Nacido en la ciudad de México, Xavier Villaurrutia fue un memorable escritor que siguió su pasión por las letras abandonando la carrera de Derecho. Junto con sus colegas poetas, formó un grupo de intelectuales que colaboraron en la renovación lingüística, conocidos en el medio intelectual como Los Contemporáneos, que más tarde marcarían la literatura mexicana de principios del siglo XX.
Viernes 27 de marzo de 2020
Fue becario en la universidad de Yale y docente de figuras notables como Octavio Paz; crítico, traductor y dramaturgo, incluso incursionó en la ópera, obra que presentó más tarde en Bellas Artes.
Su quehacer poético destaca junto con Salvador Novo en el grupo de Los Contemporáneos ya que los dos recurrieron a la figura poética de los “Nocturnos” (poesía que tiene como escenario la noche y que develan los placeres ocultos en la oscuridad, muchas veces eróticos. pues parece el lugar idóneo para ir en busca de la persona amada), refugiados en la soledad que brinda la noche.
Fueron frecuentes las acusaciones a Villaurrutia de ser una persona sumamente mamona e incluso se le llamaba afrancesado, por no participar en la esfera artística nacionalista postrevolucionaria ya que consideraba esta estética como una idea europea que estábamos empeñados en copiar, ya que las obras nacionalistas sólo imitaban los nacionalismos de Europa
Villaurrutia es uno de los primeros poetas homosexuales conocidos en las letras mexicanas, su poesía es precursora de tópicos que introducen la homosexualidad en los temas de la poesía mexicana. Trayendo como consecuencias muchos detractores que develaron los machismos arraigados en diversas celebridades, tal es el caso de Efraín Huerta quien dijo en referencia a Villaurrutia en Crónicas Juveniles 1936-1939: “La poesía jotísima sigue triunfando en la calle de Gante y en el taller de bordado”, Huerta pensaba sus críticas desde el terreno moral, acentuando su heterosexismo que se sobrepone a los de la expresión artística.
Un poema que representa fidedignamente la poesía homoerótica es “Nocturno de los ángeles”, escrito precisamente en Los Ángeles durante un viaje al extranjero en el 36 y se trata de una ciudad maravillosa de noche aquí, el deseo y Ia satisfacción del deseo es medular. En el poema seres celestiales, forman pareja con los mortales. Sus encuentros se ubican en hoteles, acompañados de la “danza erótica” de las calles de noche aquí reproducimos el poema íntegramente:
Se diría que las calles fluyen dulcemente en la noche.
Las luces no son tan vivas que logren desvelar el secreto,
el secreto que los hombres que van y vienen conocen,
porque todos están en el secreto
y nada se ganaría con partirlo en mil pedazos
si, por el contrario, es tan dulce guardarlo
y compartirlo sólo con la persona elegida.
Si cada uno dijera en un momento dado,
en sólo una palabra, lo que piensa,
las cinco letras del DESEO formarían una enorme cicatriz luminosa,
una constelación más antigua, más viva aún que las otras.
Y esa constelación sería como un ardiente sexo
en el profundo cuerpo de la noche,
o, mejor, como los Gemelos que por vez primera en la vida
se miraran de frente, a los ojos, y se abrazaran ya para siempre.
De pronto el río de la calle se puebla de sedientos seres,
caminan, se detienen, prosiguen.
Cambian miradas, atreven sonrisas,
forman imprevistas parejas...
Hay recodos y bancos de sombra,
orillas de indefinibles formas profundas
y súbitos huecos de luz que ciega
y puertas que ceden a la presión más leve.
El río de la calle queda desierto un instante.
Luego parece remontar de sí mismo
deseoso de volver a empezar.
Queda un momento paralizado, mudo, anhelante
como el corazón entre dos espasmos.
Pero una nueva pulsación, un nuevo latido
arroja al río de la calle nuevos sedientos seres.
Se cruzan, se entrecruzan y suben.
Vuelan a ras de tierra.
Nadan de pie, tan milagrosamente
que nadie se atrevería a decir que no caminan.
¡Son los ángeles!
Han bajado a la tierra
por invisibles escalas.
Vienen del mar, que es el espejo del cielo,
en barcos de humo y sombra,
a fundirse y confundirse con los mortales,
a rendir sus frentes en los muslos de las mujeres,
a dejar que otras manos palpen sus cuerpos febrilmente,
y que otros cuerpos busquen los suyos hasta encontrarlos
como se encuentran al cerrarse los labios de una misma boca,
a fatigar su boca tanto tiempo inactiva,
a poner en libertad sus lenguas de fuego,
a decir las canciones, los juramentos, las malas palabras
en que los hombres concentran el antiguo misterio
de la carne, la sangre y el deseo.
Tienen nombres supuestos, divinamente sencillos.
Se llaman Dick o John, o Marvin o Louis.
En nada sino en la belleza se distinguen de los mortales.
Caminan, se detienen, prosiguen.
Cambian miradas, atreven sonrisas.
Forman imprevistas parejas.
Sonríen maliciosamente al subir en los ascensores de los hoteles
donde aún se practica el vuelo lento y vertical.
En sus cuerpos desnudos hay huellas celestiales;
signos, estrellas y letras azules.
Se dejan caer en las camas, se hunden en las almohadas
que los hacen pensar todavía un momento en las nubes.
Pero cierran los ojos para entregarse mejor a los goces de su encarnación misteriosa,
y, cuando duermen, sueñan no con los ángeles sino con los mortales.