Laura lustra arrodillada con una franela los separadores de bronce de los pisos de un coqueto departamento platense. Tener empleada doméstica, alguien que limpie y ordene dentro de casa, hace que los patrones y patronas piensen en cosas que ni se les hubieran ocurrido que se podían hacer. Tener a disposición la fuerza de trabajo, la habilidad de las manos de alguien más a su servicio, les libera la imaginación. Hay cosas que se les antoja, solo porque hay alguien a quien se le puede pedir que las haga y que no va a poder rehusarse. Sienten que tienen la potestad de ver a alguien de rodillas, sacándole brillo a unos centímetros de metal que nadie mira y todos pisan.
Entre la parva de ropa para planchar, ¿qué necesidad hay de meter los camisones, o las prendas que la señora de la casa usa para dormir y que no van a durar ni cinco minutos sin arrugas? ¿Es necesario planchar las fundas de las almohadas? “Ay es que así quedan más lindas las camas armadas”. Quien haya trabajado en el servicio doméstico alguna vez, seguro tendrá en su mente muchos otros ejemplos en este momento.
La olla que destapó la rebelión de las trabajadoras de Nordelta, puso en debate la discriminación y el maltrato de que son víctimas en una zona muy exclusiva. Lo que denuncian las trabajadoras es brutal y con justa razón ha sido comparado con el apartheid, en pleno siglo XXI.
Las trabajadoras denunciaron que el único transporte que entra al complejo de barrios privados no quería llevarlas, impidiéndoles acceder, nada más y nada menos, que a sus puestos de trabajo. A quienes habitan en Nordelta, no les gusta compartir el transporte, porque dicen que les molesta el olor y la forma de hablar de las empleadas, pero no tienen problema en que esas mismas manos, esos mismos cuerpos, planchen su ropa, preparen su comida, limpien sus pisos.
En Nordelta hay vecinos con la vista y el olfato mucho más sensibles que la cheta que grabó el audio indignada, porque había gente tomando mate cerca de la pileta. Cuesta entender sus “códigos éticos, estéticos y morales”. Puede que lo que les moleste en realidad, sea compartir un espacio en el que ya no pueden darles ninguna orden, compartir el status de pasajeros y pasajeras a secas, en que las empleadas pueden hablar y comportarse relajadas, fuera del territorio privado del hogar donde pueden imponerles su dominio patronal. En la combi no les pueden pedir que se callen, no les pueden pedir que se ocupen de la mugre que generan, ni les pueden indicar cómo comportarse.
Ante la trascendencia que tomó la denuncia, la empresa de transporte Mary Go, la única con acceso permitido al Nordelta, dijo que dejaría de prestar el servicio. La preocupación cundió entre las trabajadoras, porque se quedarían sin medio de transporte para poder ir a trabajar. La decisión del dueño de la empresa tuvo como argumento, que el municipio de Tigre permitiría el ingreso de la línea de colectivos 723. Sin embargo, la posibilidad de la entrada del transporte público a la zona generó revuelo.
Vecinos y vecinas del Nordelta se rebelaron. Ya demasiado con que todas estas vicisitudes hayan quedado expuestas. Esta gente es ostentosa, tiene casas grandes y lujosas, autos de primera línea y se da la gran vida, pero si hay algo que no les gusta, es que toda esta basura de la que se trata su vida sea motivo de debate público.
¿Encima ahora quieren meter en sus barrios el transporte público? La última sesión del Concejo Deliberante de Tigre se extendió hasta la madrugada de este miércoles. El intendente Julio Zamora había presentado un proyecto de ordenanza para que el colectivo 723 ingrese a la troncal pública de Nordelta. Sin embargo, la medida no se aprobó porque no se alcanzó la mayoría necesaria para darle tratamiento sobre tablas. La oposición a la iniciativa corrió por cuenta del bloque de Cambiemos y un concejal de Unidad Ciudadana.
Vecinos y vecinas del lugar habían manifestado públicamente su descontento. Según plantearon en un comunicado para recolectar firmas, se quiere “abrir la ciudad pueblo al transporte público municipal, alegando que es una ‘solución de movilidad para los vecinos y las personas que trabajan y prestan servicios cotidianamente’. Lo que significa este cambio para nosotros, los vecinos de Nordelta, es el fin de la paz y tranquilidad en nuestros barrios”. Según dicen, la preocupación fundamental es el tema de la seguridad.
No es un exceso
Delia tiene una carpeta en la que la patrona le especificó día a día qué habitación le toca limpiar y dentro de cada una de ellas, qué acciones puntuales debe ejecutar. Los lunes, por ejemplo, le toca la habitación matrimonial y el baño principal. “Limpiar con plumero esquinas y techos para sacar telarañas. Prender la luz para ver bien”. La indicación de prender la luz está en cada página en la que se ordena limpiar el techo y las esquinas de una habitación. Quien haya trabajado en casas particulares, recordará en este momento la forma repetitiva y detallista en que los patrones dan las indicaciones sobre cómo hacer las cosas, como si quien trabaja con escobillones no tuviese las mismas facultades intelectuales.
Noelia una vez escuchó a su jefe comentar las ventajas de tenerla en blanco, por el significativo descuento que le hacen al año del impuesto a las ganancias. “Nosotros siempre la tuvimos en blanco, obvio, pero esto del descuento está re bueno, son unos buenos pesos al año”.
Lorena es niñera. Su patrona una vez le dijo que no quiere que la chica que va a limpiar toque a sus hijos, porque le “parece que no se lava las manos después de ir al baño”.
Los primeros días de trabajo, cada vez que Vanesa llegaba a cuidar al nene por las mañanas, su patrona se deshacía en disculpas porque los platos de la cena habían quedado sucios. “No te preocupes, no los laves, los lavo yo cuando llego del trabajo”, le decía. Entre muchas otras cosas, Vanesa se encargaba de preparar el almuerzo del chico. ¿Con qué ollas, con qué colador y sobre qué mesada iba a cocinarle si no lavaba todo lo que la familia había dejado sucio del día anterior? Con el correr de los meses, notó que la patrona ya ni siquiera se disculpaba. “Ah no sé, anoche le tocaba lavar los platos a mi marido pero se hizo el pelotudo”. Y así, como derivación de las disputas matrimoniales, día a día la niñera tenía que hacerse cargo de la mugre ajena.
A no confundirse, el caso del Nordelta no es algo aislado o un “exceso” de patrones zarpados. De conjunto, la cotidianidad de las trabajadoras domésticas está atravesada por el atropello y la subestimación. Aun en los casos en que la trabajadora es considerada “parte de la familia”, la poca paga es la regla. La precarización y el maltrato en sus diversas formas, reinan en el mundo del empleo doméstico. |