Crecientemente escuchamos hablar de que la clase obrera tiene “rostro de mujer”, que la precarización laboral tiene cara de mujer, o también que hay una feminización de la pobreza.
Es que si bien las mujeres no son aún mayoría dentro del mundo laboral remunerado, su participación en el empleo global ha crecido en las últimas décadas hasta alcanzar hoy al 40 % de la fuerza laboral mundial y en algunas ramas de la producción su sobrerrepresentación es indiscutible. Por ello, y contra el intento de seguir naturalizando (a esta altura del siglo XXI) que el “mundo del trabajo” es masculino, vale resaltar ese “rostro femenino” de la clase obrera que es frecuentemente invisibilizado.
Prácticamente una de cada dos mujeres (48,7 %) trabaja o busca trabajo activamente, mientras que el 45,8 % de ellas está ocupada en un empleo remunerado. Estamos hablando de casi 1.300 millones de mujeres trabajadoras a escala global.
Pero además, en la esfera del trabajo no remunerado, es decir, el de las tareas del hogar y de cuidado (o también llamado trabajo doméstico), no hay dudas de que son las mujeres quienes tienen una participación mayoritaria. En este caso, lejos de invisibilizarse, el mecanismo de fragmentación es potenciar los estereotipos.
Todavía hoy resuenan los ecos que adjudican un “rol natural” de la mujer en el hogar, reproduciendo la idea de una división sexual del trabajo. No se las invisibiliza a ellas en este caso en su rol “doméstico” (por el contrario), sino que lo que se invisibiliza es que ese trabajo, que no es remunerado, es fundamental para que la rueda del capitalismo funcione.
Pero volviendo a esa dupla, o tríada, que mencionábamos arriba (feminización del trabajo + precarización laboral + pobreza), lo cierto es que no puede entenderse la mayor participación de las mujeres en el mercado laboral sin comprender la utilización perversa que de ellas hace este sistema capitalista, apoyándose en la discriminación y la fragmentación para que su incorporación resulte en un abaratamiento del costo laboral y poder empeorar las condiciones de trabajo de toda la clase obrera. En esta nota abordaremos el caso de Argentina.
Una de cada dos mujeres está vendiendo su fuerza laboral
En nuestro país, las tasas de actividad y de ocupación siguen una tendencia muy similar a las del promedio mundial. Actualmente, el 47,8 % de las mujeres trabaja o busca trabajo (tasa de actividad promedio de los años 2017 y 2018), y la tasa de ocupación es del 43 % (promedio 2017/2018).
Cabe destacar que si se observan sólo los últimos datos disponibles de la Encuesta Permanente de Hogares que elabora el Indec, en el año 2018 se muestra un incremento tanto de la tasa de actividad (que llegó al 49,1 % en el tercer trimestre) como de la tasa de ocupación (43,9 % en el tercer trimestre). Ello se explica probablemente por los efectos de la crisis económica en el país, que obliga a las mujeres a buscar ingresos adicionales para contrapesar la insuficiencia de dinero en los hogares.
No es casual que al mismo tiempo haya saltado la tasa de desocupación en las mujeres al 10,5 %, mientras que en los varones alcanza al 7,8 % en el mismo trimestre. Con la agudización de la recesión y la economía de ajuste monitoreada por el FMI habrá de esperarse, lamentablemente, un empeoramiento de estos índices.
Pero el punto a destacar es que efectivamente en las últimas décadas la participación de las mujeres en la fuerza laboral total se incrementó notablemente. Si hoy en Argentina casi una de cada dos mujeres trabaja o busca trabajo activamente, en los años noventa la tasa de actividad era de 40,7 % (casi 10 puntos menos), mientras que la tasa de empleo era notablemente inferior a la actual, en 34,7 % (promedio 1990-2002).
Argentina: Tasa de actividad y tasa de ocupación en las mujeres. Promedio 1990-2002 y 2017-2018.
Fuente: La Izquierda Diario en base a EPH (Indec)
La “brecha” de empleo no registrado y la precarización
Pero, como señalábamos, esta feminización del trabajo no significa necesariamente una creciente igualdad de derechos. Por el contrario, se perpetúan las llamadas “brechas” de género. Así como se mantienen las brechas salariales, también se sostienen las condiciones de precariedad laboral y las diferencias entre mujeres y varones.
En particular, las brechas de empleo no registrado son notables.
Argentina. Tasa de empleo no registrado, 2003-2018
Fuente: La Izquierda Diario en base a EPH (Indec)
(* Por las sucesivas intervenciones del Indec, no hay datos disponibles en el 3º trimestre de 2007 y para 3º y 4º trimestre 2015 y 1º 2016.)
Si bien con la recuperación económica y el crecimiento a “tasas chinas” entre 2003 y 2007 se redujeron los índices de empleo asalariado no registrado desde los niveles catastróficos de la crisis de 2001, es sabido que encuentran un piso inquebrantable en torno al 34 %, pues esta forma de explotación del trabajo ha sido y es una de las bases fundamentales de la valorización del capital en un país atrasado y dependiente como lo es Argentina.
Pero también lo que se deduce es que la brecha de informalidad laboral entre varones y mujeres puede tender a estrecharse levemente en ciertos períodos, nunca se cierra o se achica de manera significativa. Al día de hoy, mientras que en los asalariados varones el 32,1 % no está registrado, en las mujeres asalariadas la tasa alcanza al 37 %.
Es importante recordar que estos datos sólo reflejan qué cantidad de trabajadoras y trabajadores asalariados está “en negro”, o no registradas. Pero existen un conjunto de situaciones de precarización laboral que exceden la situación de no registración en la seguridad social (que permite tener derecho a la jubilación, obra social, etc), como tener bajos ingresos, tener contratos a término e inestabilidad laboral, no contar con vacaciones pagas u otros derechos laborales básicos, y que marcan un piso de precarización extrema que abarca a uno de cada dos trabajadores en el país.
Aquí nuevamente se muestran diferencias significativas. Una investigación de La Izquierda Diario develó que al primer trimestre de 2017, si esta situación de precarización extrema alcanzaba al 46 % de los trabajadores varones, en las mujeres afectaba al 58 %. Entre estas, los datos brindan un panorama desolador: el 73 % de las mujeres que tenían un trabajo por cuenta propia percibía ingresos menores al salario mínimo. En el caso de las asalariadas, el 45 % de las mujeres cobraba menos que el salario mínimo, el 35 % no tenía descuento jubilatorio, el 33 % no tenía días pagos por enfermedad y también un tercio afirmó no contar con obra social, entre otros derechos.
Las ramas con fuerte composición de la fuerza laboral femenina es donde se observan mayores índices de empleo no registrado. Esto es así por ejemplo en el servicio doméstico, en el comercio o el sector textil y confecciones, en donde las tasas de informalidad superan el 40 %. En particular, el servicio doméstico explica casi la mitad del empleo femenino urbano y un cuarto del trabajo no registrado total. Se trata, según estimaciones oficiales, de un millón de trabajadoras en ese rubro de las cuales dos tercios no está registrada.
Terminar con la precarización: un problema de todes
Estos son algunas de las aristas inmediatas que aparecen cuando se observa la desigualdad de género en el ámbito laboral. La creciente participación de las mujeres en el mundo del trabajo (no doméstico) se da en condiciones específicas: alta precariedad laboral, inestabilidad y desigualdad.
Pero mostrar estas diferencias no debe confundir la esencia general, que es la utilización por los capitalistas de la discriminación y los abusos del sistema patriarcal para dividir las filas obreras y así disciplinar al conjunto de la clase obrera. Y a su vez, han utilizado y siguen utilizando el trabajo doméstico no remunerado como una forma de “ahorro” y sostén de sus ganancias.
Es por ello que este #8M la exigencia de terminar con el trabajo precario es una de las demandas a levantar por todas las trabadoras y trabajadores en este nuevo Paro Internacional de mujeres. Esto va unido a conquistar el pase a planta permanente de todes, iguales oportunidades de capacitación, condiciones laborales, derechos y salarios. Pero también va unido a una pelea por darlo vuelta todo, en todos los ámbitos, cuestionando la desigual carga de las tareas domésticas, que para que dejen de recaer individualmente sobre las mujeres requieren de su efectiva socialización, empezando por jardines materno-parentales, centro de salud y atención de los niños y ancianos, entre otras medidas.
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