio de 2017 13:02
La cita fue a las 13 horas, un sábado soleado, en el centro de la ciudad de Córdoba. Recién terminaban su semana laboral. No traían uniforme de trabajo, pero sus rostros y manos curtidas no dejaban dudas de que eran ellos al entrar. En sus miradas se notan los más de 40 años con que cargan, pero sus sonrisas dan cuenta de la alegría por haber fichado la salida para que finalmente arranque el finde.
Pizza y birra mediante, Óscar y Mario se disponen a contar su historia, de esas que no salen en los grandes medios, pero que son expresión de esa lucha de clases cotidiana y silenciosa que viven los trabajadores. Ambos trabajan en el sector de mantenimiento de Molinos Minetti en San José, en el barrio Altos de Vélez Sarsfield de la ciudad de Córdoba. Los Minetti, además de la actividad molinera también tienen empresas importantes en otros rubros: alcohol, azúcar y limón.
Oscar es cordobés, trabaja en la empresa desde el 2006 en el sector de mantenimiento y su tarea está relacionada con la electricidad. Hay días que tiene que hacer operaciones preventivas y otros en los que tiene que correr de acá para allá solucionando problemas. Vive en las afueras de la capital cordobesa, en Malagueño, con su pareja y dos hijos en la casa de su familia mientras construyen una propia. El viaje al laburo le lleva una hora y media de ida y lo mismo de vuelta, aunque estos tiempos varían según la actividad escolar y recreativa de sus hijos.
Mario nació en Mendoza y se vino a Córdoba a los 23 años. Vive con su mujer y tres hijos a 10 km de la capital, en La Calera. Allí está terminando de pagar y construir una casita que adquirió a través de una cooperativa. Trabaja en Minetti desde el 2012 y su sector es el de carpintería. Realiza todo tipo de trabajo con madera para la molinera, en especial la que se usa para tamizar. También invierte tiempo y energías en construir su casa. Amante de deportes como el yudo y parapente, dejó de ir en bici al laburo porque terminaba muy cansado y volvió al viaje de hora y media que demoran los dos colectivos que se toma para llegar.
Ninguno se metía en política ni conocía a la izquierda. Sus primeros pasos en organizarse, los dieron porque estaban hartos de los atropellos de la patronal. A medida que avanzaba su lucha se encontraban con partidos y organizaciones de izquierda que solidarizaban. Un día, vieron que estaban metidos de lleno y pasarían a reconocerse como “activistas”, cuestión que significó un cambio en sus vidas hasta el día de hoy.
La actual planta puede fraccionar 350 toneladas por día. La empresa de capitales nacionales, construyó su poderío descargando todo el peso sobre las espaldas de sus trabajadores. Son cientos los que entraron en los últimos 10 años a la molinera con expectativas de tener un trabajo estable, pero fueron empleados bajo la modalidad de “contratados”.
Entrarían en el puesto de “carga” y el contrato con la empresa duraría lo que soporten sus espaldas. Oscar cuenta que sus compañeros “se lastimaban pero venían igual a trabajar, con problemas de salud”. Mario agrega que “aquellos que se tomaban carpeta médica eran despedidos inmediatamente”. Una vez que sus brazos dejaban de poder levantar los bolsones de kilos de harina, eran descartados y reemplazados por huesos y músculos sanos. Los despedidos arrastrarán ese dolor por años teniendo que evitar trabajos pesados. Los que sobrevivieron los primeros años, pasarían de apretar sus puños entre dientes a levantar la cabeza y alzar su voz. El 2015 marcaría un antes y un después en la historia de la planta.
Por otro lado, en el sector minoritario de trabajadores efectivos, Oscar y Mario eran parte de un grupo de trabajadores que se organizaba clandestinamente. Mario recuerda que hacían volantes anónimos, que los pasaban entre los de confianza para que los dejen en lugares donde se juntaban sus compañeros. Si los delegados, “muy evidentemente pro patronales”, o la empresa, los hubieran descubierto, hoy no estarían trabajando. Paso a paso, fueron empalmando con compañeros que compartían los mismos reclamos. Oscar cuenta que el trabajo tras la cortinas, “se combinaba con intervenciones muy pensadas en las asambleas”. Tiempo después, a los problemas de salarios, se le sumaba un fraude enorme. Se había destapado la olla y saltó la ficha de que la empresa, de gran importancia nacional, no realizaba los aportes jubilatorios ni a la obra social hacía 14 meses.
En el año 2015, los contratados (70% de la fábrica) y efectivos sellaban un pacto: unidad de los trabajadores. Ambos iban a unificar sus reclamos y sostener la lucha hasta que el conjunto consiga sus reivindicaciones. Unos pedían trabajo efectivo para todos, los otros, el pago de lo adeudado.
Mientras se hacían cada vez más firmes los reclamos de efectivos y contratados, después de cuatro meses, la empresa respondió con 35 despidos (17 efectivos y 14 contratados). La lucha por la reincorporación duró 20 días, incluyó asambleas, cortes, paros, ocupación de la planta y otras medidas. La fuerza de los trabajadores eral tal, que le impusieron al sindicato que no firme absolutamente nada sin antes tener la aprobación de una asamblea. El triunfo era en todas las líneas, todos fueron reincorporados y le arrancaron el compromiso de efectivizar en tandas a los trabajadores contratados encuadrados como eventuales. Después de unos meses, todos quedaron efectivos: Un triunfo histórico.
Pararse sobre lo conquistado para ir por más
Ahora, los pibes de veintipico que están en los puestos más duros, ya no son desechados como material descartable. Sin embargo, aún queda mucho por pelear, ya que la empresa no cambia las condiciones laborales que devora espaldas. Al ser efectivos, “no tienen que venir a trabajar rotos ni lastimados” remarca Oscar. Las licencias que se toman para mejorar relativamente su salud engrosan el ausentismo que la empresa denuncia cínicamente. Lo que antes expulsaban de la empresa, ahora buscan taparlo desligándose de responsabilidades.
En Córdoba, la lucha de las mujeres tiene un importante protagonismo. Se vio en la calles alrededor de las convocatorias por #NiUnaMenos y hace poco las “trolebuseras” marcaban con su sello la histórica huelga de choferes de colectivos. La lucha de los obreros de Minetti (sólo trabajan varones en el molinero), contó con la Comisión de Mujeres que se organizó entre los familiares para fortalecer la pelea.
Una de sus miembros es Natalia, compañera de Oscar, quien destaca que “la formación de la comisión fue una manera muy importante de acompañar y participar en el conflicto. Acercar a la familia en conflicto y poder ser una ayuda en lo que necesitaran”. En la familia de Mario, siempre está presente la lucha de los docentes a través de su compañera maestra, que tiene que lidiar con los descuentos que les hace el gobierno por los días de paro.
Alrededor de la campaña de trabajar 6 horas, 5 días a la semana impulsada por el PTS en el Frente de Izquierda, Mario trae al presente la lucha de los mártires de Chicago: “Cuando se hablaba de las 8 horas, se hablaba de 8 horas para el trabajo, 8 horas para el descanso y 8 horas para hacer lo que quieras. Pero no existe eso”. Su cuerpo es testigo de que las 8 horas de trabajo son “mentirosas”. Si se suma el tiempo de viaje, prácticamente son 12 horas las que consume el trabajo. “El cansancio con que llega uno a casa hace que no te queden ánimos de hacer otras cosas”.
Hace más de 80 años que se logró las 8 horas y en todo este tiempo avanzó la tecnología, sin embargo fue en beneficio de los patrones. El obrero sigue trabajando las 8 horas o más
Hace años Mario también habla sobre esto con sus compañeros de trabajo. La necesidad de trabajar menos es algo real, sino “uno vive para laburar”. Lograr tal objetivo no será fácil ni a corto plazo, pero le parece “muy bueno que se plantee el debate, que se empiece a hablar más es algo necesario”. La idea le corre por las venas y profundiza: “hace más de 80 años que se logró las 8 horas y en todo este tiempo avanzó la tecnología, sin embargo fue en beneficio de los patrones. El obrero sigue trabajando las 8 horas o más”. A pesar de haber logrado importantes conquistas gremiales, opina que eso no alcanza y “es importante hacer énfasis en mejorar la calidad de vida”. “Trabajar menos implica que vas a tener más energías para el otro día, hacer otras actividades. Tener más tiempo fuera del trabajo es fundamental. No hay un respiro para dedicarse a disfrutar de la vida” concluyó Mario.
Oscar, comparte la reflexión y agrega: “si trabajamos seis horas podría hacer cosas que me gustan, como la arquería, hacer cerveza artesanal, estar con mi familia y también estar al pedo en casa, tirarme a ver una pelí, olvidarme un poco del estrés del trabajo. No le podemos dedicar nuestra vida al trabajo”.
Además de la jornada laboral y el viaje, hay otra cosa que le consume tiempo y energías: terminar la casa. “Ni siquiera cuento con vacaciones, ese tiempo lo tuve que aprovechar para avanzar la construcción en la casa sino mientras trabajo es durísimo”.
Te quieren hacer creer que el trabajo dignifica, pero ese es un cuento viejo, a mí me dignifican otras cosas. Me sentiría realizado pintando. En Minetti demostramos que sí se puede, se puede luchar por una mejor vida
Alza la vista y mientras observa un cuadro colgado en la pared, continúa hablando. "Te quieren hacer creer que el trabajo dignifica, pero ese es un cuento viejo, a mí me dignifican otras cosas. Me sentiría realizado pintando. En Minetti demostramos que sí se puede, se puede luchar por una mejor vida”.
Su experiencia en Minetti, salir a cortar las calles, viajar a un encuentro obrero en la gráfica MadyGraf controlada por sus propios trabajadores, conocer otros sectores en lucha, todo le era nuevo y según cuenta, todo esto lo hizo “cambiar bastante”. Hace poco se sumó a militar en el PTS. Mario, si bien adhiere a muchas de las ideas de izquierda, todavía no se quiere sumar a ningún partido. Ambos quieren poner las ideas por delante, combatir la pasividad que hay en el movimiento obrero, pelear por lo urgente pero también para cuestionar la vida a la que el capitalismo empuja a millones. Sin lugar a dudas, esta historia tendrá sus nuevos capítulos en la tierra del Cordobazo.