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Red Internacional
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GOLFO DE OMAN. Trump sigue echando gasolina sobre las tensiones en Medio Oriente

El jueves fueron atacados dos buques petroleros a pocos kilómetros de las costas de Irán y Donald Trump culpó inmediatamente al país persa elevando la tensión en la región.

Martes 18 de junio de 2019

Que el Medio Oriente es una región altamente inflamable no es ninguna novedad. Sin embargo, por estos días no se trata solo de una metáfora. El pasado jueves dos buques petroleros, uno de propiedad noruega y el otro operado por Japón, sufrieron un ataque cerca del estratégico estrecho de Ormuz, a pocos kilómetros de las costas iraníes. Con las densas columnas de humo de fondo, se tejen todo tipo de especulaciones y también de operaciones (geo)políticas que involucran además de los actores protagónicos -Estados Unidos e Irán- a un amplio espectro de actores de reparto con intereses muy diversos en juego como la Unión Europea, Japón, China, Rusia, Arabia Saudita e Israel.

En un clima de creciente hostilidad, el incidente encendió las alarmas en los mercados que respondieron con una suba inicial del precio del petróleo cercana al 4% aunque luego cedió terreno. Alrededor de un tercio del tráfico internacional de crudo y gas licuado – en particular hacia Japón , China e India- pasa por el estrecho de Ormuz, una vía marítima de poco más de 3 km de ancho, que se abre paso entre Irán y Oman. Teóricamente, Irán tendría la capacidad de bloquearlo como respuesta al ahogo al que lo somete las sanciones impuestas por Trump. Pero en la práctica eso parece mucho más difícil. Empezando porque Estados Unidos protege esta arteria marítima vital con la V Flota, que tiene su comando central en Bahrein.

No es la primera vez en la historia que los barcos petroleros comerciales son blancos de ataques militares. Como subproducto de la guerra Irán-Irak, a mediados de la década de 1980 se hundieron o dañaron alrededor de 550 buques en aguas próximas al estrecho, lo que fue seguido por un par de años largos de turbulencias en los mercados energéticos. Aunque hoy el impacto no es el mismo porque el shale (petróleo de esquisto) transformó los mercados y le dio a Estados Unidos una mayor autonomía, las consecuencias se harían sentir en la economía internacional.

Pero por el momento el mayor impacto es en la esfera de la política internacional.

Los ataques coincidieron con la presencia del primer ministro de Japón, Shinzo Abe, que estaba de visita en Teherán en son de paz, llevando supuestamente un mensaje negociador de Trump. Pero su misión, como el petrolero japonés, fue consumida por las llamas. Es probable que la próxima vez que Trump le encargue un recado, Abe lo piense dos veces.

Los que especulan que fue obra de Irán invocan a favor de su hipótesis el sentido de la oportunidad: según esta interpretación conspirativa, el poder fáctico iraní representado por el ayatola Ali Khamenei, habría provocado el incidente para que el primer ministro japonés, Shinzo Abe tomara conciencia del peligro que significaría para su país un conflicto armado en el estrecho de Ormuz, por donde calculan los que saben del tema pasaría alrededor del 80% de las importaciones japonesas de petróleo provenientes del Medio Oriente.

Los que especulan que fue una provocación de Estados Unidos también apelan al sentido de la oportunidad: la presencia de Abe iba objetivamente en contra del aislamiento del régimen iraní impuesto a fuerza de sanciones por Trump. Horas antes de las explosiones Abe había declarado que Irán no tenía intenciones de construir armamento nuclear.

El gobierno norteamericano, primero a través del secretario de Estado, Mike Pompeo, y luego directamente de boca del presidente Donald Trump, responsabilizó a Irán por los ataques. Como es obvio, no tiene ninguna evidencia concluyente. En concepto de toda prueba, Estados Unidos presentó un video de dudosa procedencia en el que, supuestamente, una patrulla iraní extrae de uno de los barcos siniestrados una mina que no había explotado. Esta seudo prueba fue desmentida incluso por miembros de la tripulación del buque japonés, que declararon que el ataque vino de un “proyectil volador”.

La acusación de Trump contra Irán está tan floja de papeles como las supuestas “armas de destrucción masiva” que justificaron la guerra y ocupación de Irak en 2003. Sin embargo, para el ala neoconservadora de la administración republicana donde militan el asesor de seguridad nacional John Bolton y el propio Pompeo, los hechos son lo de menos. En esto siguen la escuela de las “fake news” fundada por Karl Rove, el arquitecto del gobierno de George W. Bush-Dick Cheney, que tenía la certeza posmoderna de que Estados Unidos, como imperio, creaba su propia realidad. La realidad ficcionada de Bush terminó en la guerra de Irak, cuyas consecuencias persiguen aún al poderío norteamericano, a pesar de que transcurrieron 16 años.

El primer gobierno occidental en refrendar la acusación norteamericana fue el del Reino Unido. Sin embargo, Theresa May está de salida por la crisis del Brexit y el líder de la oposición laborista, Jeremy Corbyn, quien podría ser el futuro primer ministro si se hicieran elecciones anticipadas, rechazó la versión a la que calificó de muy poco creíble, y se puso en la vereda de enfrente llamando a aflojar las tensiones con Irán.

La pregunta del millón es si estas son las primeras escaramuzas de un conflicto militar de envergadura o un acto más de la “diplomacia coercitiva” del gobierno de Trump.

No hay una única respuesta, sencillamente porque una cosa puede llevar a la otra.

En sus tres años de mandato, Trump se ha mostrado reticente a las guerras lejanas y más bien espera que el cuco del poderío militar –al que ha fortalecido con miles de millones de dólares- más el garrote de las sanciones económicas alcancen para disuadir a los enemigos de Estados Unidos. Pero a la vez se ha rodeado de halcones como Bolton que junto con sectores de la derecha tradicional republicana, como el senador Marco Rubio, empujan a la intervención en diversas latitudes, desde el Golfo de Omán a Venezuela. Como resultado, hay políticas demasiado ofensivas –como el intento de golpe en Venezuela- que sin la disposición a usar la fuerza terminan en un bluff y exponen peligrosamente el debilitamiento del liderazgo norteamericano. Las tarifas se han vuelto la herramienta fundamental y casi exclusiva de esta política exterior imperialista, que está a años luz de la “gran estrategia” de las épocas doradas de la hegemonía norteamericana pero muy cerca de la base electoral de Trump, que desde hace rato está en campaña por su reelección.

El incidente de los buques petroleros, en realidad el segundo de envergadura en un mes, aún no califica como casus belli, pero se suma a una escalada persistente del gobierno de Estados Unidos, que comenzó con la retirada unilateral de Trump del acuerdo nuclear con Irán suscripto bajo el gobierno de Obama en 2015.
Desde el cálculo racional, la mayoría de los analistas insisten en que ninguno de los actores centrales parece querer una guerra, pero la suma de ahogo económico y la acumulación de recursos bélicos por parte de Estados Unidos pueden hacer que incluso un accidente lleve a un conflicto de consecuencias impredecibles.


Claudia Cinatti

Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.