El 27 de agosto de 1968 el gobierno cambiará de estrategia contra el movimiento estudiantil. Una enorme manifestación colmará el Zócalo y ondeará en el asta central un banderín rojinegro. Al día siguiente, una contra-manifestación del gobierno se voltea y las tanquetas se ven obligadas a desalojar el primer cuadro de la ciudad.

Óscar Fernández @OscarFdz94
Lunes 27 de agosto de 2018

El día 13 de agosto se realiza una marcha al Zócalo, destacando por el hecho de ser la primera en varios años en ocupar el Primer Cuadro de la ciudad. Los estudiantes corean consignas contra el presidente haciendo alusiones a su aspecto físico (“sal al balcón hocicón” en referencia a su dentadura trompuda) y se pronuncian en contra del “gorilismo” (que es como califican las acciones de los granaderos, que actúan “como gorilas”).
Traen carteles con el perfil de un gorila superpuesto sobre el perfil del presidente y queman una efigie de un simio a las puertas de palacio nacional. La versión del gobierno dirá otra cosa. Agustín Barrios Gómez, de Telesistema Mexicano, en un discurso que parece ser sacado de una novela orwelliana, dirá en su programa:
Hubo durante el recorrido del casco de Santo Tomás al Zócalo excesos verbales, insultos. En especial, manifestaciones contra el presidente de la república, que nadie debe olvidar que es la máxima autoridad de la nación. Además, si hay alguien que ha querido ser amigo de los jóvenes, y que lo es, es el presidente Díaz Ordaz. Y conste que aquí no estamos hablando como “gobiernistas”, sino a fuer de ser objetivos. Si ustedes me dan una fórmula mejor que Díaz Ordaz, quizá la tome en consideración. Pero entre Díaz Ordaz y el caos, prefiero sinceramente a Díaz Ordaz. Agustín Barrios Gómez, periodista al servicio del gobierno.
Cabe destacar que las marchas del ‘68 difieren mucho de las manifestaciones actuales: en aquel entonces era inusual escuchar consignas contra el presidente. Las marchas tenían el ambiente de un carnaval en el que la gente se expresaba libremente, resaltaban los colores y la alegría de una juventud que estaba despertando; una verdadera revolución artística recorría las universidades, donde la creatividad para hacer volantes y propaganda solamente con un mimeógrafo de tinta negra era suficiente para expresar un mensaje claro y conciso.
Las mujeres iban en minifalda y ropa extravagante y podían ser elegidas en los comités de las escuelas. El ‘68 dio un impulso importante al movimiento feminista en México. La marcha del 13 resultó ser un éxito y se sumaron al paro la Universidad del Valle de México, La Salle, La Ibero y el Colegio de México.
El 27 de agosto los médicos del Hospital General se lanzan a la huelga en solidaridad con los estudiantes y una semana más tarde se les unirán los trabajadores petroleros. Se acuerda una marcha para ese día desde el Museo Nacional de Antropología e Historia al Zócalo; la respuesta es masiva. Los estudiantes tocan las campanas de la Catedral y alguien iza una bandera rojinegra en el asta central. En el mitin se exige un diálogo público y la liberación de los presos políticos -siendo los más representativos los líderes ferrocarrileros Demetrio Vallejo y Valentín Campa.
Sobre los camiones del Politécnico, los oradores hablan a la multitud; una madre sube a la tribuna y se dirige al presidente retándolo a que dé solución a los conflictos estudiantiles. “¿Cuántos hijos más de los que traemos van a caer?”, pregunta. Se prenden antorchas para iluminar la noche y se canta el Himno Nacional. Sócrates Campos Lemus, del CNH, provoca a la multitud a exigir diálogo público el 1° de septiembre (día del informe presidencial) en esa misma plaza.
La demanda de Campos Lemus no había sido discutida en asambleas y su participación había estado vetada por los otros miembros del Consejo, pero el fervor del momento hace que 3 mil estudiantes hagan un plantón a las puertas de Palacio Nacional. Del interior de éste salen tanquetas y llega el ejército a desalojar la manifestación. Al lanzar su ultimátum, la multitud les contesta con silbidos referentes a sus progenitoras y los soldados marchan con la bayoneta calada y persiguen a los estudiantes sobre las calles del Centro Histórico.
El contingente de seguridad es inmenso: participan dos batallones del ejército, agentes de la policía de tránsito, motociclistas y de la Federal Preventiva. Los estudiantes se repliegan y los vecinos lanzan lo que tienen a su mano para impedir el paso de la tropa: sillas, colchones, macetas, etc. El ejército finalmente rodea a los estudiantes frente al Caballito (la estatua de Carlos IV) y con saña los agarra a culatazos.
El gobierno decide hacer al día siguiente una contramanifestación como un acto de “desagravio” a la bandera nacional por el izamiento del banderín rojinegro. Al acto asisten los burócratas del Departamento (ahora Gobierno) del Distrito Federal, que llegan en camiones coreando “no vamos, nos llevan” y “somos borregos”. En el mitin hablan los charros de la CTM y otras organizaciones del PRI, pero el descontento es generalizado entre los asistentes y lanzan rechiflas y abucheos a los oradores, que tienen que dejar la tribuna frente a la lluvia de gruesas monedas de ¢50 que les lanzan los trabajadores.
Un contingente estudiantil se agrupa y la manifestación se vuelve contra el gobierno, que nuevamente tiene que llamar a las tanquetas del ejército para disolver el mitin. Las imágenes de los muchachos lanzando sus volantes en sus ropas fachosas contra los soldados uniformados y de cascos brillantes parapetados en sus carros blindados darán la vuelta al mundo -destacará una de un joven que pretende dialogar ante la indiferencia del militar en su tanqueta-. En la refriega, francotiradores del ejército disparan desde el tercer piso del Hotel Majestic, en el edificio de Madero #67, en la esquina de Madero y Palma y la avenida Pino Suárez, destacando un tirador parapetado en el edificio de la SCJN.
Con esto, el gobierno, que venía permitiendo las marchas con la esperanza de que el movimiento se desprestigiara solo y las diferencias entre los estudiantes terminaran dividiéndolo, rompió la línea y comenzó una campaña de provocación, desprestigio, criminalización y represión a la juventud. La sociedad vio el cambio en la actitud y acuñó la frase de que “en México ahora es más peligroso ser estudiante que delincuente”.
La represión no tarda en sentirse: la Vocacional 7 del Politécnico en Tlatelolco es ametrallada al día siguiente (29) y se hace un mitin en la Plaza de las Tres Culturas entre estudiantes y vecinos de Tlatelolco, que es disuelta por las fuerzas represivas del estado. El 31 de agosto llegan agresores vestidos de civil a la Vocacional 7 y golpean a los estudiantes, se los llevan en camiones y destrozan negocios de las plantas bajas de los edificios de la unidad habitacional. Los vecinos piden la intervención de la policía, que mira el espectáculo sin reaccionar; al no obtener respuesta, las amas de casa hirvieron agua para lanzarla desde las ventanas a los policías y agresores, otros lanzaban sus macetas y piedras. La pelea obliga a los agresores a retirarse. Las brigadas de volanteo de los estudiantes comenzaron a ser arrestadas y la presencia de los cuerpos represivos era notoria en toda la ciudad.

Óscar Fernández
Politólogo - Universidad Iberoamericana