Aunque las heridas siguen abiertas, Donald Trump fue nominado oficialmente como candidato a presidente. El magnate se presentó como el candidato de "la ley y el orden".

Celeste Murillo @rompe_teclas
Viernes 22 de julio de 2016
Fotografía: EFE
La convención republicana cerró su última jornada con la nominación oficial de Donald Trump como candidato a presidente. Los intentos de parte del establishment del partido para frenar la candidatura del multimillonario fracasaron uno tras otro. Pero las heridas siguen abiertas, el partido marcha dividido a las elecciones de noviembre.
Después de tres días de convención, el partido Republicano consagró la fórmula Donald Trump-Mike Pence. El martes, después de algunos intentos opositores por obstaculizar la nominación y dejar asentada su negativa, se confirmaron los votos de todos los estados.
Trump llegó a la Convención sin apoyo del partido pero habiéndose convertido en el candidato más votado en una interna republicana. Su discurso con altas dosis de populismo de derecha, xenofobia y patrioterismo, se transformó en el vocero de la base de derecha del partido que se siente cada vez más lejos de la elite política.
Heridas que no cierran
Las primarias estuvieron cruzadas por un mensaje antiestablishment, que golpeó tanto al partido Demócrata como al Republicano. Pero a diferencia del Demócrata, que logró canalizar el descontento dentro del partido (en gran parte, gracias a la decisión de Bernie Sanders de presentarse en la interna), la crisis del partido Republicano se ha profundizado.
Cabe recordar que antes del “terremoto” que significó Trump para los republicanos, el partido ya había sufrido el “cisma” del Tea Party. En 2010, la emergencia del movimiento de derecha conservadora había amenazado con desestabilizar al partido. Aunque en ese momento, la dirección republicana consiguió mantener al Tea Party dentro del partido, la herida se reabrió y profundizó con la candidatura de Trump.
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Los intentos de frenar la candidatura de Trump fracasaron y terminaron reduciéndose a gestos impotentes dentro de la convención: la ausencia de figuras clave del ala centro, como Mitt Romney y George W. Bush, excandidato y expresidente respectivamente, o las declaraciones de asesores de política exterior de que preferían votar por Hillary Clinton antes que por Trump.
El propio Ted Cruz, excandidato de la derecha evangélica y -paradójicamente- la última esperanza del establishment republicano en las internas de 2016, se abstuvo de apoyar explícitamente a Trump en la convención. Su negativa provocó abucheos y fue quizás una de las últimas escenas de resistencia contra el magnate.
La ausencia de grandes figuras y la resistencia de sectores de la dirección del partido (cuyo exponente más visible fue el líder del bloque legislativo, Paul Ryan) transformó al clan Trump en las estrellas de la convención, los encargados de presentar al millonario como un artífice de su propio triunfo y un candidato “compasivo”, sensible y capaz de ver las necesidades de la gente.
Discursos y enemigos
Los discursos de la convención republicana sirvieron en parte de adelanto de lo que será la campaña presidencial, signada por la retórica populista que busca explotar prejuicios como el racismo, la homofobia y la xenofobia, y capitalizar el descontento que existe con la elite política y financiera que ha favorecido a los bancos y las grandes empresas mientras los trabajadores y los pobres soportan las peores consecuencias de la crisis económica desatada en 2008.
Al margen del papelón del plagio de Melania Trump, sobresalieron discursos como el de Rudolph Giuliani. El popular exalcalde republicano de Nueva York, famoso por su política de “tolerancia cero” y su retórica “antiterrorista” dijo que “Donald Trump es un agente de cambio y es el líder que necesitamos para lograrlo”.
Sin estar presentes, Hillary Clinton y Barack Obama fueron grandes protagonistas de la noche. Si hay algo en lo que coinciden Trump y muchos republicanos es en explotar la desconfianza que inspira la figura de Clinton y la frustración que representa el gobierno de Obama en muchos votantes. Son ellos hacia quienes Trump intentará dirigirse en su campaña. Otro tanto recayó sobre el candidato a vicepresidente Mike Pence (gobernador de Indiana), que intentará apuntalar la fórmula en sectores de la derecha cristiana y tratará de tender puentes con Washington, que ha sido (y amenaza con seguir siéndolo) esquivo a Trump.
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Trump, el líder del cambio
Los oradores que precedieron a Trump el último día buscaron expresar los objetivos y las expectativas que encierra su candidatura. Se presentó al magnate como el líder que entiende las necesidades y deseos de la gente que quiere que “Estados Unidos vuelva a ser grande”, como reza el eslogan de la campaña.
Trump subió al escenario y aceptó humilde y agradecidamente, según sus palabras, la nominación. “Seremos un país de la ley y el orden”, dijo al referirse a los hechos de las últimas semanas, especialmente a los tiroteos donde resultaron muertos efectivos de la Policía.
En su discurso subrayó las consecuencias de la política exterior de Obama y Clinton que describió como un “legado de muerte, destrucción y debilidad”, mientras el público coreaba que la derrotarán en noviembre. Y lo más temido para gran parte del establishment, Trump insistió en su política exterior aislacionista, señalando que “el pueblo de Estados Unidos será una prioridad” y que su gobierno estará guiado por “Americanismo y no globalismo”.
Si las elecciones primarias estuvieron atravesadas por la crisis del bipartidismo y el impacto del descontento con el establishment político, la campaña presidencial se desarrolla en medio de las crecientes tensiones sociales y políticas generadas por las ejecuciones racistas de la Policía de Alton Sterling en Baton Rouge (Luisiana) y Philando Castile en St. Paul (Minnesota), que reavivaron las protestas contra el racismo y la brutalidad policial.
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La semana próxima, después de que la convención demócrata consagre a Hillary Clinton como al candidata a la presidencia empezará oficialmente la campaña hacia las elecciones generales de noviembre. Será sin duda una campaña cruzada por la polarización, con dos candidatos cuya impopularidad supera el 50 por ciento. Las encuestas, que se han transformado en una montaña rusa, ubican hoy a Clinton en un triunfo ajustado sobre Trump. Pero es demasiado pronto para apostar un resultado; lo que es seguro es que noviembre será un nuevo episodio de la crisis del bipartidismo estadounidense.

Celeste Murillo
Columnista de cultura y géneros en el programa de radio El Círculo Rojo.