Javier Rodríguez se sumó a un grupo de vecinos que se aprestaba a saquear un supermercado en Córdoba y recibió un balazo de una 9 mm, el calibre que usa la Policía. Fue hace un año. Su muerte sigue impune, sin ningún imputado.
Juan Carlos Simo Periodista @juancsimo
Jueves 4 de diciembre de 2014
FOTOS: Carlos Paul Amiune
"-Mamá, ya que decís que lo mataron como un perro, por qué no le enseñaste que no tiene que tocar lo que no es de uno. Por favor, justicia….ya con tu hijo muerto ya se hizo justicia."
"-Señora mamá cuide a sus hijitoooooos si los quiere bien sanitooooooos. Esa noche andaban en moto las ratas nada más, la gente decente se quedó en sus casas cuidando lo que tiene ganado con el sudor de su frente."
"-¡Acá no hay justicia! Uno como delincuente normal sale a saquear y te tiran un tiro y te matan. La sociedad ya no tiene códigos. No te dejan robar en paz."
"-Nada se compara al dolor de una madre. A veces en una mala decisión se nos puede ir la vida. No estamos para juzgar a nadie. Sólo la angustia de una Córdoba herida .Mis condolencias a su familia y sus seres queridos."
"-La culpa la tiene el pibe, en vez de quedarse a su casa protegiendo a su madre, fue a saquear como un delincuente. Pobre madre parece que no educó bien a su hijo, eso tuvo su consecuencia, pobre madre también triste por la falta de un hijo..."
(...)
Nada ha cambiado desde hace un año atrás. La única muerte que hubo durante los saqueos del 3 y 4 de diciembre de 2013 en Córdoba sigue impune. Y las palabras que surgen apenas se menciona que su madre pide justicia siguen generando ira. Porque la muerte de Javier Rodríguez incomoda.
Javier tenía 20 años. Iba sentado en la parte trasera de una moto que manejaba su amigo de la infancia Eduardo Bustamante. La moto era de otro joven. Era la noche del 3 y estaban cerca de un supermercado que fue saqueado y que cerró y hubo disparos. Una bala atravesó la espalda de Javier y se le incrustó a Eduardo, que hasta julio pasado la tenía en su cuerpo todavía. Javier murió. En la madrugada del 4, el entonces director del Hospital San Roque anunció llorando que la pesadilla que vivía Córdoba con el acuartelamiento policial y los saqueos tenía una víctima fatal.
La pena que hubo por esa muerte se disipó pronto cuando se supo que Javier integraba un grupo de saqueadores. Y empezó el discurso que se mantiene hoy y que abre esta nota. Todos comentarios en sitios de noticias y en redes sociales sobre el reclamo de justicia de Sandra Carrizo, la madre de Javier.
La antropóloga y doctora en Ciencias Sociales Natalia Bermúdez realizó hace unos años una investigación en Córdoba sobre los sentidos que circulan socialmente a partir de una muerte. Ella se basó en las muertes sufridas por jóvenes en barrios de la zona sur de Córdoba.
Entonces, se preguntaba: “¿La muerte puede merecerse? ¿Hay muertes más merecidas que otras?”. He recordado esos dos interrogantes en una publicación anterior y lo sigo haciendo porque siguen pareciendo fundamentales. ¿Merecía morir Javier, él más que otros, porque saqueaba? La respuesta social es contundente, pero se concentra sólo en Javier, y deja de lado el contexto de aquellos días: la crisis al interior de las fuerzas policiales; la habilitación de espacios para delinquir por parte de quienes gestionan en las calles la posibilidad de transitar libremente y las que corren las fronteras de lo legal y lo ilegal según su criterio…
Días atrás, La Voz del Interior publicó un relevamiento entre todas las causas elevadas a juicio por los saqueos: son 57 y hay 112 imputados. Abunda la educación incompleta y la precarización laboral, en ellos y en sus padres. El mismo cuadro se pinta en el caso de Javier.
Hasta hoy, la fiscal que investiga su muerte, Adriana Abad, no pudo imputar a nadie porque no encontró el arma que se corresponda con la huella que quedó en la bala 9 milímetros que mató a Javier y que quedó alojada en el cuerpo de Eduardo. Desde que se la quitaron, comenzaron los cotejos con numerosas armas de policías y guardias de seguridad privados, sin respuesta por el momento. Desde que murió Javier, su madre insiste: quiero saber qué pasó con mi hijo. La pregunta y la respuesta tampoco cambiaron en el año que pasó.