La formación del gobierno seguirá siendo muy difícil de resolver y las posibles opciones no pueden dar salida a las principales cuestiones calientes del Régimen del ‘78. El retroceso de Unidos Podemos pone en cuestión la estrategia de moderación del nuevo reformismo.

Santiago Lupe @SantiagoLupeBCN
Jueves 30 de junio de 2016 05:54
LA SEGUNDA ronda de las elecciones del 20 de diciembre de 2015 mantiene la crisis de gobernabilidad. El Régimen del ‘78 y su sistema de partidos sigue con serias dificultades, no ya para encontrar una salida duradera a la crisis que abrieron “los indignados” en 2011 y las distintas “cuestiones calientes” (cuestión catalana, re-legitimar del sistema de representación, etc.). Ni siquiera puede lograr un gobierno que consiga aprobar los ajustes que demanda la Unión Europea.
La victoria del derechista Partido Popular (PP), con el 33%, no debería leerse en clave triunfalista. Ni por el PP, ni por el gobierno de Rajoy, ni por las instituciones del Régimen del ‘78. Es más bien una victoria táctica en el campo de la derecha. Los 600.000 votos ganados vienen trasvasados de la derecha de Ciudadanos (C’s), que pierde 400.000. El discurso del voto útil en el campo conservador y la campaña de “miedo al populismo” le dan 14 escaños más al PP, pero lejos de los 176 (mayoría absoluta) necesarios para formar gobierno, cifra que no alcanza ni pactando con los 32 de C’s. El PSOE resiste y ralentiza la caída libre en la que viene desde 2011. Pierde unos 125.000 votos y cinco escaños, pero Pedro Sánchez respira tranquilo en el plano interno. Esta derrota digna (22,6%) le puede permitir alejar las maniobras en curso para apartarlo de la secretaria general.
Sin embargo, la encrucijada en que se encuentra el líder socialista no es sencilla. O intentar de nuevo la fracasada vía de encabezar las “fuerzas del cambio”, es decir un tripartito con C’s y Unidos Podemos, que en principio ninguno de los dos acepta, o bien facilitar un gobierno del PP con una abstención ante un pacto de éste con C’s, o dejar paso a unas terceras elecciones. Todas las opciones sólo auguran una mayor caída. La fórmula Unidos Podemos, alianza de Podemos e Izquierda Unida (Partido Comunista), obtuvo el 21,1% perdiendo 1 millón de votos respecto a la suma obtenida en diciembre por ambas listas cuando se presentaron por separado. La opción de gobierno que propone es todavía más complicada: una gran coalición de “progreso” entre Unidos Podemos, el PSOE y las fuerzas nacionalistas catalanas y vascas. Ni el PSOE está dispuesto a pactar con los independentistas, ni éstos asumirían un apoyo sin el compromiso de realizar un referéndum por la independencia. Así, la crisis institucional abierta en diciembre se repite en junio, con un leve ajuste de diputados en el flanco derecho del Parlamento. Las opciones más “realistas”, si excluimos unas terceras elecciones que todos los partidos con “responsabilidad de Estado2 querrán evitar, son con algún tipo de acuerdo de gran coalición -por activa o por pasiva- con el PP. Por más que el bipartidismo aguante, con el apoyo de C’s, no hay a la vista ningún proyecto serio capaz de cerrar por arriba la crisis del Régimen del ‘78 y poder evitar que la contestación en la calle, contenida desde 2013 por una combinación del rol de la burocracia sindical, la ilusión en la vía electoral y la emergencia del nuevo reformismo, pueda volver a escena. La gran novedad fue el pinchazo de las expectativas de que Unidos Podemos superara al PSOE (“sorpasso”). Fue la principal perjudicada por el aumento de la abstención. Votaron 1.270.000 personas menos que el 20D. El bloque PP-C’s subió casi 200.000 votos y el PSOE sólo perdió 122.000. Unidos Podemos obtuvo 5.033.907 votos, frente a los 6.112.489 de diciembre, 1.078.582 votos menos. La estrategia de Iglesias y Garzón tras el 20D transcurrió en plena sintonía.
Las renuncias programáticas, la moderación del discurso y las propuestas; todo por lograr un acuerdo con el PSOE, el partido -otrora “casta”- de la cal viva, Gas Natural y el artículo 135 de la Constitución, acabaron concluyendo en un acuerdo electoral que asumía el pago de la deuda, renunciaba a cuestionar la Corona, la OTAN o hablar de proceso constituyente. Una hoja de ruta que buscaba superar al PSOE presentándose como la “nueva socialdemocracia” y que realmente llevaba a una rápida devaluación de la propia ilusión despertada en diciembre. Ya no se trataba de abrir los “candados del 78”, sino simplemente de echar al PP para forzar un cogobierno con el PSOE. Una deriva a la extrema moderación que no se puede separar del desencanto sufrido por casi 1 de cada 6 votantes de Podemos e IU-UP en diciembre. Seguramente, el pinchazo de las expectativas de Unidos Podemos va a dejar huella en las organizaciones que componen la coalición. Y está por verse si el espacio descontento con el giro sin fin a la derecha del nuevo reformismo desde 2014 hasta ahora, permite que comiencen a germinar nuevos procesos de lucha u organización, que en perspectiva puedan tender a buscar una alternativa política, con una hoja de ruta de ruptura con el régimen y sus partidos y por una salida anticapitalista a la crisis.

Santiago Lupe
Nació en Zaragoza, Estado español, en 1983. Es director de la edición española de Izquierda Diario. Historiador especializado en la guerra civil española, el franquismo y la Transición. Actualmente reside en Barcelona y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.