El frente oficialista (FpV) está encabezado por el actual gobernador Juan Manuel Urtubey, quien busca su re-reelección, lo secunda el intendente capitalino Miguel Isa como candidato a vicegobernador, y Javier David como precandidato a la intendencia. Por su parte, la oposición –alineada con el massismo a nivel nacional–, se ha materializado en un frente compuesto por el partido de Juan Carlos Romero, Frente Popular Salteño, y el pseudo-partido de Alfredo Olmedo, Salta Somos Todos. La oposición alinea al exgobernador como candidato a la gobernación, al sojero como vice y a Durand Cornejo como precandidato a intendente.
En esta oportunidad buscaremos abrir una brecha para el debate en el marco electoral a partir de un breve análisis sobre la arista publicitaria de esta estrategia de polarización que llevan adelante los partidos patronales. Nuestra propuesta: indagar sobre el trasfondo ideológico-político que yace en aparente inmovilidad tras de las imágenes que inundan la vía pública.
Según sea el caso que se analice las estrategias publicitarias de campaña varían desde lo menos costoso y tradicional –como la pintada de murales y graffitis–, pasando por la folletería, la publicidad audiovisual, las canciones con ritmos populares, hasta llegar a las redes sociales y a una suerte de pseudo-debate público promocionado en algunos canales de televisión. Las formas son numerosas, tanto como la capacidad creativa y el saber práctico acumulado garanticen, pero si prestamos atención al contenido…
En esta ocasión problematizaremos brevemente una de las estrategias publicitarias dónde menos se disocian estos dos polos, el de la forma y el contenido: las gigantografías en la vía pública. Dicho sea de paso analizar y criticar las imágenes apostadas sobre esqueletos metálicos en avenidas y calles resulta abarcativo a toda la estrategia de imágenes en general, ya que son los mismos estimulantes visuales los que se usan para la folletería, la cartelería más pequeña, o las redes sociales, etc.
Para calmar las ansias de quienes se excitan ante la aparente improvisación en un artículo de opinión, ofreceremos como puntapié de partida la siguiente hipótesis: si en las imágenes presentadas al público en general a través de costosas gigantografías en la vía pública –en el marco de campañas electorales–, la forma y el contenido se funden y se presentan aparentemente indisociables entre sí, como una falange griega presta a entrar en combate y penetrar las defensas del sentido común, leer y re-interpretar ese “slogan e imagen” que aparentan en conjunto inocencia, seguridad y firmeza, optando por una perspectiva crítica y clasista quizás facilite sentidos y elementos útiles para asestar golpes certeros a una ideología reduccionista, totalizante y reproductora del status quo en sus diversos órdenes – social, económico, político, cultural.
Durante el año en curso los trabajadores han convivido en sus rutinas diarias con inmensas imágenes y lo representado por ellas; han sido el público de esos mastodontes circenses; y es el público la pieza que le otorga la posibilidad a la forma y el contenido de inducir referencias y de reproducirse infinitamente en el sentido común; es el público quién desencadena cotidianamente la plusvalía engendrada en las publicidades. Y ese público es también el juez que dictaminará su sentencia sobre el caso. Los graffitis sobre publicidades de Urtubey que igualan al gobernador con el hambre son un claro ejemplo de esa actitud activa inmanente al público, como también lo son esos pequeños esténciles que nos recuerdan los vínculos del narco-poder con Romero.
Ahora bien, la costosa campaña publicitaria que llevan adelante el oficialismo y la oposición de derecha, pejotistas y renovadores respectivamente, denota un elemento en común: su intrascendencia, su trivialidad. El desgaste de los partidos patronales, manifiesto en numerosos sentidos que muy bien se explican en notas de este mismo medio, hace su entrada gloriosa por la puerta de la banalidad y la monotonía al mundo de las imágenes. Y en esa trivialidad, en esa banalidad, tiene lugar una fisura que evoca a un pasado que es presente y que busca por todos los medios a su alcance reproducirse.
El frente encabezado por Romero y Olmedo –sintetizado en el slogan “Salta nos une”–, nos retrotrae a la imagen del patrón, del líder como figura aislada y omnipresente. La bondad del dominador que se empapa de los problemas de sus pajes, sus cortesanos y plebeyos, como también de sus esclavos. La supuesta honestidad del abrazo entre Romero y Olmedo se diluye sobre un programa político reaccionario, cuyos antecedentes se cimientan sobre lógicas represivas que se vinculan directamente a negocios inmobiliarios ilegales, narcotráfico y persecución a sectores de trabajadores combativos, antecedentes finamente sistematizados y ejecutados durante los años noventa y principios de los dos mil.
Por su parte, el oficialismo que encabezan Urtubey e Isa conjuga su estética publicitaria a partir de un doble juego de sentido: por un lado reafirman la imagen del patrón pero lo presentan como gestor, como administrador coherente y eficiente de la cosa pública, joven y capaz; por otra parte, recrean una lógica de conciliación, al ofrecer espacios específicos que se basan en una morfología social: así como se puede ver en las imágenes a los candidatos abrazando o dando la mano a personas anónimas, también pululan afiches y gigantografías donde no aparecen los perfiles de los candidatos sino sólo personas anónimas que, vistos en perspectiva y uno al lado del otro, claramente están distinguiendo sectores sociales al tiempo que los definen en unidad.
Los valores encarnados en las imágenes denotan la falacia de la polarización política; ambos polos se apoyan en la idea del líder capacitado, del patrón comprometido con su pueblo; así también, las dos puntas visibles de estos icebergs, Urtubey y Romero, están asociados en la historia política contemporánea de la provincia, y las lógicas políticas de ambos se encuentran consecutivamente anudadas. Basta con tomar, por ejemplo, la situación de empobrecimiento y desplazamiento permanente de los pueblos originarios en el norte de la provincia durante los años noventa y compararla con los últimos quince años, o también ilústrese el lector con el crecimiento y perfeccionamiento del poder policial en la provincia en el mismo período para hacerse una idea de la continuidad en lo político, económico y cultural entre ambos gobiernos. |