María cursaba el tercer año y como muchas de las chicas y chicos de nuestra escuela tenía que salir a laburar para bancar la olla en la casa. Era de las que podía ir solo algunos días a la escuela porque este sistema de mierda le limitó el derecho a poder estudiar.
María era mi aliada cuando en el curso charlábamos de problemas sociales, de pelear por derechos, de injusticias. Y es que ella pertenecía a uno de los movimientos sociales que trabaja en el barrio y más de una vez nos encontrábamos en distintas movilizaciones. Nos saludábamos con un beso y yo le decía siempre lo mismo en tono de joda pero también en serio: "¿Cuándo vas a venir a mis clases?". A la siguiente clase, si podía ir, yo comentaba que nos habíamos encontrado para que sirva como disparador y que ella cuente por qué habíamos marchado.
El vínculo con María estuvo atravesado por otra muerte, la del hermano del jugador de fútbol Ángel Correa, que se suicidó el año pasado en el barrio porque su familia no aceptaba que fuera gay. María y Leonela, su prima y también alumna de la escuela, eran sus amigas. Ellas lo apoyaron y se plantaban contra aquella discriminación, incluso le hicieron un homenaje que conmovió hasta las lágrimas por su sensibilidad. Recordarlo para ellas era también criticar la discriminación, la intolerancia, la violencia que se vive en el barrio y en la escuela.
Esta miseria planificada que se vive en los barrios hoy se llevó otra vida. Me llena de odio. María no murió por una casualidad, sino producto de las condiciones de vida a la que son expuestos. Ambulancias que no entran a los barrios, un sistema de salud deficiente, escuelas y casas que se caen a pedazos y una crisis cada vez más aguda que afecta a millones. A María se la llevó una neumonía producto de las condiciones de precariedad a la que está sometida gran parte de la población. La mitad de los jóvenes viven en la pobreza y son víctimas de enfermedades totalmente prevenibles como neumonía, tuberculosis, mal de chagas, hanta virus.
Hace diez días vi por última vez a María, ya no venía a mis clases. Le quise explicar que complete la carpeta para poder rendir, pero la noté muy triste. La invité a charlar, me dijo que le pasaba algo pero que no quería charlar en ese momento, le respondí que yo iba a estar el martes y miércoles siguiente, que se de una vuelta así me contaba. No hubo tiempo.
Entre tanto dolor una compañera escribió unas sabias palabras: “O luchamos para salvarnos todos o no salvamos a ninguno”. Esa es la energía que nos queda para seguir adelante.
Hoy acompáñanos a su familia y amigues. Pero también juntamos fuerzas para terminar con esta barbarie que destruye la vida de nuestros estudiantes. |