Hacia fines de septiembre próximo el presidente Mauricio Macri viajará a Nueva York para la Asamblea General de las Naciones Unidas.
El evento más importante del primer mandatario no será esa reunión, sino las citas que sostendrá con dos de los principales fondos buitre del planeta: Black Rock (un amante de la primera hora de la “bicicleta financiera” con las Lebac) y Templeton (un apasionado de los Botes, el bono que emite Hacienda).
Frente a la corrida cambiaria iniciada a fines de abril, Luis Caputo, actual presidente del Banco Central, había realizado un acuerdo con esos dos fondos para intentar contener el dólar mediante artificios financieros y suculentas ganancias a la especulación.
Es justamente Caputo quien viajó a Jackson Hole, en las Montañas Rocosas de los Estados Unidos, para participar durante el viernes y el sábado de la cumbre de banqueros centrales. Allí buscará convencer al mundo de las finanzas de algo que no logró convencer, en su visita a Manhattan de la semana pasada, la misión encabezada por Mario Quintana.
En el país del norte buscan certezas. Las preguntas que realizan de manera insistente los dueños de los dólares son dos. La primera: ¿podrá el Gobierno pagar la deuda o se verá obligado a decretar un default? La segunda: ¿ganará Cambiemos la elección del año próximo? Las respuestas que encuentran de los funcionarios cambiemitas no convencen.
La visita de Macri a Nueva York el mes próximo constituirá el tercer viaje (si no se improvisa otra misión en el mientras tanto) con el fin de convencer a los Lobos de Wall Street.
Cada año millones de musulmanes manifiestan su fe en La Meca, la ciudad sagrada de Arabia Saudita. La primera peregrinación la realizó Mahoma en el año 628. Desde entonces, si la salud y la situación económica lo permiten, todo musulmán tiene la obligación de asistir al menos una vez en su vida.
Por el contrario, la peregrinación permanente a La Meca de las finanzas mundiales de los cambiemitas se debe al grave estado de la economía argentina y a la pérdida de fe en otra receta que no sea el endeudamiento permanente, que los “mercados” dejaron de ofrecer desde fines de abril y el Gobierno busca reabrir. Morir con las botas puestas.
Esperando el milagro
Mientras en Nueva York siguen las tribulaciones sobre el futuro del país, el dólar alcanzó este viernes un nuevo récord histórico: según el tipo de cambio de referencia del Banco Central, la cotización promedio culminó en $ 31,49. Pero hubo bancos donde se vendió más caro.
En la city porteña, ese Wall Street medio pelo de estas pampas, los analistas afirmaban que la divisa estadounidense no detiene su escalada por la dolarización de carteras.
Este movimiento afecta a papeles que emite el Estado. Fuentes del establishment señalan fuertes inconsistencias en la política monetaria y de salvataje de las Lebac. Pero también toca a la valorización de las empresas: el Merval acumula una caída de casi el 15 % en el año. Los capitales emigran como golondrinas y agradecen al Gobierno los servicios prestados.
Unos días el dólar trepa por el efecto Brasil, donde los “mercados” temen por las encuestas que ubican a Lula a la cabeza de la votación presidencial. Otros días por la crisis de Turquía.
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Nadie puede negar el impacto de la situación en esos países, como tampoco que en Argentina la repercusión más amplia que en otras latitudes se explica por los desequilibrios made in Cambiemos.
Cuando cada día se establece un nuevo récord en la cotización del dólar, el asunto pierde espectacularidad. No obstante, no deja de expresar una situación sumamente inestable, que no responde simplemente a la oferta y demanda de dólares. Hay que sumar el rojo fiscal, el déficit externo, la inflación, la dependencia del endeudamiento, entre otros problemas.
La política de liberalización cambiaria (los especuladores entran y salen del país como Pancho por su casa) condujo a un vaciamiento del país que no cesa: esta semana el Banco Central dio a conocer que la fuga de capitales alcanzó los U$S 20 mil millones entre enero y julio, casi seis veces el presupuesto universitario de todo un año.
El gobierno tiene las prioridades claras: está esparciendo nafta ajustando todo el sistema educativo: el presupuesto destinado a salarios docentes, infraestructura e investigación científica. La comunidad educativa se puso de pie de lucha y tendrá una manifestación central la semana entrante.
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Sobre llovido mojado, esta semana el Indec no ayudó a mejor el mal clima. El EMAE (Estimador Mensual de la Actividad Económica, una suerte de anticipo del PIB o de lo que produce la economía) exhibió un derrumbe de 6,7 % en junio.
Si bien refleja el impacto de la sequía con un retroceso de 31 % en la actividad agropecuaria, la caída es generalizada: retroceden nueve segmentos de los quince relevados. Entre los que más bajan están la pesca (-16 %), el comercio (-8,4 %) y la industria manufacturera (-7,5 %).
Para que no queden dudas de los ganadores del “modelo M”, crecen por encima del 4 % la intermediación financiera (gracias a la especulación), la minería (beneficiada con la quita de retenciones) y las empresas de servicios públicos (que engrosan su facturación con los tarifazos).
El derrumbe económico de junio comprende el tercer mes consecutivo de retroceso. Para encontrar un número negativo equivalente al 6,7 % hay que remontarse a 2009 en plena crisis mundial por la caída de Lehman Brothers.
Los números del Indec reflejan el impacto de la primera fase de la corrida cambiaria que comenzó a fines de abril y se extendió hasta junio. Desde principio de agosto se reactivó la escalada del dólar.
Para los próximos meses la economía reflejará de manera plena las medidas de ajuste anunciadas durante la estadía de la primera misión del FMI a la Argentina: baja de reintegros, recorte a provincias y municipios del Fondo Federal Solidario –sojero- y la suba de tasas de interés de referencia por parte del Banco Central.
Sólo el milagro puede salvar a Cambiemos de no llegar al próximo período electoral con la economía marcha atrás. La clase trabajadora no puede confiar en milagros, sino en sus propias fuerzas para derrotar el saqueo en curso.
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