Es frecuente escuchar conversaciones entre trabajadores y trabajadoras donde unos a otros se preguntan si en su trabajo le explotan; unos responderán que no y otros que sí. Lo cierto, es que cotidianamente existe la percepción de que el término “explotación” es sinónimo de “abusos” o “maltrato” generados por los empresarios.

Carlos Muro @muro_87
Martes 6 de diciembre de 2016
Existe también la visión de que, dependiendo del nivel de renta, si es alto o bajo el salario, uno estará o no explotado. Más en concreto, algunos pondrán llegar a pensar, según esta lógica impuesta por la sociedad, que un trabajador de la OPEL –que puede percibir salarios de 2000 o 3000 euros, dependiendo su antigüedad- “no está explotado” y que un trabajador de Telepizza, -que cobra 300 euros de media salarial-, si lo está.
Estas percepciones, sin embargo, esconden la realidad. Porque más allá de los “abusos” o del “nivel de renta”, la explotación es el fundamento mismo del sistema capitalista. El trabajo asalariado, independientemente de la forma que adquiera, es la base por la que los empresarios obtienen sus ganancias.
Veamos algunos conceptos que nos puedan ayudar a comprender esto.
Trabajo y fuerza de trabajo
Karl Marx, el fundador junto a Federico Engels del socialismo científico (o el comunismo moderno), decía que “en nuestra sociedad, la amplia mayoría de la población no cuenta con capital para invertir, ni medios de producción ni nada que le permita su subsistencia; salvo sus brazos, su cuerpo y su cerebro. Esta capacidad de trabajar, en el capitalismo se denomina fuerza de trabajo y los trabajadores deben venderla constantemente en el mercado a cambio de un salario.”
Es común pensar, como decía Marx, que el empresario pague al trabajador o la trabajadora por el conjunto del trabajo realizado. Sin embargo, no es así. Lo que “vende” el obrero al empresario no es su trabajo, sino su fuerza de trabajo . Discernir entre uno y otro nos permite “descubrir” el gran secreto de la fuente de la ganancia capitalista.
Los economistas burgueses anteriores a Marx trataban al trabajo como una mercancía, lo que conducía a una contradicción a la hora de determinar el valor del trabajo, puesto que no tiene sentido decir que “una hora de trabajo es igual a una hora de trabajo”. Al distinguir el trabajo de la fuerza de trabajo, Marx resuelve el problema de cómo determinar el valor de esta última, es decir, cuánto le cuesta al capitalista producir la fuerza de trabajo en tanto mercancía o, dicho de otro modo, como producir al propio trabajador viviente. Y esto, como con cualquier otra mercancía, está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla y reproducirla.
Aquí tenemos entonces una primera definición. El obrero en realidad, cobra sólo una parte del trabajo que realiza. Y esta parte es el equivalente a la cantidad de tiempo de trabajo que necesita para adquirir el conjunto de bienes necesarios para cubrir sus necesidades vitales y los de su familia, los cuales varían de acuerdo a las distintas sociedades y épocas. Esta fracción del conjunto del trabajo realizado representa el salario. Así pues, Marx hace 150 años explicó como la ley del valor era la que imperaba en el capitalismo.
Salario y ganancia capitalista
Supongamos que un empresario contrata a un trabajador o trabajadora. Como hemos dicho, lo que “compra” no es su trabajo sino su fuerza de trabajo –es decir la puesta en movimiento de sus músculos, nervios y cerebro durante un determinado proceso productivo-. La puesta en marcha de esta “mercancía especial” comprada por el empresario la combinará con maquinarias y materias primas, es decir pondrá en funcionamiento los medios de producción disponibles.
Poniendo en marcha la jornada de trabajo –supongamos de 8 horas, aunque los capitalistas suelen hacernos trabajar mucho más que eso- nos encontraremos con dos realidades. En una parte de esa jornada, el trabajador produce el equivalente a lo que el capitalista destinará a pagar el salario. A esto Marx lo llamará trabajo necesario.
Supongamos que el tiempo de trabajo destinado por el trabajador a reproducir su propia fuerza de trabajo es el equivalente a 4 horas de trabajo. Llegado este momento, el trabajador podría decir entonces: “ya he cubierto mi salario”. Pero aquí viene el gran secreto. Inmediatamente el empresario le diría que como ha vendido su capacidad de trabajar por una jornada completa, está obligado a seguir trabajando el tiempo restante. El restante de la jornada –las 4 horas que debe seguir atado a la máquina- son horas de trabajo no pagado al trabajador que son apropiadas por el patrón. A esto Marx lo llamará trabajo excedente o plustrabajo.
Como la producción de mercancías es al mismo tiempo una producción de valores de uso y producción de valor, al materializarse el trabajo del obrero en valor, el plustrabajo se convierte en plusvalor apropiado por el capitalista. Este robo de horas de trabajo bajo la forma de plusvalía es la única fuente de las ganancias de los capitalistas.
Aquí tendremos entonces otra definición. La plusvalía no es más que la diferencia entre el valor que la trabajadora o el trabajador asalariado generan por encima del valor de su propia fuerza de trabajo. Y esta es la fuente de la ganancia de los capitalistas.
¿Y por qué sucede esto? Porque la cantidad de trabajo –medida en tiempo- que realiza el trabajador o trabajadora durante su jornada laboral para producir una determinada mercancía, es superior a la cantidad de trabajo necesario para reproducir el valor de su propia fuerza de trabajo. O, dicho de otro modo, la plusvalía existe porque el trabajador trabaja más tiempo del necesario para producir y reproducir su vida.
El salario de los y las trabajadoras, aunque está basado en el valor de su fuerza de trabajo, es distinto a éste por las diferencias de género, de edad, el sector en el que trabaja, las diferentes condiciones geográficas del país en el que vive, las variaciones de la oferta y la demanda de los puestos de trabajo y, por supuesto, la lucha de clases y la capacidad de organización de los propios trabajadores.
Desde este punto de vista, es falsa la afirmación de que si el salario de un trabajador o trabajadora, incluso, cubre sobradamente sus propias necesidades básicas y las de su familia –necesidades alimenticias, de vivienda, sociales, culturales- ya no está explotada. Aun así, el empresario seguirá obteniendo ganancias.
Otra ilusión es pensar que el empresario tan solo obtiene ganancia “precarizando” la fuerza de trabajo y subiendo los precios de las mercancías generadas. Esto no es así. La puesta en marcha de los medios de producción disponibles –fuerza de trabajo, máquinas, materias primas, etc.- le generarán al empresario al final del proceso productivo mayor valor del que inicialmente invirtió, independientemente de si nuestro salario es alto o bajo, de 3 u 8 horas, precario o “digno”.
Como decíamos antes, muchos trabajadores parten de una falsa percepción sobre lo que significa realmente la explotación capitalista. Estos primeros elementos nos pueden ayudar a comenzar a comprenderlo mejor. Es más, podríamos afirmar que en el sistema capitalista no existe el “trabajo digno”, otra idea que muchas veces escuchamos.
Marx en su libro “Salario, Precio y Ganancia”, termina su exposición explicando que la gran lección para el conjunto de los trabajadores es empezar a vislumbrar el verdadero rostro del capitalista. Será por tanto necesaria la “abolición del trabajo asalariado”.

Carlos Muro
Nació en la Zaragoza en 1987. Es estudiante de Historia en la UNIZAR. Escribe en Izquierda Diario y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.