Advertencia a los lectores: No encontrarán objetividad en esta nota, tan sólo unas palabras de despedida de un riverplatense a uno de los jugadores que le regalaron alegría a un deporte, que está cada día más necesitado de ella

Luis Bel @tumbacarnero
Sábado 18 de julio de 2015
Foto: TN
El martes, horas antes del partido que River debía jugar con Guaraní de Paraguay por una de las semifinales de la Copa Libertadores, se conoció la noticia del retiro del fútbol de Pablito Aimar. Me enteré arriba del colectivo, cuando viajaba a casa de un amigo a ver el encuentro, enseguida una pesada tristeza se me instaló en el pecho. Uno se había entusiasmado al verlo jugar esos minutos ante Rosario Central o el humilde Liniers de Bahía Blanca, pero déjenme hacer una confesión, ya en las declaraciones pos-partido se empezaba a notar que al “Payasito” le costaba sonreír.
Luego de la noticia, empezaron a circular los trascendidos (más allá del mensaje al grupo de Whatsapp de sus compañeros informándoles la noticia): que el dolor nunca lo abandonó, que había roces con Gallardo. El audio que trascendió en los días siguientes despejó las dudas: era un poco de las dos cosas. “No pasa nada, llega un día que se termina. Me cansé de tomar anti-inflamatorios, pastillas, infiltrarme y renguear en los entrenamientos”, confiesa en la primera parte, para luego dejar trascender que el dolor de su tobillo también se trasladaba al de no poder estar en la lista de convocados para la etapa final de la Libertadores.
Enseguida se me vinieron a la cabeza sus jugadas, algunos de sus goles, sus pases punzantes. Sin dudas un jugador diferente, como lo fue también Riquelme, cada uno con sus diferencias, y que tuvo que llevar a sus espaldas (al igual que Román), la carga de reemplazar en la Selección el hueco que había dejado Maradona en el ’94.
Creo que Aimar se metió en el corazón de los hinchas riverplatenses, más por su estilo de juego (de acuerdo al “paladar” del club) y su humildad, que por la cantidad de goles y títulos obtenidos (5 locales y 1 internacional, Astrada mismo lo duplica en el rubro). Lo cierto es que, como titulan muchos periódicos, Pablito era un hijo de la casa.
Mucha ilusión hubo tras su regreso, la operación, la larga recuperación, pero no pudo ser, “… Llega un día que se termina”, y esa es una lección que a la fuerza vamos aprendiendo todos en esta vida.
Recuerdo otra vez que también jugó “en una pata”, fue en aquel 3 a 0 en la Bombonera con el gol de Palermo sobre el final. Con 5 titulares menos y un Aimar casi rengo River perdía 2 a 0, pero sabía que estaba a un tanto de los penales y él la peleó contra su dolor y una cancha pesada y barrosa hasta que Gallego lo sacó. Me acuerdo de la imagen de Pablito saliendo, todo embarrado, con las medias bajas y se me despejan todas las dudas del porqué se ganó un lugar en el reconocimiento de los hinchas. Estos mismos que hoy desatan su bronca en las redes sociales contra el técnico y la dirigencia. Ya pasará, es la reacción normal cuando se siente que se ha perdido algo muy cercano y querido.
Messi, en su Facebook, le dedicó unas palabras. Siempre lo había reconocido como a uno de sus ídolos.
En el audio, terminaba diciendo que se iba para su Río IV natal, aquel que lo vio dar sus primeros pases y marcar sus primeros goles en Estudiantes de esa ciudad. Allí, le decían “Payito”, apodo que había heredado de su padre, “el Payo” Aimar, y en Buenos Aires lo re-bautizaron “Payasito”, quizás porque el primer periodista que le preguntó, no le entendió bien, ya que hablaba bajito de lo tímido que era. Nunca más acertado el azar, aunque sin maquillaje ni nariz roja, se hartó de sacarles sonrisas y aplausos a aquellos que lo vieron jugar. Y eso, en este fútbol mezquino que nos toca ver cada fin de semana, ya es mucho.