En duras peleas como la de AGR-Clarín los trabajadores vamos tejiendo nuestra identidad y conciencia como clase. Ese es el mejor obsequio que les podemos dejar a nuestros hijos.

Roberto Amador Obrero de Madygraf y docente de escuela secundaria
Viernes 20 de enero de 2017 14:39
Muchos de los que hoy estamos caminando los últimos años de los 30 éramos niños al finalizar la década del 80, la década del fin de la dictadura y de la híperinflación del gobierno de Alfonsín. Ya como adolescentes recibimos los golpes del menemismo, que prometió raudales de progreso y un sinfín de felicidad para nuestras familias, con la gran consigna del pleno empleo, mientras popularizaba el famoso "ramal que para ramal que cierra".
En esos años hubo resistencia de los trabajadores a las privatizaciones. Vaya paradoja que muchas veces de estas cosas los medios no dicen una sola palabra. En aquellos años tampoco lo decían. Porque no todos los trabajadores se habían comido el verso del progreso, sino que resistieron al menemismo y a los dientes envenenados de las multinacionales extranjeras, que venían a quedarse con empresas que habían sido de patrimonio estatal. Los grandes propagandistas del progreso dijeron que todo era obsoleto, que los trabajadores eran improductivos y toda esa cosa de “la vagancia”. Los mismos argumentos que, cuando quieren precarizar el trabajo, sacan a relucir los empresarios y sus políticos de turno, como hoy también lo hacen.
Pero si para todos nosotros el menemismo fue entrega del país y desocupación, también fue algo mucho peor que es la pérdida de identidad como trabajadores. Porque así como se decía en todo el mundo que los trabajadores se habían ido al paraíso mientras la guadaña de la desocupación y la precarización laboral avanzaba por todo el mundo, acá en Argentina los grandes medios locales como Clarín y La Nación hacían propaganda a más no poder para que nos comamos el verso de que por vagos y perezosos, amantes del asado y el mate, nos cerraban o privatizaban todo, estos son los mismos que hoy defienden al gobierno de Macri.
Si la dictadura nos había dado un golpe sangriento matando y haciendo desaparecer a los aguerridos y combativos trabajadores de los 70, el menemismo vino a darnos una estocada final. Siempre pienso que los milicos genocidas comenzaron a matar el cerebro en los 70 y el menemismo terminó o intentó descuartizar el cuerpo del movimiento obrero en toda la década de los 90. Claro está, con ayuda de la misma burocracia sindical que mantiene una tregua vergonzosa con los patrones. Ahí nos robaron la identidad y todos dijeron que no teníamos historia.
A los hijos de los trabajadores nos hicieron tener vergüenza de pertenecer a esa clase de hombres y mujeres que lucha en la dura cotidianidad de un país donde empresarios y políticos patronales te dicen "no sos nada". Éramos una generación de hijos parias, ahí fue naciendo esa ridícula idea de que los trabajadores somos de clase media, todo con el fabuloso fin de creer que con las meras palabras la gente progresa, porque los trabajadores quieren progreso pero ese progreso está limitado por la necesidad de lucro de los empresarios.
Pero hoy eso está cambiando, y cambia mucho cuando los trabajadores luchan. Porque ahí los héroes pasan a ser de carne y hueso y no luchan solos sino que pelean colectivamente, y lo hacen no sólo para defender su puesto de trabajo, sino para defender el puesto de trabajo del compañero, a su familia y sus hijos. Ahí comenzamos a ver que nosotros somos una clase, una clase que realmente lucha contra los poderosos. Porque a los poderosos como el grupo Clarín no se lo combate con frases como hicieron Néstor y Cristina, ni con paros aislados de la burocracia sindical, por más progresivos que sean, que no afecten la salida de los diarios de Clarín y La Nación. Se los combate como hacen los trabajadores de AGR-CLARIN poniéndole el cuerpo a la toma de fábrica contra el cierre y luchando contra la precarización laboral. Ahí los hijos que piden que no se "cierre la fábrica" se enorgullecen y el orgullo es identidad. Ahí es cuando uno sabe que el mejor regalo que se les puede dejar a los hijos es luchar. Y eso es lo que están haciendo los trabajadores.
Y en la lucha nosotros mismos vamos tejiendo nuestra propia identidad como trabajadores y escribiendo nuestra historia. Porque como hijos vivimos la miseria en que nos dejaron los políticos patronales, hoy como padres nos toca luchar para que eso no vuelva.